Portada de Viajar en el tiempo, de James GleickDe forma poco ortodoxa, pero propicia al caso, empecemos esta reseña con una pregunta del propio autor del libro que comentamos aquí, James Gleik (New York, USA, 1954): “¿Puedes tú, ciudadano del siglo XXI, recordar la primera vez que oíste hablar de los viajes en el tiempo?” (pág. 29). Esta es, básicamente, la relación sociocultural que este ensayo, breve y directo, intenta explorar a lo largo de sus poco más de trescientas páginas. Y es algo que queda claro ya desde su título: ‘Viajar en el tiempo’ (Crítica, 2017). Una obra del estilo a las anteriores de este periodista, ensayista y biógrafo que, como buen representante de la escuela historiográfica anglosajona que es, tiende a desarrollar los hilos de la historia y a tramarlos a partir de los tintes y matices biográficos de alguno de sus principales representantes. En este caso, ¿quién mejor que H.G. Wells, conocido en su entorno próximo como Bertie, para hablar del tiempo y sus paradojas?

Sin embargo, aunque Wells sea un buen cicerone para un trabajo sobre el tiempo, Gleick no puede dejar de desviarse constantemente de su camino biográfico, porque son numerosísimas las formas y lejanísimas las épocas desde las que, como especie, nos relacionamos con el tiempo.

Para hacer este tránsito algo asequible, Gleick se centra en explicarle al lector los aspectos más importantes del concepto de tiempo que, a lo largo de los últimos siglos, han ido desarrollando progresivamente desde la cultura y la literatura, por un lado, y desde la historia de la Ciencia, por el otro. Ambas perspectivas se combinan sucesivamente para hablarnos, por ejemplo, de la evolución ideológica del tiempo en nuestras sociedades, de cómo la tecnología parece interactuar ya definitivamente con él, de porqué el tiempo se explica para unos de una forma (el fluir del río cambiante) y para otros de otras formas distintas (la flecha que avanza, la ascensión o descenso de algún tipo, etc.), incluso sobre si esas metáforas direccionales del tiempo tienen una base científica a la luz de los distintos descubrimientos o no… Mostrándonos una diferencia fundamental entre aquellos que consideran al tiempo bien como algo absoluto (no existe el tiempo, lo hace de forma ilusoria y como engaño de los sentidos, o lo hace de la misma forma para todos) bien como algo relativo (según la velocidad de la luz y la Teoría de la Relatividad, por ejemplo).

Con todo, pasan las páginas y persiste la idea del tiempo como un concepto inaprehensible y, por tanto, prácticamente mágico, totémico, inalcanzable. Sin él las ecuaciones de la física contemporánea carecerían de sentido, pero con él añaden también un elemento esquivo y prácticamente incontrolable. Incluso cuando recurrimos a las definiciones de grandes físicos, como Richard Feymann, observamos que su explicación parece más sencilla por ausencia (¿cómo sería la realidad y lo conocido sin el tiempo o, por lo menos, sin un análisis consciente de la realidad desprovisto de este concepto?) que por presencia (¿qué es el tiempo?). Ni como dimensión concreta de Lo Real, ni como concepto abstracto, pero acotable, a partir de su definición, ni como elemento cognoscible a través de la experiencia… El concepto de tiempo se nos escapa entre los dedos.

Viajar en el tiempo’ (Crítica, colección Drakontos, 2017) hace un especial hincapié, como su propio título indica, en la posibilidad de concretar el concepto a partir de la relación entre sus tres posibles estados: pasado, presente y futuro. Toda nuestra Historia, vivida y vital, individual y colectiva, se encierra en estos tres estados del tiempo. Pero, aun teniendo claro la definición de cada uno de estos estados, importantes son también las incógnitas alrededor suyo: ¿existen de forma independiente o en sucesión, es decir, es posible un futuro desconectado del presente y del pasado o no? El futuro ¿es predecible o no?, y si el futuro es predecible ¿quiere esto decir que vivimos en una realidad determinada?, ¿y si estamos en una realidad determinada, implica esto que el tiempo es un concepto inservible porque todo pasará, efectivamente, de forma inevitable cuando tenga que pasar?

Las respuestas a estas incógnitas no son moco de pavo, precisamente.

James Gleick

Muchas son las preguntas que este libro afronta de forma sistemática a la par que entretenida. Tanto es así, que podemos afirmar que su principal virtud -el didactismo- puede ser también su mayor defecto. A veces se entretiene demasiado en la anécdota, pierde el hilo de la explicación al enredarse en un estilo pretendidamente coloquial -hasta resultar algo excesivo en no pocos puntos-, cuando no se interrumpe el argumento principal del capítulo para tratar temas o aspectos del concepto temporal que se verán más adelante. La necesidad de explicar las cosas lo mejor posible acaba, por desgracia, malogrando algunas de las explicaciones, enredándolas innecesariamente, sobre todo en los puntos dónde la filosofía entra en juego. Tal defecto es comprensible y disculpable, faltaría más. Pero menos cuando se trata de un título con una presuntamente exigente revisión editorial, y llega a una colección prestigiosa como Drakontos.

En el global, con todo, si asumimos que cuesta un horror abarcar con cierto rigor y calidad un tema tan etéreo como el tiempo, comprobamos que sí cumple con su objetivo principal: presentarnos en perspectiva rápida, general y somera las principales formas de cómo nos relacionamos con el tiempo, explicar por qué su importancia desde el siglo XIX hasta hoy no ha hecho más que aumentar, y contarnos las razones porque esa importancia solo va a crecer en el futuro. No va a ser uno de los mejores ensayos sobre el tema, pero sí entretendrá e informará a las personas más curiosas.

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