
Allá donde la pintura es capaz de salvar almas y la escultura puede suponer un escudo, ¿hasta dónde podría llegar una artista rota por mundo tan fragmentado como hiriente? Un trazo de oscuridad sigue la historia de Arianna Salviani, un ángel que pelea contra la sociedad florentina para liberar su arte más allá del lienzo y llevar la oscuridad lejos de su corazón. La novela de fantasía de Ana Segarra ha sido publicada por el sello Puck.
Tras la Guerra de los Infiernos, Florencia se ve inmersa en la teatralidad y los juegos de poder de los ángeles. De los demonios no hay ni rastro, nada más allá de la memoria de aquellos que sobrevivieron al conflicto.
En medio del resurgimiento de la ciudad, Arianna Salviani, hija del dirigente del Consejo Púrpura, surge como un ángel que no tiene hueco en ninguna parte, pero que, a su vez, posee un nombre que resuena en cada fragmento de la ciudad.
Mientras lleva a cabo sus estudios de arte, tendrá que lidiar con conspiraciones, un mejor amigo con demasiados secretos y un retrato tan peligroso como enigmático.
Un trazo de oscuridad es una fantasía plagada de promesas que parecen haberse quedado muy atrás, en la fase de bocetos. Esto la vuelve una lectura frustrante porque puedes notar que las ideas están ahí, que Segarra tiene una imaginación curiosa y algo interesante que contar. Sin embargo, todo se diluye y la premisa, aunque intrigante, se queda en nada.
Tenemos entre manos un conflicto entre ángeles y demonios en pleno Renacimiento florentino, y el arte, en lugar de ser un elemento de fondo o de contexto, adquiere un papel mágico y fundacional. Es un concepto prometedor, más aún si añadimos al cuadro una protagonista con una vida fragmentada y la historia de un demonio con demasiadas manchas de tinta en su pasado.
No obstante, aunque los colores están ahí, el hechizo no funciona. El desarrollo plano de la trama, sumado a unos personajes cuya una personalidad se encuentra en un estado apenas latente, desdibuja todo el efecto.
No hay cohesión en los personajes, así que su desarrollo tampoco es creíble. La protagonista tiene un talento marcado y visible a ojos de todos, y actúa como representante de su familia de cara a la sociedad. Pero al mismo tiempo es acusada constantemente de ser una desgracia y tener un lugar meramente por nepotismo. Su carácter, así como el reconocimiento que recibe de otros personajes, funciona a conveniencia de la autora. Lo peor es que no es algo que sucede solo con ella. El mismo patrón se ciñe sobre el resto. Las cosas suceden porque sí y las motivaciones, sentimientos e inquietudes de los personajes son tan efímeros como inestables.
Marzello, el misterioso demonio, era el que más intriga me generaba desde que se le menciona por primera vez. No obstante, queda atrapado en una ambigüedad superficial y su encanto desaparece.
La historia funciona a dos niveles temporales, lo cual me parece una idea que agiliza mucho la lectura. Si Segarra se hubiera limitado a relatar la historia de Arianna, habría sido imposible aproximarse al otro contexto que plantea y, a su vez, tan vital para entender lo que está ocurriendo. Encontré más interesantes los acontecimientos del pasado que los ubicados en el presente.
Un último punto a señalar es la extraña forma en la que los humanos salen reflejados en la novela, así como su relación con la religión en un mundo en que ángeles y demonios conviven con ellos a diario. Como sucede con la premisa principal, Segarra podría haber explorado esto y haberle sacado muchísimo más jugo. Sin embargo, está totalmente desaprovechado y cualquier respuesta a las inquietudes que plantea de forma indirecta brilla por su ausencia.
Un trazo de oscuridad promete muchísimas cosas, pero al final todo se lo lleva el viento. Aún así, Segarra cuenta con buenas ideas y puede que a futuro traiga consigo historias con una base más sólida. Con premisas intrigantes y un mundo fantástico diverso.

























