N. K. Jemisin ha batido todos los récords existentes al recibir por tercera vez consecutiva el premio Hugo con su trilogía de La tierra fragmentada (Nova). Más allá de los premios, nominaciones y reconocimientos hay una autora capaz de insertar potentes ideas en sus narraciones, de las que tanta falta hacen hoy en día.
“La ciudad que nos unió” es el inicio de una nueva serie (Great Cities) en la que Jemisin plantea una premisa tan interesante como sorprendente: ¿y si las ciudades tuviesen unas encarnaciones humanas que reflejaran su prosperidad y forma de ser? ¿Y si hubiera una extraña fuerza que las atacase para destruirlas con algún maligno interés?

La sinopsis:

En Manhattan, un joven estudiante de posgrado sale del tren y se da cuenta de que no recuerda quién es, de dónde viene ni su nombre. Pero sí que es capaz de sentir el latir del corazón de la ciudad, ver su historia y percibir su poder.
En el Bronx, la directora lenape de una galería de arte encuentra unos extraños grafitis que adornan toda la ciudad, tan maravillosos y poderosos que se podría decir que la pintura la llama, literalmente.
En Brooklyn, una madre y política descubre que oye las canciones de la ciudad, que resuenan al ritmo de los tacones de sus Louboutin.
Y no son los únicos.

Toda gran ciudad tiene un alma. Algunas son tan antiguas como los mitos, y otras, tan nuevas y destructivas como los niños. Nueva York tiene seis…

El arranque de la novela no puede ser más interesante. En sus primeras páginas, ya desde el prólogo, nos coloca en medio de una situación cargada de inventiva. Las primeras treinta páginas acumulan más elementos interesantes que novelas enteras. Avatares de ciudades, Nueva York en esta ocasión, encarnados en seres humanos, el ataque de un Enemigo desconocido y una fuerte y directa crítica social. Y todo en apenas treinta páginas. A partir de ese punto, la novela sufre un reinicio, planteando nuevas situaciones y presentando a una serie de personajes cuyos caminos se van a ir cruzando mientras descubren su implicación en un plan mayor.

Los protagonistas, sin entrar en detalles que conlleven algún spoiler, se corresponden con cada uno de los barrios de la ciudad protagonista, Nueva York: Manhattan, Brooklyn, Bronx, Queens y Staten Island. Cada uno de los personajes se identifica con la esencia misma de cada barrio, denotando si es un barrio acomodado,de moda, de clase trabajadora, inmigrantes… La fuerza de Nueva York como ciudad es proporcional a la unión de sus diferentes barrios / avatares y que ese vínculo sea capaz de despertar a la encarnación de la propia ciudad al completo. La amenaza es grande, con la forma de una Mujer de Blanco artera y peligrosa, siempre conspirando, tentando a los avatares para que se unan a sus intrigas tentaculares.
Y así avanza la lectura, descubriendo el mundo planteado por Jemisin casi al mismo tiempo que Manhattan conoce los entresijos del lío en el que se ve envuelto.

La parte fantástica es sobresaliente y va desgranando sus ingredientes poco a poco, después del salto al vacío inicial. La sensación que transmite la narración a lo largo de las casi 450 páginas del libro no es tan excelente. Quizás juegue en su contra su vertiginoso primer tramo y no puede sustentar ese ritmo durante toda la novela. Según la trama se va desarrollando y los personajes establecen sus relaciones entre ellos y frente al misterioso enemigo, la narración se vuelve a ratos pausada , perdiendo el foco del meollo para centrarse en determinados aspectos de los personajes que Jemisin utiliza como puentes para fortalecer sus mensajes. Al igual que Nueva York tiene sus barrios encarnados en los personajes del libro, la autora utiliza a esos mismos avatares para transmitir los mensajes, las ideas e ideales que desea poner al alcance de los lectores. Quizás no sea lo deseado ni lo que se podría esperar al comenzar la lectura pero las ideas son tan potentes que puedes llegar a comprender el sacrificio que Jemisin hace.

“La ciudad que nos unió” y las ideas.

Y ahí saltamos al componente esencial del libro, ese que hace que obvies la mayoría de defectos, decisiones controvertidas y partes carentes de ritmo: las ideas, los mensajes.
“La ciudad que nos unió” podría definirse como fantasía urbana social y ese último término es la clave. Las críticas sociales, las ideas sobre las injusticias que nos rodean, son constantes a lo largo de la novela y se exponen de forma directa, clara y concisa. La lista es larga y variada: los abusos policiales, la discriminación por cuestiones raciales, sexuales o afectivas, la emergencia de los movimientos intolerantes, la pérdida de identidad de las grandes ciudades, gentrificación, la expansión de las cadenas comerciales, las grandes corporaciones… todo son tentáculos que utiliza el enemigo para socavar la poca bondad que queda en el mundo.

“La ciudad que nos unió” utiliza a Nueva York como un personaje más, dejando claro que la única manera de elevarnos frente al mal tentacular que nos oprime, que siembra ideas peligrosas, es uniendo nuestra diversidad para hacerle frente.

