Herejes de Dune
Herejes de Dune. Arte de Marc Simonetti.

“La peor competición potencial para cualquier organismo procede de los de su propia clase. La especie consume necesidades. El crecimiento queda limitado por esa necesidad, que se halla presente en su más mínima cantidad. La condición menos favorable controla el índice de crecimiento (Ley del Mínimo)”.

De “Lecciones de Arrakis”.

Tras “Dios Emperador de Dune”, la saga original de seis libros de Frank Herbert continúa su despliegue histórico en un tremendo alarde de misticismo, ciencia ficción pura, política, filosofía y teoría militar, en ocasiones árido y en otras contado con una maestría difícil de igualar. Quien haya llegado a este quinto volumen puede saber lo que va a encontrar en él, y sin duda no le defraudará. Tras los primeros cuatro libros –Dune, Mesías de Dune, Hijos de Dune y Dios Emperador de Dune– en los que el Universo colonizado por los humanos se convulsiona sobre los últimos estertores del Antiguo Imperio, y renace de nuevo de las manos ensangrentadas de los Atreides para terminar con una dictadura de 3.500 años estándar y una continua Dispersión de seres humanos hacia nuevos sistemas planetarios, el movimiento migratorio más importante de la historia cesa, y enormes contingentes regresan con importantísimos avances científicos y médicos, pero al mismo tiempo llevan consigo peligros que nadie puede siquiera imaginar.

La especia, la melange, otrora la sustancia más valiosa del universo, que tan sólo se producía en Dune (Arrakis), ha dejado de ser un monopolio. Aparte de extraerse de Rakis (el nuevo nombre del planeta Dune), los Tleilaxu también la producen en sus tanques axlotl, y el juego de poderes está siempre presente para aquellos que desean controlar de nuevo todas las fuentes de la sustancia geriátrica que alarga la vida y agudiza los sentidos. Los viajes espaciales ya no dependen de ella, y la Cofradía utiliza cada vez más frecuentemente ordenadores que permiten calcular complicadas rutas espaciales. La prohibición de usar máquinas para realizar tareas propias de un organismo pensante se relaja, al menos en privado, en aras de una mayor eficiencia y ahorro de recursos. La especia, sin embargo, aún sigue siendo una poderosa arma de intercambio y negociación, pero al no ser un monopolio ya no representa el peligro de antaño.

De entre la Dispersión que regresa a los sistemas del Antiguo Imperio, las Honoradas Matres y los Tleilaxu perdidos son los más peligrosos. Las primeras son una poderosa fuerza exclusivamente formada por mujeres, con un irresistible poder de atracción y eminentemente destructiva, jerarquizada y sin asomo de la “noble finalidad” que caracteriza a la Bene Gesserit, con quienes son frecuentemente comparadas. Su mayor arma es doble: por una parte utilizan un poderoso método físico de lucha basado en las técnicas prana-bindu de la Hermandad pero sin necesidad de control muscular: las órdenes se originan y se llevan a cabo en los músculos encargados de cumplirlas, con respuestas que toman la forma de reflejos. Por sí sola esta arma convierte a las Honoradas Matres en letales máquinas de asesinar, con una fortaleza física superior a cualquier otro ser humano, pero estas dispersas se acercan al Imperio Antiguo con intenciones de conquista y otras armas en su polvorín. El control sexual de las imprimadoras Bene Gesserit, amplificado en las Honoradas Matres, permite a estas últimas esclavizar a los hombres mediante técnicas y amplificaciones orgásmicas prohibidas por peligrosas en la Hermandad, añadiendo a su ejército enormes contingentes de altos mandos leales hasta la muerte, capaces de inmolarse en combate o humillarse antes de perder el favor de las mujeres que los controlan sin ningún disimulo.

