La novela policíaca ha explorado en las últimas décadas los recovecos más ocultos del género literario más negro. Si a mediados del s. XX se pensaba que ya todo estaba escrito, que no quedaba más en este género por descubrir, los hechos han podido desmentir a esta creencia con rotundidad. Ello ha sido gracias a la nueva ola negra venida de las nocturnas tierras nórdicas, que ha barrido con los clichés y ha puesto sobre la mesa la capacidad potente del género para penetrar en las entrañas de la miseria humana y extraer de ella, con análisis y descripción espeluznantes, a sus más horripilantes sombras. Cada autor, manteniendo las esencias y siguiendo los cánones, pero también aportando su particular y personal perspectiva a esta exploración psicosocial, ha construido desde su obra un proyecto creativo distinto que enriquece a la literatura, forma al lector y empodera a la sociedad en su capacidad para observarse y comprenderse a sí misma.

La contribución de Pierre Lemaitre (París, Francia, 1951) llegó de forma tardía. Tenía más de cincuenta años a sus espaldas cuando se decidió a comenzar a escribir. Y, no por casualidad, su puerta de entrada fue la novela negra y el personaje de Camile Verhoeven. A través de él, Lemaitre aportó al género una forma original de definir a los personajes principales y secundarios: con lo personal y lo psicosocial constantemente tocándose e interactuando, desarrollando una psicología propia para todos ellos con pinceladas rápidas de un párrafo o de unas pocas líneas, haciendo hincapié constantemente en cómo el contexto ha marcado sus vidas y personalidades de una forma u otra, y desarrollando o acentuando esas cicatrices o grietas o arrugas de su carácter mediante algunos de los elementos centrales de la trama criminal.

La primera de sus novelas resulta ser la muestra más pura de estas intenciones: ‘Travail soigné’ (2006), traducido en España como ‘Irène’ y publicada en 2015 por Alfaguara, posee todos estos rasgos maximizados y elevados a la enésima potencia. La definición del personaje corre veloz como el viento huracanado, con referencias constantes a su pasado, a su vida familiar y a su necesidad de sentirse a gusto con un mundo que parece haberlo vomitado de mala gana: con su metro cuarenta y cinco de estatura, su brillante calva, su cólera y su fealdad, se empeña en medir su felicidad según cómo todo lo que le rodea se ajusta (o no) al estándar de su autoestima. De ahí que sea la perspectiva de Verhoeven la que introduce a todos los demás elementos de la trama.

Esta búsqueda de sí mismo es el motor interior que conecta a Verhoeven con el criminal sin escrúpulos de esta entrega: un cruel asesino de mujeres que recurre a la muerte ajena como mecanismo de resolución de sus propias frustraciones con la realidad y con el mundo.

Estas necesidades creativas son, al mismo tiempo, una virtud y un defecto. Porque mientras nos muestra las intenciones del autor de la forma más directa y honesta posible, también exhibe quizás con demasiada claridad las costuras de una trama forzada por las prisas, donde un lector experimentado en el género podría incluso llegar a intuir algunos de los giros argumentales o las sorpresas finales que esta lectura nos depara. Pero no debemos perder la perspectiva, y olvidar algo que, realmente, marca a fuego a esta novela: y es que se trata de una Ópera Prima. La primera vez que Verhoeven ve la luz.

En las siguientes novelas, de hecho, la claridad de ideas de la mano autoral se percibe y se deja notar. Aunque las características auténticas del “concepto Lemaitre de lo Negro” siguen bien presentes, su desarrollo cambia completamente hacia un tono más pausado, hacia un desarrollo más liviano de los personajes y hacia un mayor peso de la trama criminal; aunque con el factor personal concerniente al comandante de la Brigada Criminal Verhoeven y su conexión con el contexto tenebroso todavía vivo y muy presente. No en vano, el principal trabajo de caracterización ya quedaba hecho en la novela anterior. Bien asentados los pilares, se permite aquí unos mayores márgenes de libertad que han favorecido extraordinariamente a la creatividad. Devolviéndonos dos novelas, ‘Alex’ (2011) y ‘Camile’ (2012, originalmente publicada con el título de ‘Sacrificès’), mejor construidas, más imprevisibles y más oscuras.

Un punto aparte merece ‘Rosy & John’ (2013). Originalmente, nace con el nombre de ‘Les grands moyens’ (2012), y se hace por encargo de la editorial SmartNovel con el objetivo de ser un folletín por entregas publicable únicamente en formato digital y para leerse en un smartphone durante el tiempo que dura el trasbordo entre un metro y otro (tres páginas por entrega, aproximadamente). El texto retoma, con una nueva historia, los pasos de Verhoeven en un tiempo cronológico situado entre ‘Alex’ y ‘Camile’. De apenas un ciento de páginas, se publica posteriormente en papel bajo el nombre de ‘Rosy & John’. Un texto distinto a todos los demás, con unas exigencias creativas adaptadas después al formato del libro (o de la novela corta), que convierten a este increíble tomo detectivesco, como nos dice con humor el propio Pierre Lemaitre en el “Prólogo”, en “una trilogía en cuatro volúmenes” (pág. 11).

‘Verhoeven’ (Alfaguara, 2017) reúne y ordena cronológicamente las cuatro historias publicadas por Pierre Lemaitre sobre el comandante de la Brigada Criminal Camile Verhoeven. Una apuesta personal enriquecedora del género policiaco por su habilidad a la hora de construir personajes, elaborar tramas de extremo dolor y manejar como pocos el giro argumental. Si lo conocen, con este libro podrán reunir toda su obra de una tacada. Y si no lo conocen, ya están tardando. Porque Camile Verhoeven forma parte ya de los personajes principales referentes de la literatura criminal contemporánea.

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