Raised by Wolves

‘Raised by Wolves’, la serie que HBO-Max estrenó el pasado septiembre a bombo y platillo aprovechando la producción de Ridley Scott, es un ‘quiero y no puedo’ de libro. Todo en ella son cascotes de edificios a medio construir, intenciones y voluntades estupendas que no llegaron a cristalizar, ideas que asomaron la cabeza para nunca más volver a salir. Por eso aburre tanto.

Quiere ser una serie sobre grandes cuestiones existenciales, sobre grandes preguntas sobre el sentido de la vida humana, y jamás consigue sembrar más que desconcierto y confusión.

Para ello, pretende construir una mitología interna propia, substituyendo a las deidades contemporáneas por un “Sol” que, sin la justificación del mundo apocalíptico sobre el que pretenden definir su mito, resulta tan increíble para el espectador en su rol de deidad como si pusiesen a Belén Esteban.

Ni la HBO parece confiar mucho en el futuro de “Raised by Wolves”

Tampoco funcionan las tramas humanas, articuladas a salto de mata, precipitadamente, y sin que jamás llegue a resultar claro ni el punto de partida de la historia ni hacia dónde pretende encaminarse.

Eso sí, el dinero dejado en su producción sí surte el efecto deseado: dar apariencia de relumbrón a una serie que, en el fondo, es todo fachada, apariencia, de un mensaje profundo que en ningún momento llega ni a insinuarse en su superficie. Parece querer hablar de la maternidad, pero no llega en momento alguno a profundizar en el tema porque las condiciones del universo de partida son confusas y, con los capítulos, se vuelven cada vez más imprecisas. De las religiones y de su papel en la división conflictiva de la humanidad tampoco podemos hablar, pues diez capítulos parecen no ser suficiente para desarrollar este tema.

El reparto tampoco ayuda. Especialmente incomprensible ha sido la elección de Travis Fimmel o, mejor dicho, el tratamiento de su personaje, apenas diferente en su caracterización de un Ragnar Lothbrok al que las decisiones de dirección parecen querer, insistentemente, homologarle. ¿Cómo puede cobrar un personaje vida propia cuando es, en esencia, igual a otro aun tan próximo a la retina del espectador? Por no citar la interpretación de los personajes infantiles, de calidad y de coherencia de guion más que discutibles.

Todo aparenta y resulta ir a alguna parte al inicio, pero, a medida que pasan los capítulos, y especialmente al pasar el ecuador de los diez que la forman, comienza a estar más claro el caos en que nos estamos metiendo. El mundo inicial se modifica, la propuesta con que comenzamos comienza a cambiar, en base a premisas incoherentes con lo conocido. Los personajes comienzan a actuar fuera de sus roles iniciales, el automatismo inicial de Madre y Padre dan paso a un comportamiento humanizado que, al inicio, no estaba ahí. ¿Qué ha pasado? Juegos de prestidigitación sin sentido.

De esta forma, la curiosidad inicial pronto deja paso al desconcierto que, con el paso de los capítulos, nos devuelve a una sensación de caos e incomprensión que se mantiene hasta el final de esta primera temporada. De forma que, si eres un amante de la Ciencia Ficción, para bien o para mal, tienes que conocer este intento de serie por renovar un género, en la televisión, anclado en la atmósfera de las naves espaciales. Quizás, a partir de sus errores, puedas ser tú quién triunfe la próxima vez en el intento por sacarla de su ensimismamiento.

Esta vez, el resultado ha sido decepcionante. Ni la HBO parece confiar mucho en el futuro de la serie. Tendrá una segunda temporada, actualmente en rodaje, pero con menos capítulos que esta primera, y que pinta a despedida precipitada. No sería de extrañar.

Nota: 4/10

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Filólogo, politólogo y proyecto de psicólogo. Crítico literario. Lector empedernido. Mourinhista de la vida.

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