Herejes de Dune, de Frank HerbertPor otra parte, los Tleilaxu perdidos en la Dispersión, ya de por sí con un tremendo conocimiento de la habilidad de manipular el ADN humano para conseguir cosas inimaginables, regresan con desconocidos talentos e intenciones a los sistemas madre de la humanidad. Aparentemente leales a su pueblo de origen, los Tleilaxu, y a sus creencias, son una incógnita aún para sus más próximos compatriotas, ya no digamos para el resto de pueblos y órdenes del viejo imperio. Nadie sabe que pueden llegar a esconder entre su apariencia desagradable y mezquina, su corta talla y sus rasgos cetrinos, obra de sus propias manipulaciones genéticas.

Leto II, el Dios Emperador, llamado por algunos el Tirano, quien tuvo a la humanidad bajo una dictadura de 3.500 años, propició esta Dispersión, conocedor de que algún día los perdidos volverían con técnicas más avanzadas y otra mentalidad, que cambiarían el peligroso rumbo estático en el que el imperio estaba iniciándose. Al mismo tiempo, preparó a los que se quedaron para que esperasen lo inesperado, especialmente a la Bene Gesserit, manteniéndola bajo su yugo, educándola con sutiles golpes de vara pero sin estrangularla, conocedor de que esta orden de mujeres compartía en cierta medida sus designios e intenciones para con la humanidad. Mientras aleccionaba y fustigaba a diestro y siniestro, mantuvo y mejoró el control genético de la Bene Gesserit, poblando el universo con los genes impredecibles e inesperados de los atreides, introduciendo entre los humanos una gran cantidad de talentos “salvajes” mediante estas técnicas reproductivas. ¿Hasta qué punto sabía el maldito atreides qué pasaría en un futuro dominado por la codicia de las Honoradas Matres? ¿qué surgirá de este gran número de atreides disperso en el Universo, otro Kwisatz Haderach, otro Tirano, alguien capaz de volver a dominarlo todo?

Precisamente las Bene Gesserit son el hilo conductor de “Herejes de Dune”, y a través de Herbert conoceremos mucho del carácter de esta Hermandad. De las arpías inmisericordes y frías que nos pintaban otros libros de la serie, que pasaban por ellas de forma tangencial, pasamos en éste a conocerlas íntimamente, en su propio núcleo. Pese a ser una organización de métodos férreos y disciplina casi militar, en la que cada segundo de sus vidas es analizado por las Censoras, subyace en su núcleo una suerte de democracia controlada que las hace únicas en su género. Conscientes de la peligrosidad de un mando único e incontestable, las decisiones son tomadas por una Reverenda Madre Superiora, con la ayuda de un grupo reducido de reverendas madres que se encarga al mismo tiempo de suministrar datos a ésta y de controlar sus actos, para que se ajusten a la propia disciplina de la Hermandad. La superiora de la orden mantiene cierto grado de autonomía, pero sus decisiones han de ser supervisadas periódicamente por un consejo de censoras, que puede incluso hasta retirarla de su cargo.

La “noble finalidad” que antes mencionábamos está siempre presente en la vida de las Bene Gesserit, que se encargan de conservar todo lo valioso de la sociedad humana, ya sea el conocimiento de como exprimir con los pies las uvas o la correcta forma de podar la vid, hasta las últimas novedades científicas. Millones de reverendas madres y acólitas residen en numerosos planetas y efectúan misiones y establecen acuerdos tan solo con esa intención. Apoyan cualquier conocimiento valioso o comunidad humana que pudiera ser de utilidad en un futuro. Se consideran a sí mismas como las agricultoras de la humanidad: plantan la semilla de lo valioso, la cuidan y la riegan de vez en cuando, y cuando es necesario podar, son únicas asestando tajos o corrigiendo allá donde es necesario.

