A poco que alguien haya leído alguna de mis críticas (al menos un par de personas habrá por ahí, digo yo) sabrá que el género romántico no es uno de mis favoritos precisamente pero eso no quiere decir que, de vez en cuando, no me guste atracarme de pasiones desatadas en paisajes históricos y/o espectaculares. Y sobre la calidad de esta literatura, vamos, quien crea que Victoria Holt no es una gran escritora que venga aquí y me lo diga a la cara…. Venga, venga.

Hasta que alguien se atreva voy a pasar a la crítica del libro que acabo de terminar, “La tierra del viento” (Roca, 2018) del barcelonés criado en Argentina Javier Arias Artacho. El señor Arias Artacho es un filólogo dedicado a la escritura y cuenta en su haber con varias novelas de temática histórica y juvenil. Este último trabajo suyo tiene, como es habitual en sus obras, una excelente ambientación histórica pero, a diferencia de sus trabajos anteriores, la carga romántica es palpable a lo largo de todo el texto lo que me lleva a catalogarla como novela histórico-romántica, porque romántica a secas se me queda corto.

El texto nos narra la historia de la joven Sophie, una huérfana de finales del siglo XIX con un hermano menor al cargo, que debe partir desde Inglaterra a la tierra argentina de Ushuaia (esa “tierra del viento” del título) para lograr un futuro mejor para ambos. Sin embargo, por una enfermedad, se verá obligada a dejar a su hermano en Europa mientras ella inicia el peligroso viaje. Tras muchas vicisitudes llegará a la hacienda de los Summer, que la esperan como nueva prometida del heredero de la casa. Allí descubrirá que nada era como se le había prometido, encontrará el dolor pero también la amistad y, por fin, el amor.

La obra de Arias Artacho se sitúa en un momento muy preciso de la historia argentina que es prácticamente desconocido en el resto del mundo, la colonización de Ushuaia por misioneros ingleses en el último cuarto del siglo XIX. Los ingleses llegaron a un territorio casi inexplorado por el hombre blanco, llevando consigo su cultura, su lenguaje… y sus enfermedades, que acabaron casi con los pobladores indígenas. Después vendrían los argentinos que acabaron de rematar la faena acabando de imponer unas costumbres que destruirían toda la cultura fueguina primitiva. En ese periodo de transición entre la asimilación y la destrucción, entre los ingleses y los argentinos, se sitúa la historia de Sophie.

Sophie es el gran pilar de la historia, una joven (al empezar la novela tiene 17 años) que debe enfrentarse a la muerte de su madre, al descubrimiento de su verdadero origen y a la decisión de partir a América como único remedio para salvar a su hermano y a ella de la pobreza. Desde el primer momento su historia está llena de calamidades, una detrás de otra, como buena historia romántica que se precie. En su peripecia Sophie encontrará gente muy buena, gente que procura hacer el bien y a veces se equivoca y malos malísimos que intentarán hacerle la vida imposible.

Como novela romántica lo cierto es que el libro cuenta con todos los pilares del género: una historia de amor borrascosa, una heroína desgraciada que lucha por el triunfo de ese amor, unos paisajes enigmáticos que condicionan la historia, unos malos malísimos que hacen todo lo posible por dañar a la protagonista… Y la historia funciona, dosificando con prudencia todos sus golpes de efecto, todas sus explicaciones, hasta rematar el relato de una manera impecable.

Destaca sobre todo la descripción de los paisajes y el esfuerzo de Arias Artacho por reflejar la cultura yagana de Ushuaia, desde lo más primitivo y tribal hasta la transformación llevada a cabo por los ingleses. Aunque Artacho explica de forma convincente la muerte de esa cultura, quizás habría hecho más por la defensa de la misma en el texto que no la emplease con tantas connotaciones negativas en el mismo… pero, claro, así no habría avanzado la historia de Sophie.

El escritor barcelonés no solo emplea los paisajes y aborígenes fueguinos como marco de su relato sino que recurre también a las tierras antárticas y a las primeras expediciones al Polo Sur para dar mayor atractivo a la novela. La inclusión de estas materias se adentra en la historia con toda naturalidad, la da cohesión y la hace avanzar. Además Artacho sitúa a sus personajes en estos lugares de forma magnífica, con acierto, haciendo que el drama siga ganando en intensidad hasta su resolución.

Hay, sin embargo, algunas cosas que no me acaban de convencer en la novela. La primera es el lenguaje empleado en las descripciones.

Arias Artacho se ha dejado guiar en demasiadas ocasiones por el lenguaje alambicado que pertenece a los folletines románticos. A veces se lía y nos regala con una mirada “desafiante, pero sumisa” (p. 70), opuestos imposibles de unir; a veces exagera hasta el infinito, como cuando Sophie “asistió enajenada, percibiendo como la succionaba la muerte” (p. 56), o ese “el viento barría sus vidas” (p. 141); a veces hace comparaciones que son un poco ridículas como cuando dice “…veía su futuro como una bandera izada bajo un viento furioso, deshilachada de infortunios” (p. 183) o esta otra “su memoria sobrevoló el pasado igual que un cóndor planeando sobre un cadáver” que parece hablar de una memoria carroñera, en busca de podredumbre, cuando ni por asomo se refiere a eso.

Lo cierto es que a veces Arias Artacho es excesivo en su novela, excesivo con el romanticismo, excesivo con las casualidades como sucede con el día catastrófico que cambia para siempre la vida de Eduardo Ariza, el héroe del relato. Excesivo con su protagonista. Sophie no es una mujer demasiado resuelta aunque va ganando determinación a lo largo del relato… pero hay algunas cosas que no me acaban de encajar con su carácter. Sobre todo no acabo de encajar su piedad, su devoción religiosa, con las elecciones de su vida. No es solo que jamás muestre dudas, de ningún tipo, sobre su fe a pesar de las tremendas palizas que le da la vida sino que, siendo uno de los grandes sustentos de su vida la religión, se salte olímpicamente los preceptos de la misma cuando se trata de alcanzar la felicidad… y sin mostrar dudas de ningún tipo, vuelvo a repetir.

También me extrañó la repentina llegada de la fe a otro de los protagonistas cuando en ningún momento había mostrado tener unas inquietudes semejantes. Y no digo que eso no pudiera ocurrir, ojo, sino que es tan abrupto, tan inesperado, que me sorprendió. Tal vez Artacho tendría que haber dado alguna muestra en el personaje de sentir alguna especie de vacío espiritual, de sentir alguna necesidad de creer en algo superior, no se. En fin, ya digo que me sorprendió.

Por último dos apuntes: primero, señor Artacho, las descripciones de viajes marítimos no son lo suyo. ¿Cómo es posible que personas que jamás han pisado una cubierta no se mareen al haber temporal? Y no hay paredes en los barcos si no mamparos. ¡Y un barco no se voltea! Vira, vuelca, naufraga pero no se voltea.

Segundo. Suele ser recomendable en un relato que incorpora lenguaje inusual y desconocido, como sucede en este caso con la flora y fauna de Ushuaia, que se den algunas explicaciones en notas sobre esas palabras. En mi caso he tenido que mirar varias veces en el diccionario porque no sabía exactamente si me hablaba de un pájaro, un mamífero o algún otro bicho o planta.

Por lo demás, y dejando ya las críticas, el libro del señor Arias Artacho no sólo  se disfruta sino que es entretenido hasta el final y descubre una historia y un rincón del mundo que apenas conocemos. Un buen motivo para descubrir esa “tierra del viento” y caminar por sus caminos inexplorados.

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