Hay ocasiones en que uno se pregunta qué habría pasado con esta película si no se hubiera realizado sobre ella lo que los romanos (que no lo inventaron, fueron los egipcios un milenio antes, por lo menos) llamaban damnatio memoriae: es decir, la eliminación por las bravas y sin cortapisas de la memoria de alguien a quien se había condenado públicamente (borrando su nombre de inscripciones, cambiando su rostro en estatuas por el de otro, no volviendo a mencionar su nombre jamás, etc.). Calígula, Nerón, Cómodo y algunos emperadores romanos más sufrieron esta destrucción de su recuerdo, aunque ello no impidió que sepamos de su vida y obra en este siglo XXI, además de conservarse imágenes en bustos, monedas y demás.

Pues con “Todo el dinero del mundo” sucede lo mismo: en otoño de 2017, y a raíz de escándalo de abusos sexuales que se destapó, la productora de este filme, ya rodado, “borró” a Kevin Spacey, actor que interpretaba a John Paul Getty, y lo sustituyó por el más veterano (lo cual le viene muy bien al personaje) Christopher Plummer; por aquellas fechas la damnatio memoriae sobre Spacey se consumó con su despido de la serie televisiva “House of Cards” (Netflix), cuando ya se estaban escribiendo los guiones de la 6ª temporada, que se decidió entonces que será la última (habrá que ver, cuando se estrene, cómo “despejan” a Frank Underwood de la ecuación serial). Se rodaron con Plummer las secuencias en las que aparecía Spacey y se editó de nuevo para llegar a una fecha de estreno, en Estados Unidos, fijada en el el 25 de diciembre. Una rapidez admirable ante el resultado final: pues Christopher Plummer es prácticamente de lo mejor de esta película poniéndose en la piel de alguien tan detestable como John Paul Getty (1892-1976).

Para quienes, como servidor, en tierras catalanas, son oyentes habituales de la sección “Il·lustres execrables” (programa Via lliure de RAC-1, que se emite los fines de semana), la figura de Getty les resulta familiar tras escuchar en diciembre del pasado año un epítome de su vida y miserias por parte de los colaboradores de la sección, Santi Giménez y Malcolm Otero, la película de Ridley Scott no les cuenta nada nuevo; de hecho, mucho de lo que escuchamos entonces aparece en la película, sin que por ello uno deje de sorprenderse sobre pantalla ante la mezquindad y cicatería de alguien como Getty, dueño de una empresa petrolífera y uno de los hombres más ricos del mundo en su época: fue el primer estadounidense en tener una fortuna que superaba el billion (en clave anglosajona, es decir, mil millones) de dólares. Pero tener todo el dinero del mundo no le impedía lavarse él mismo la ropa interior en el lavabo de los hoteles donde se hospedaba, poner una cabina telefónica en su palacio en Sutton Place (Gran Bretaña) para que los invitados hicieran llamadas al exterior o ser capaz de racanear el dinero del rescate por el secuestro de su nieto, Paul, hasta el punto de rebajar la cifra inicial, de diecisiete millones, a sólo tres, dos de los cuales podía deducir en los impuestos (hay que ser rata…) Todo ello aparece en este filme, que relata el secuestro de ese nieto en Roma en 1973. Un episodio que, a su vez, se narra en el libro homónimo de John Pearson, recién publicado en castellano por la editorial HarperCollins: una historia de la familia Getty y de las miserias múltiples que se ocultan tras una enorme fortuna.

Conviene decir que la película se toma algunas licencias a lo largo del metraje, como se advierte oportunamente por motivos de dramatización, especialmente en el tramo final. La cosa empieza así: en julio de 1973, mientras paseaba por Roma –en una bellísima secuencia inicial, que evoca y homenajea “La dolce vita” de Federico Fellini, y que pasa del blanco y negro a un color sepia muy característico de cómo recordamos la época cuando miramos fotografías añejas–, el joven John Paul Getty III, Paul para la familia (Charlie Plummer, sin aparente relación con su abuelo en la ficción), fue secuestrado por miembros de la ‘Ndrangheta, la mafia calabresa; trasladado en coche al sur de Italia, fue encadenado en una cueva.