Las millones de vidas que cada una almacena en su interior, las “otras memorias” de los antepasados que se remontan a los orígenes de la humanidad, convierten a las reverendas madres salidas de la Agonía de la Especia en inmensos pozos de datos y en un referente valioso y peligroso. Tan sólo ellas conservan en sus memorias acontecimientos, técnicas, lenguajes, emociones y secuencias históricas que el resto de la humanidad perdió hace mucho tiempo. Su memoria colectiva, activada y amplificada por el uso casi suicida de la especia pura en un determinado momento de sus vidas, es su mayor arma y fuente de conocimiento y sabiduría, que guía a la mayoría en sus decisiones. Estas “otras memorias” son tan valiosas que, antes de la muerte de cada hermana, otra suele estar presente siempre que es posible para compartirlas y evitar que se pierdan, mediante un curioso ejercicio mental que permite sumar las memorias de una y otra reverenda madre. Su programa genético de antaño, origen de la Hermandad y atenuado durante el reinado del Tirano atreides, sigue vigente en estos tiempos, pero la Bene Gesserit ha ganado en poder y radio de acción, y sus actos son muchísimo más complejos. A través de la reverenda madre superiora Alma Mavis Taraza y sus consejeras Tamalane, Bellonda y sobre todo Darwi Odrade, conoceremos mucho más de la Hermandad.
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Precisamente una hebra de su programa genético puede resultar de una importancia estratégica esencial. La Bene Gesserit está educando y adiestrando a un ghola de Duncan Idaho salido de los tanques axlotl de los Tleilaxu. En realidad es el duodécimo, pero este parece tener algo especial. En Gammu (Giedi Prime, antiguo planeta de los Harkonnen), bajo la supervisión de la vieja reverenda madre Schwangyu y la imprimadora Lucilla, un jovencísimo Idaho de 12 años, aún no despertado a su memoria original, se entrena en avanzadas técnicas de combate físico y agudeza mental. Estas habilidades, sumadas a unos reflejos mejorados genéticamente y a los talentos propios de la estirpe de Duncan, le transforman en una peligrosa arma al servicio de la Bene Gesserit que tanto los Tleilaxu como las Honoradas Matres desean neutralizar a través de varios intentos de asesinato del ghola. Idaho, aún un mero clon físico salido de las células originales del famoso guerrero al servicio de los atreides pero aún sin su memoria original, ve en la Hermandad a sus carceleros, consciente de algunas de sus habilidades pero incapaz aún de imaginar de lo que es capaz y sin otros recuerdos que los generados en Gammu. Las Bene Gesserit no saben lo que ocurrirá una vez que despierten al ghola a su memoria anterior, y conozca hechos acaecidos a su otra vida, incluyendo su muerte, pero es un riesgo que están dispuestas a aceptar.

Gran Honorada Matre
Gran Honorada Matre

Para evitar el asesinato del joven ghola de Duncan a manos de las Honoradas Matres o los Tleilaxu, la Bene Gesserit saca de su retiro al Bashar supremo Miles Teg, ex-comandante de todos los ejércitos de la Hermandad, con su cargo perdido en favor de su pupilo, Burzmali. De genes atreides y lealtad incuestionable, el general mentat Teg es un militar experto en el manejo de las armas y las tácticas, adiestrador de incontables guerreros al servicio de la Bene Gesserit y un consumado maestro de “lo impredecible”. Esta cualidad innata de los atreides es precisamente lo que más se valora en él, sobre todo en la difícil tarea de proteger a un niño blanco de las más peligrosas órdenes del universo. Los designios que para ambos tienen la madre superiora Alma Mavis Taraza y su reverenda madre de confianza atreides Darwi Odrade, se irán desgranando a lo largo de este libro y el siguiente. Algunas de las Hermanas ven en un Idaho con genes atreides un peligro supremo, ya que consideran que este experimento podría dar origen a un nuevo Kwisatz Haderach, a otro tirano, y por supuesto, a otra larga servidumbre llena de latigazos.

