Hijos de Dune

La hipótesis de que un entero sistema pueda ser llevado a funcionar mejor a través de una agresión a sus elementos conscientes revela una peligrosa ignorancia. Ésta ha sido a menudo la ignorante aproximación de aquellos que se llaman a sí mismos científicos y tecnólogos.

El Jihad Butleriano, por Harq al-Ada.

Dune, convertido en el centro del universo conocido por obra de Paul Atreides, Muad’Dib para los Fremen, está cambiando su realidad ambiental. El paraíso en la tierra prometido por Liet Kynes está cada vez más cercano, y el desierto, otrora inhóspito y peligroso señor del planeta, cede terreno ante la humedad cada vez más sólida y abundante. El inquebrantable espíritu Fremen se ha trocado en autocomplacencia para la mayoría de los jóvenes y viejos de Dune, y comienzan a olvidar sus ancestrales costumbres, conscientes de que su medio cambia su equilibrio pasado por una nueva realidad.

La dura moral y la practicidad metódica del pasado ha visto su lugar mancillado por la religión, y miles de sacerdotes desde la capital, Arrakeen, manipulan los preceptos y el mito de Muad’Dib a su antojo, purgando constántemente elementos disidentes y controlando a la población a través de una férrea disciplina dogmática. En el centro y orígen de este represor gobierno se encuentra Alia, la prenacida Atreides hermana de Paul, con múltiples vidas pulsantes en su interior, que pugnan por tomar el control de la carne y extender así su agonizante y estancada existencia. Dada la juventud de los gemelos Atreides hijos de Paul y Chani, Alia toma la regencia, originando un demoledor frenesí religioso entre los Fremen y los habitantes del Imperio, que culmina en una dictadura sostenida por el terror.

Stilgar sigue al mando de los ejércitos Fremen, pero su autoridad está supeditada a los caprichos de Alia, enmascarados por los preceptos del desierto. El viejo naíb sigue atado a las antiguas costumbres, relajadas y sofocadas por una cada vez más letal y sombría Alia, que no escucha más consejos que los de su propia sabiduría, y tan sólo busca perpetrar el esquema de dominación que se obstina en mantener.

Los gemelos, Leto II y Ghanima, son, al igual que Alia, también prenacidos, con todo lo que ello comporta. Pero al contrario que ésta, aún se han enfrentado con el Trance de la Especia, ni han tenido que soportar más que breves demostraciones de la titánica lucha interior de las miles de vidas que albergan en sus mentes. Aún así, conservan intactos todos los recuerdos de sus Otras Memorias, y extraen valiosos conocimientos y vivencias que les alienan, transtornando profundamente a aquellos que no están advertidos sobre sus poderes. Hasta ahora tan sólo han tomado dosis razonables de especia, por lo que de momento no pueden horadar los tenebrosos velos del futuro, como podía hacer su padre, ni sufren de momento los peligros de la Abominación, que tanto teme la Bene Gesserit. Pero bullen de energía y poder, y sus ideas sobre el universo y el gobierno chocan frontalmente con el dominio ejercido por Alia, que teme el empuje y la sabiduría milenaria de esta dupla Atreides.

Hijos de Dune, de Frank HerbertPor otra parte, dejando de lado las luchas por el poder en la Regencia del Imperio, la Casa de los Corrino entra en escena de nuevo en “Hijos de Dune”, urdiendo un complot contra los gemelos, verdadero futuro de la Casa de los Atreides, y gran obstáculo para la recuperación del Trono del León Dorado por parte de Farad’n, joven jefe de los Corrino y descendiente del derrocado Shaddam IV.

Frente a la dictadura de Alia y sus miles de burócratas religiosos borrachos de poder, un extraño Predicador recorre Dune clamando contra la Regencia, que de momento tolera sus diatribas. Esto da que pensar a los Fremen, que sospechan cada vez con más certeza que detrás del demacrado rostro y las ciegas cóncavas de los ojos del Predicador se esconde su antiguo mesías… ¿será realmente Paul Atreides, que ciego se adentró en el Desierto Profundo para morir, o será un Fremen loco que no aprecia en demasía su vida?