Jemisin utiliza todas las armas a su alcance, reflejando situaciones que seguro que conoce bien. Los personajes protagonistas encarnan una diversidad racial y cultural, desde hispanos hasta Bronca, una fuerte mujer india nativa americana, pasando por negras y asiáticas. Toda una variedad que pone en el foco la multiculturalidad de una ciudad como Nueva York. Entre los miedos compartidos por tan diversos personajes se encuentra el temor a la policía (un clásico desde hace mucho tiempo e imprescindible en el momento actual) o los ataques de grupos intolerantes, reflejados en el libro en la forma de hombres blancos terriblemente enfadados, a medio camino entre la Alt-Right y los Incel.

Todo tentáculos al servicio del Enemigo, incluso durante todo el libro se denota una reinterpretación de elementos Lovecraftianos que enlazan en esencia con parte del trabajo de Matt Ruff en “Lovecraft County” (“Territorio Lovecraft”, Destino), tan de moda ahora que es una serie de HBO u otras revisiones de los clásicos del controvertido escritor de Providence como “La balada de Tom El Negro” de Victor LaValle o “Agentes de Dreamland” de Caitlin  R. Kiernan, ambas editadas en castellano por Lee Runas. La identificación del mal absoluto en términos de la mitología de Lovecraft tiene todo el sentido del mundo. Lovecraft, observado desde el mundo actual, tiene aspectos racistas y misoginos, en uno de esos casos donde cada vez resulta más difícil separar obra y autor sin torcer el gesto. H. P. volcó todos sus miedos, problemas sociales y frustraciones en sus terroríficas creaciones y es un buen momento para colocar su obra en contexto histórico y social, como hizo Nnedi Okorafor al recoger su World Fantasy Award, premio con un busto en forma del escritor de Providence.  Jemisin no es ajena a esa situación y viste con disfraces tentaculares nuestros terrores cotidianos actuales, cerrando el círculo entre lo social y lo literario.

En definitiva:

“La ciudad que nos unió” deja sensaciones agridulces, a la par que resulta un título imprescindible. Curiosa sensación. Es una buena novela, sin duda, pero se ve lastrada por su desarrollo. El arranque es excelente y su final, casi autoconclusivo, cumple con las expectativas, pero el centro de la novela alterna partes de una narración dispersa y farragosa, que hacen algunos tramos cuesta arriba, con otras que encauzan el discurrir de la historia. Jemisin es una narradora hábil y con grandes ideas que apabullan e iluminan el mundo desde la primera página. En esta ocasión decide anteponer los mensajes que quiere lanzar al desarrollo de la novela y poco se puede decir ante eso. Te puede gustar más o menos e incluso puedes estar de acuerdo o no pero es su decisión creativa y a la larga, hace de “La ciudad que nos unió” una novela que merece la pena leer por el poso que dejan esas ideas frente a por ser una historia bien narrada. Prima el “porqué” al “cómo”, las ideas frente a la ejecución y en ese aspecto es donde se vuelve imprescindible.
La edición española corre a cargo de Nova, apenas unas semanas después de su lanzamiento en inglés, pandemia mediante, y con una excelente traducción de David Tejera Expósito, tanto por la interpretación de muchos términos culturales propios de la cultura norteamericana o neoyorquina, como por las notas a pie de página que sirven para aclarar algunos comentarios o situaciones. La edición en nuestro idioma se completa con la traducción de “Las estrellas son nuestras”, el discurso de aceptación que Jemisin dio en 2018 al recoger el premio Hugo a mejor novela por “El cielo de piedra” (Nova, 2017).
“La ciudad que nos unió” utiliza a Nueva York como un personaje más, dejando claro que la única manera de elevarnos frente al mal tentacular que nos oprime, que siembra ideas peligrosas, es uniendo nuestra diversidad para hacerle frente. Y ese mensaje bien merece una lectura y una enorme recomendación.

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2 Comentarios

  1. Como lo acabo de leer, y en breve realizaré la reseña para Anika Entre Libros, no me resisto a comentar esto que dices:
    ” El arranque es excelente y su final, casi autoconclusivo, cumple con las expectativas,”
    bueno, el final… apresurado es poco, en menos de una página se lo ventila, casi por las buenas, como si (como dices), no importara, solo lo que ha querido contarnos hasta entonces, y estuviera obligada a cerrar.
    por otro lado, todo el capítulo inicial, “En sus primeras páginas, ya desde el prólogo, nos coloca en medio de una situación cargada de inventiva. Las primeras treinta páginas acumulan más elementos interesantes que novelas enteras” es prácticamente, el relato en el que se basó para escribir la novela, el llamado “La ciudad que nació grandiosa”

    • Si, como comentas, el final es demasiado rápido y casi está ahí por ponerle una conclusión a la novela pero podría haber sido bastante peor, algo mucho más abierto.
      El resto funciona como una extensión del relato corto pero vamos, el meollo del asunto son las ideas y mensajes de Jemisin.
      Quedo pendiente de leer vuestras conclusiones , que no es una novela demasiado fácil de reseñar.
      Un saludo.

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