Los Tleilaxu han sido siempre uno de los principales vectores de poder del universo, y esta ocasión no es distinta. Tylwyth Waff, Maestro de Maestros tleilaxu, espera sacar rédito de un hipotético enfrentamiento militar entre las Honoradas Matres de la Dispersión que regresan y las Bene Gesserit. Tras los siglos de gobierno absolutista de Leto II, a quien los tleilaxu consideran un Profeta de Dios, aunque fuese su principal opositor político, este pueblo de hábiles científicos y creencias crípticas, cuya capacidad de perversión parece infinita, ha intentado crear animadversión hacia ellos en el resto de pueblos, comerciando con esclavos, repuestos biológicos y lealtades. Son considerados como unos sucios oportunistas, fachada que oculta unas profundas creencias religiosas y morales de origen sufíes y zensunníes e infinitas ansias de dominar el universo. Ayudados por los temibles Danzarines Rostro, capaces de emular los rasgos físicos y mentales de cualquier persona con una exactitud escalofriante, los Masheikh, como se llaman a sí mismos los tleilaxu en Kehl, el lenguaje del islamiyat, esperan el momento propicio para lanzarse sobre las gargantas de la humanidad powindah, término con el que designan a los que consideran “no creyentes”. Tan profundas son las raíces de su religión excluyente, que cuando un tleilaxu viaja a los mundos powindah desde sus planetas, a la vuelta ha de pasar por un ritual de purificación, con el fin de evitar que la contaminación propia de los no creyentes impregne de alguna forma sus mundos.

A las manos de Waff llega el Manuscrito Atreides, un escrito de origen desconocido para ellos pero de autor visiblemente atreides, que podría incendiar las mentes de los planetas no creyentes y acercarlos a las creencias tleilaxu, que ven la ocasión propicia para poner en marcha su plan de dominio. Con Ix y las Habladoras Pez bajo su control, gracias a los Danzarines Rostro que han reemplazado a sus propios jefes y un documento como el Manuscrito Atreides, el poder absoluto está al alcance de sus manos.

Al mismo tiempo, en Rakis (el antiguo Dune o Arrakis), los Sacerdotes que veneran al Dios Dividido (Shaitan o Shai-Hulud) encuentran en el desierto a una muchacha, la fremen Sheeana, que es capaz de controlar a los gusanos de arena, pero no sólo a la usanza de los antiguos habitantes de Dune, encima de sus lomos, sino de forma directa. Cualquier gusano acude a su llamada, incluso los más grandes, y cuando se encuentran a escasos metros de ella, se paran en seco y responden a sus gestos. La mayoría de los conformistas y dogmáticos sacerdotes del Dios Dividido toman a Sheeana como la mensajera de Dios, y la tratan como tal, atentos a todos sus caprichos y veleidades, con el temor de perder el favor de la divinidad. Toman sus acusadoras palabras como dogmas, dispuestos a seguirla hasta el final, comparando lo que dice con sus creencias más arraigadas e inquietándose cada vez más por ella. Los comentarios se extenderán por todo Rakis, e incluso llegarán al resto de planetas del universo, y a los oídos atentos de la Bene Gesserit y la Bene Tleilax, que intentarán controlar a la muchacha, sobre todo las reverendas madres a través de las semillas de la Missionaria Protectiva, conscientes de que ella podría ser el pilar de una nueva religión que podría despertar la misma fanática adoración que arrasó el universo con los atreides como llama. Los gusanos de arena, cada uno con una porción de la consciencia de Leto II, son el catalizador de muchos creyentes de los planetas del imperio, quienes a la vez reniegan y adoran al Tirano.

Jamás como en “Herejes de Dune” hemos visto a los Tleilaxu o a las reverendas madres de forma tan clara

Esta quinta entrega de la saga de Dune resulta ser, de nuevo, interesante para quienes gustan de la ciencia ficción compleja, con abundantes dosis de acción pero con una narración densa y a menudo mística y filosófica que puede apartar de su lectura a muchos, pero que una vez asimilada, se convierte en un placer inesperado e inagotable. Sin embargo, conviene señalar que este placer está reservado a aquellos que gustan de este tipo de literatura, y más aún, para aquellos que han disfrutado de la lectura de la mayoría de los cuatro tomos previos. Tanto esta como la siguiente novela, “Casa Capitular”, que pone fin a la serie, están centrados en la perspectiva del universo de la Bene Tleilax y la Bene Gesserit, pero a la vez está protagonizada por personajes carismáticos de verdadero peso, como Miles Teg, Duncan Idaho (presente a lo largo de varias novelas como ghola), Darwi Odrade, Waff, Sheeana, Murbella (una Honorada Matre clave), todos perfectamente dibujados en sus características más profundas, actores de una historia compleja de comprobado dramatismo.