Leto y Ghanima Atreides, ambos de nueve años, adultos en cuerpo de niños, tendrán que enfrentarse a las conjuras de los Corrino y a las ambiciones de una desatada Alia, mientras encuentran el camino para prevenir el desastre que amenaza a la Humanidad. Leto intentará asegurar la supervivencia de la raza humana y sortear el gran peligro que prevee, para lo cual deberá tomar lo que él llama la Senda de Oro (Secher Nbiw) y desencadenar el Kralizec, el Tornado en los Límites del Universo, de lo que la yihad que ha arrasado el Imperio es apenas un débil reflejo.

Pieza ineludible en la compleja teoría de la evolución humana dibujada por Frank Herbert, Hijos de Dune continúa el devenir del mundo creado por el mesías Paul Atreides en el momento de su muerte. El desastre anticipado por éste en los anteriores libros se despliega claro ante el lector, proporcionándole las claves del análisis de los defectos del fanatismo, y aleccionándole quizá sobre sus desoladoras consecuencias.

“Hijos de Dune” recupera el sabor y la ductilidad interpretativa originales

En una tenue recuperación literaria de Dune, la novela vuelve de nuevo sobre la ecología y el misticismo, sin olvidar por supuesto las lecciones de evolución y gobierno ya adelantadas en el inferior Mesías de Dune. Podría decirse que “Hijos de Dune” resulta ser una acertada combinación de estilos entre los dos primeros libros de la saga, proporcionándole al lector una entretenida trama salpicada de acción, diatribas filosóficas e interesantes enfrentamientos de ideas, a la vez que sienta las bases de los fundamentos de la verdadera revolución del Imperio.

La Bene Gesserit reaparece con mayor fuerza para intentar tomar el control de nuevo de su valioso programa genético, y probar la “humanidad” de los gemelos Atreides destinados a ocupar el Trono del León Dorado. Temen que Leto II se convierta en otro Kwisach Haderach sin control pero con mucho más poder del que jamás tuvo su padre.

Hijos de Dune resulta ser una buena y entretenida continuación del mito de Dune, imprescindible los que apenas comienzan a vislumbrar la calidad de la saga de Frank Herbert y se han enganchado a su obra maestra. Recomiendo la novela incluso a quienes hayan desestimado seguir leyéndola tras la ardua lectura de Mesías de Dune: esta novela recupera el sabor y la ductilidad interpretativa originales, dejando de lado el a veces pastoso ritmo de la secuela del primer libro, adentrándose en una interesante aventura con un marco espléndidamente trazado y unos personajes identificables y contrapuestos.

El éxito de las estrategias ecológicas de los Fremen y el inicio del retroceso del desierto trae consigo una mayor abundancia de recursos naturales y la relajación del espíritu de Dune, que fue capaz de conquistar el Imperio, y se ha convertido en la última esperanza de una humanidad ya corrompida en otros planetas. Leto prevee el desastre y el colapso del Imperio, e ideará una forma de asegurar el porvenir humano y la diversidad más allá de la especia, que ata al espíritu innovador de la humanidad a un frenesí hedonista de fatales consecuencias. Pero deberá enfrentarse a todos los poderes e intereses del Imperio conjurados contra él y su hermana. Junto a esta pareja, descubrimos paralelismos evidentes con nuestra propia sociedad consumista y alienadora, salvando naturalmente las distancias, y nos introducimos en los inquietantes caminos del abuso de poder y la manipulación religiosa de masas.

La saga completa está compuesta por las novelas Dune (1965), Mesías de Dune (1969), Hijos de Dune (1976), Dios Emperador de Dune (1981), Herejes de Dune (1984) y Casa Capitular: Dune (1985).

La Iglesia y el Estado, la razón científica y la fe, el individuo y su comunidad, incluso el progreso y la tradición… todo ello puede ser ajustado a las enseñanzas de Muad’Dib. Él nos enseñó que no existen opuestos intransigentes excepto en las convicciones de los hombres. Cualquiera puede echar a un lado el velo del Tiempo. Uno puede descubrir el futuro en el pasado o en su propia imaginación. Haciendo esto, uno reconquista su consciencia en su ser interior. Entonces uno sabe que el universo es un conjunto coherente y que él mismo es indivisible de él.

El Predicador a Arrakeen, según Harq al-Ada.

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