Su madre, Gail Harris Getty (Michelle Williams), recibió un mensaje: debía pagar diecisiete millones de dólares (casi cien si fuera dinero de 2018) por la liberación de su hijo. Gail, divorciada del hijo del magnate, apeló a éste, pues sólo el anciano millonario podía pagar esa suma. A partir de aquí se inicia un tira y afloja con los secuestradores, primero un grupo liderado por Cinquanta (Romain Duris), y posteriormente por un capo de la mafia calabresa, que se lo “compraron” al susodicho Cinquanta. Getty se negó a pagar de entrada: “tengo catorce nietos, si pago ahora no dejaría de pagar en otros catorce secuestros”. A partir de aquí se inicia un tira y afloja entre la familia Getty y los secuestradores. El patriarca de entrada no le da importancia al secuestro, aun siendo Paul su nieto preferido (o eso dice), pero ante la petición de su exnuera, envía a Roma a Fletcher Chase (Mark Wahlberg), “asesor” suyo (todo un Ray Donovan) y antiguo agente de la CIA para que medie con los secuestradores y tranquilice a la angustiada madre.

Christopher Plummer, como anunciaba antes, es de lo mejor de este filme: su composición del cicatero millonario, a la altura de un Ebenezer Scrooge, no deja de provocar la sorpresa entre el patio de butacas, así como numerosas risas estilo “cómo puede ser tan miserable este tipo”; nunca sabremos qué habría hecho Spacey en su lugar (a menos que en una futura edición en DVD y Blu-Ray se incluyan como extras las secuencias “eliminadas”, nunca mejor dicho). Junto a la espléndida interpretación de Plummer, digna de la nominación al Oscar como mejor actor de reparto que ha recibido (y que no ganará), la película se nutre de un ritmo y una amenidad envidiables, y más en alguien que es también anciano y no lo parece: el director Ridley Scott, camino de sus 81 años).

Scott saca petróleo (perdón por la broma) a partir de la historia del magnate del oro negro en los flashbacks sobre la infancia de Paul y el matrimonio de sus padres, y en cómo, viviendo modestamente, conocieron finalmente al patriarca de la familia, lo que les permitió disfrutar del dinero de la familia; luego los padres de Paul se divorciaron y el padre, John Paul Getty Jr (Andrew Buchan) malgastó dinero y salud en las drogas, y Gail peleó con su exsuegro por la custodia de sus hijos a cambio de renunciar al dinero. No sólo estos y otros flashbacks resultan interesantes para conocer la psicología de los personajes, sino que la trama principal está contada con buen pulso y sin que las dos horas y pico de metraje pasen (demasiada) factura. La historia real de la familia Getty es aún más detallada en cuanto a abusos de drogas y muertes de todo tipo, el filme apenas se centra en una parte de dicha familia.

La ambientación de aquellos primeros años 1970 es espléndida, con una fotografía muy cuidada a cargo de Dariusz Wolski (habitual en la filmografía de los hermanos Ridley y Tony Scott) y una banda sonora bien planteada, tanto en música original (a cargo de Daniel Pemberton) como de canciones de aquellos años. ¿Qué chirría en el filme? Mark Wahlberg, con un personaje bastante prescindible; de hecho, si se eliminara su presencia (cielos, más damnationes memoriae, no), apenas se notaría en el guion; hay momentos incluso en los que Wahlberg parece actuar con un piloto automático que tampoco es que le cueste demasiado desarrollar habitualmente. En cambio, y sin excederse demasiado en lo melodramático, Michelle Williams compone un buen papel de madre sufriente. Romain Duris, al que nos hemos acostumbrado a ver en otros roles en el cine francés, tampoco es que destaque demasiado, aunque resulta más reconocible que un Timothy Hutton muy envejecido y que interpreta a uno de los abogados de Getty. En general, el plantel de actores funciona, como lo hace un guion que sólo derrapa en alguna secuencia algo, por decirlo de aquella manera, cutre-salchichera (ya sabrá el espectador a cuál me refiero) y en un final que adelanta unos años la muerte del patriarca. Pero la película se mantiene bien en un tono que podría haber decaído en uno de esos telefilmes de sobremesa en el fin de semana, y que tanto el guion de David Scarpa (escritor que no suele prodigarse en estas lides cinematográficas) como la dirección de Ridley Scott logran tensionar hasta la resolución del caso.

Para ir concluyendo, “Todo el dinero del mundo” es una película no especialmente memorable (en unos años, quizá antes, apenas nos acordaremos de ella, a priori), pero sí bien narrada y con un ritmo bien dosificado. Una película que habla de las miserias por y gracias al dinero por parte de un señor (pero no sólo él) que lo tenía todo y que apenas gastaba un céntimo en procurarse un capricho para sí y especialmente los suyos (al margen de lo que destinó a las numerosísimas obras de arte que acumuló y conformaron el J. Paul Getty Museum de Los Ángeles a su muerte) y que quizá dé para algún mensaje con moralina, pero que si nos tomamos estrictamente como lo que es funciona muy moraleja. Y es que el mundo está lleno de ilustres execrables…

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