Mircea Cărtărescu

En estos momentos, pasados varios días ya desde que acabé de leer el nuevo libro de Mircea Cărtărescu (Bucarest, Rumanía, 1956), todavía estoy riendo a mandíbula batiente, entre sorprendido y agradecido, por esta nueva versión del autor de ‘Nostalgia’ (Impedimenta, 2012). Y es que ‘Las Bellas Extranjeras’ (Impedimenta, 2013) o, mejor dicho, los tres relatos independientes de su interior, poseen una estructura y un estilo totalmente diferente al que sus lectores españoles están acostumbrados. El autor habla a su lector en primera persona sobre su vida, en un tono mucho más próximo a sus inéditos (en España) diarios que a cualquier otra obra; siendo la más próxima disponible para nosotros, salvando las distancias, ‘Por qué nos gustan las mujeres’ (Funambulista, 2006; en traducción indirecta desde el alemán).

Los tres relatos tienen una estructura lineal, salpicada por digresiones constantes a partir de recuerdos que remiten a otros recuerdos y estos a otros recuerdos, pero que en todo caso mantienen la coherencia interior. Y la risa se provoca desde el absurdo de situaciones cotidianas, posiblemente comunes a todos nosotros en un momento u otro –no habría humor en este mundo si no pudiésemos reconocer contextos o significados, pero que Cărtărescu vive desde su originalísima perspectiva, con la particularidad de su vida y de su situación. A ello se une una miríada de temas relacionados con esa vida: la de un pobre autor rumano que intenta crecer dentro de un contexto social y cultural hostil al éxito o reticente al reconocimiento, donde además se le obliga a afrontar su extremada timidez y cautela con retos de todo pelaje.

En “Las Bellas Extranjeras” el humor resulta ser un punto de vista, pero también una terapia, para afrontar los distintos problemas que nuestro autor va encontrando por el camino

El primer relato es “Antrax”, un relato donde se combina la representación paródica de las consecuencias posteriores al 11S con la mirada al surrealismo de la organización sociopolítica rumana tras la caída del dictador Nicolae Ceaucescu. El detonante del relato es la recepción de un extraño sobre desde Dinamarca que, una vez abierto, el autor cree que su contenido se trata del tan peligroso ántrax. Él y su mujer acudirán a la policía rumana para que les confirmen si, efectivamente, se trata de la tan peligrosa sustancia y, si es así, tomar las debidas precauciones para que nadie más acabe mal afectado. Un acto de paranoia desarrollado de forma lógico-racional al que seguirá, sin embargo, una notable secuencia de escenas surrealistas hasta la hilaridad: policías que se toman la amenaza a guasa, o que intentan enseñarle a un escrito cómo redactar una declaración, mientras se lamentan que el material puntero que tanto ayudaría a su investigación sigue embalado ¡sin que tampoco tengan pensado usarlo!

El relato central ocupa también un lugar preminente en el libro, siendo más una novelette que un texto breve, no solo por su extensión sino también por su ambición. En “Las Bellas Extranjeras (o cómo me convertí en un escritor adocenado)” narra el viaje que, junto con otros autores del sistema literario rumano, realizó a Francia invitado por aquel país, con el objetivo de que el público galo pudiese conocer a algunas de las personalidades más significadas de otras literaturas y otras culturas. Nuevamente, este leitmotiv le sirve a la voz narradora para describirnos una mirada que se multiplica más allá de sí mismo: analiza cómo los franceses observan/interactúan con personas de otras culturas, cómo el sistema cultural rumano establece una relación con los demás, cómo sus conciudadanos se observan entre sí y, por supuesto, cómo dentro del sistema literario de su país predominan las desconfianzas o las envidias sobre otras formas sanas de cooperación.

Portada de Las Bellas Extranjeras, de Mircea CărtărescuFinalmente, “El viaje del hambre” resulta una síntesis abrupta de todos los temas anteriores, con especial énfasis en la crítica a la organización sociopolítica de su país y a su posición dentro de él como un poeta que empieza a hacerse (duramente) un nombre. La voz narradora parte de una asombrosa inocencia, pues piensa que todo funciona como es debido o, por lo menos, como resultaría razonable pensar que deberían funcionar. Craso error. La lección irá tomando forma mediante la sucesión progresiva de las nefastas consecuencias que lo llevarán, in fine, a pasar un hambre atroz durante dos días o a acabar en tugurios de mala muerte.

Un texto engrandecido todavía más por la calidad de la traducción de Marian Ochoa de Eribe

En ‘Las Bellas Extranjeras’ (Impedimenta, 2013) lo realmente destacable es la mirada de la voz narradora, esa observación de una realidad poliédrica que se fragmenta en múltiples dimensiones: marido, padre, autor, compañero de sistema literario, rumano en su país o en otros países… y así podríamos seguir ad infinitum. El humor resulta ser un punto de vista, pero también una terapia, para afrontar los distintos problemas que nuestro autor va encontrando por el camino. Especialmente relevante es el uso del humor en los peores momentos: cuando piensas que llevas encima un sobre de ántrax y nadie te hace caso en la comisaría, o cuando vas a una cena-homenaje donde presuntamente van a servir cocina rumana pero acabas probando infumables pastiches culinarios que no hay quien se trague, o cuando llegas a una sombría estación de tren para participar en un recital y descubres asombrado que allí no hay absolutamente nadie… Las emociones que le asaltan, entre el pánico y la paranoia, entre la indignación y la sorpresa, se afrontan gracias a un humor, ligeramente cínico y ligeramente resignado, que consigue reconducirlas hacia un mensaje contundente repleto de civismo y moralidad.

Tras la voz narradora existe, y se nos revela constantemente a través de sus reacciones, una idea clara de vida buena: no comprende por qué el éxito conlleva irremediablemente la envidia, ni por qué la búsqueda de una vida mejor casi siempre implica la emigración a tierras forasteras, ni por qué en un sistema literario tan cerrado sobre sí mismo existen tantas luchas internas y tan pocas ayudas para abrirlo más al exterior…Una reflexión aparentemente acotada a su sistema cultural pero que, en el fondo, habla del fondo moral del ser humano, de quién somos y de cómo somos, un mensaje universal accesible a cualquier lector/a en cualquier latitud. Una habilidad para hablar de lo universal a partir de lo particular, de lo concreto a partir de lo abstracto, accesible a muy pocas plumas.

En este libro encontramos a otro Mircea Cărtărescu, desconocido para el público español si se le compara con los textos traducidos y publicados, pero igualmente magnífico si observamos su habilidad para construir historias capaces de impactar en el lector –esta vez a través de la sonrisa o la carcajada. Un texto engrandecido todavía más por la calidad de la traducción de Marian Ochoa de Eribe que, a diferencia de otras traductoras –como aquella primera traductora del francés a la que tanto “cariño” le dedica en el texto, consigue trasladar a la perfección el tono sardónico y el humorismo de este texto, en las dosis exactas capaces de conseguir (también en lengua castellana) la misma reacción universal que el autor pretendía provocar en la escritura original rumana.

Todos estos argumentos, y alguno más que nos queda en el tintero, deberían servir de acicate para acercarnos a un Mircea Cărtărescu capaz de transformarse como autor con cada nuevo texto, capaz de sorprendernos y descubrirnos una nueva forma de hacer y crear literatura con cada nuevo libro. La sorpresa sigue con un autor que crece sin límite, y con el que da gusto crecer también como lectores y compañeros de viaje.

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Filólogo, politólogo y proyecto de psicólogo. Crítico literario. Lector empedernido. Mourinhista de la vida.

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