La historia engancha fácilmente, al centrarse en un punto de inflexión histórico cuyas consecuencias desembocarán de forma plena en la siguiente novela. Apenas hay momentos para la duda o el aburrimiento, aún a pesar de que todo se centra en unos pocos personajes. El verdadero valor de esta novela dentro de la saga de Dune es el descriptivo: jamás como hasta ahora hemos visto a los Tleilaxu o a las reverendas madres como hasta ahora, de forma desnuda y completa, ni tampoco conocíamos las más profundas ramificaciones de la religión implantada por los atreides aún a su pesar, cuyos ecos aún pueden oírse a pesar de los milenios. La Senda de Oro de Leto II, con la que pretendía salvar a la Humanidad de sí misma, muestra todo su poder y extensión en “Herejes de Dune”. Por fin se revela el universo de infinitas sorpresas que auguraba el Tirano, la variedad humana que crean las migraciones, y el fin definitivo del despotismo hidráulico. Nadie tiene ya el monopolio de la especia, ni de los avances científicos ni de la religión, la palanca del universo ya no está en las mismas manos. En un escenario en el que las cartas nunca están sobre la mesa y todos pueden alcanzar el poder de una forma u otra, la lucha por la hegemonía vuelve a ser la motivación de todos aquellos que aspiran a ella.

Rara vez puede verse una saga, sea del género que sea, que mantenga el interés y la tensión a lo largo de varios tomos, y normalmente su planteamiento suele sorprender en la primera novela y perderse en las posteriores. La calidad de Dune es altísima, en todas sus novelas, pero la mayoría no cumple al mismo nivel a la hora de atraer al lector más generalista, son quizá demasiado endogámicas. Esta es una de las que sí podrían hacerlo, el problema es que antes de llegar a ella, hay que pasar por las cuatro precedentes, también de mucha calidad, pero algunas de ellas realmente áridas de leer por la cantidad y densidad de conceptos, planteamientos y sospechas que plantean. Rara vez la fantasía y la ciencia ficción se mezclan de forma tan intensa como en esta saga, y a un nivel de contenido tan alto.

El debate, como siempre, es el mismo: ¿debe un escritor adaptarse a los lectores o por el contrario ha de hacer su propuesta como considere oportuno, y olvidarse de quien podría disfrutar ella? Frank Herbert sin duda se decide por el segundo planteamiento, y son los lectores quienes han de aceptar sus libros o rechazarlos. Ahora bien, no se puede dudar de su calidad, y quien consiga seguir al menos la mayoría de sus propuestas, cosa no precisamente sencilla, puede disfrutar como nunca antes de esta saga. Lástima que su hijo no posea una mínima calidad a la hora de escribir o de urdir las tramas; Frank dejó bastantes tramas sueltas, e incluso un universo lo suficientemente abierto como para que pudiera suceder casi cualquier cosa. Sin embargo, la mayoría de las precuelas de Brian Herbert no rozan ni el aprobado, pese a atenuar mucho el contenido filosófico de sus relatos y contar con una excelente base para escribirlos. Al menos siempre nos quedará la serie original…

“Todas las religiones organizadas se enfrentan a un problema común, un punto sensible a través del cual podemos penetrar en ellas y desviarlas hacia nuestros designios: ¿Cómo lo hacen para distinguir la arrogancia de la revelación?”

Missionaria Protectiva, Enseñanzas Internas.

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