Muñeca rusa (Netflix)

Las segundas temporadas son siempre un reto repleto de decisiones complicadas, más aún cuando la primera ha sido un unánime éxito de crítica y público como el que ha tenido ‘Muñeca rusa’ (T1). Su atrevida propuesta y su inusual protagonista eran un soplo de aire fresco para una plataforma necesitada de este tipo de “pelotazos”, y con esta serie había encontrado una fórmula ganadora.

Pero ya se sabe, en el espectáculo, como en la vida, el insistir en lo mismo aburre. Al ser humano le gusta cambiar, por mucho que lo que tiene se sepa que funciona. ¿Qué hacer entonces ahora?

‘Muñeca rusa’ ya no es la serie fresca y rompedora de antaño, aunque garantiza buenos momentos

En ‘Muñeca rusa’ adoptaron por una fórmula conservadora: hicieron un par de cambios en la fórmula original, introdujeron algún personaje nuevo, y a correr. En este caso, a la muerte como mecanismo de viaje espacio-temporal lo substituye un vagón del metro, y al Nueva York presente lo substituye una mezcla extraña e espacios y tiempos que se construye con dificultad (vamos del NYC ochentero, a la ciudad en los años cuarenta, pasando por la Alemania de posguerra o la Hungría nazi, entre otros).

Empezamos así un viaje dónde se nos quiere hablar, en un tono transcendental tan honesto como confuso, sobre las decisiones que conforman nuestras vidas: sobre el papel que tienen los demás en lo que nuestra vida fue (es y será), el arrepentimiento y los cambios de parecer, los giros del destino, la casualidad…

Nadia explora sus orígenes

Para equilibrar la fórmula recurren a un poco más de absurdo (las paradojas temporales se llevan a puntos sorprendentes… y poco sostenibles), a un poco más de lenguaje macarra y, especialmente, a un protagonismo más destacado de algunos personajes antaño secundarísimos -como Maxine (Greta Lee) o Alan (Charlie Barnett)-.

La trama gira ahora alrededor de la familia de Nadia (interpretada por Natasha Lyonne), judía askenazí de origen húngaro, y del oro familiar heredado cuando ésta huía de la Alemania nazi que un pícaro neoyorquino le habría hurtado, presuntamente, a la madre de Nadia cuando ésta era joven. ¿Qué pasó realmente?

Una gracia irregular

Esta cuestión llevará a Nadia a explorar más sus orígenes, viajando en el espacio-tiempo a nuevos momentos y lugares, sorprendentes -y chocantes- para el espectador; proponiéndonos una reflexión interesante sobre lo que es y lo que pudo haber sido.

No obstante, el mayor riesgo asumido aquí es, precisamente, su mayor debilidad: el adoptar en este “juego con el tiempo” un marco histórico-temporal y una trama que debilitan al personaje principal en vez de reforzarlo. La Nadia gamberra que adoramos no encaja entre tanto traje militar y tanto estirado, ni tampoco en esta trama metafísico-transcendental. Lo que habría sido un humor chocante se afronta en esta temporada con una gracia irregular, estupenda en algunos momentos, pero más aburrida o falta de gracia en otros. Y esto se nota.

¿Renovará la serie por una tercera temporada?

La segunda temporada está bien, se deja ver y divierte, pero ni por asomo tanto como la anterior. Una vez pasadas las sorpresas del absurdo al que se llevan las paradojas, lo que queda es una serie que pierde a veces el tono humorístico y excesivo para volverse otra cosa. El divertimento puro de antaño deja paso a una serie más heterogénea, desequilibrada en su tono e irregular en cuanto a lo narrativo; perdiéndole la pista a lo que se nos quiere contar en no pocas ocasiones.

¿Renovará entonces por una tercera temporada? No lo sabemos. Pero lo que sí tenemos claro es que ‘Muñeca rusa’ ya no es la serie fresca y rompedora de antaño. Garantiza buenos momentos, pero de esas “la gran N” tiene ya muchas y ahora el horno no está para bollos, así que quién sabe…

Nota: 6/10

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Filólogo, politólogo y proyecto de psicólogo. Crítico literario. Lector empedernido. Mourinhista de la vida.

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