Gabrielle Wittkop

Algo invisible y difícilmente descriptible te atrae y te atrapa de la escritura de Gabrielle Wittkop (Nantes, Francia, 1920 – Frankfurt, Alemania, 2002). Quizás sea lo osado de haber elegido para esta novelette el retrato de un tipo social, el necrófilo, radicalmente proscrito de la cultura occidental. Más aún si hablamos de la cultura sistémica, la definida por las élites biempensantes, rendida los pies del sumiso y trágico canon romántico desde hace varios siglos. Ante esta rendición filosófico-cultural, Wittkop propone a través del amor, la pasión y el deseo de este anticuario parisino, Lucien N., un acto de valentía, de rebeldía y de ruptura con lo establecido que no deja indiferente.

El primer y esencial acto de rebeldía de ‘El necrófilo’ (Cabaret Voltaire, 2022) está en el discutir con esta propuesta, frontalmente y en varios frentes, la definición actual que de “necrofilia” se da y se tiene. Así, no se trataría de una perversión, sino de un acto de amor. No sería una tendencia o un comportamiento, sino una posición vital. Ni su objeto es el cadáver cosificado y sexualizado, sino la muerte en sí considerada como un actor social, como una causa cuyos efectos transforman una interacción social que continúa hasta que el cuerpo empieza a decir “basta”.

‘El necrófilo’, esta maquinaria de orfebrería literaria, tan breve como maravillosa, originalmente publicada en 1977, llegará a las librerías en febrero de este año. No se la pierdan.

Es por esto que el necrófilo respeta, cuida y mima a los cuerpos… y mantiene vivo el nombre, la personalidad y las características psicológicas de la persona. Mientras el rito del entierro tiene por objeto despedir la vida y reconocer la “degradación” de los cuerpos. Para el necrófilo de Wittkop, el entierro inicia otra fase de la interacción social. Igual que no todas las personas vivas son iguales, tampoco lo son las personas muertas. El deseo de iniciar una relación (o no) con un cuerpo sin vida posee entonces su propia subjetividad. Un proceso psicológico que desmiente tanto la “cosificación” de los cuerpos como la “irracionalidad” del “deseo” imperante en las definiciones culturales al uso.

Portada de El necrófiloAl hacer así, otro de los factores del estilo narrativo de Wittkop conque consigue fascinarnos al leer este texto es la intensidad de su juego emocional y sensorial. Lucien N. es un personaje complejo, dotado de una moral, racionalidad y subjetividad propias que hacen que no todos los cuerpos muertos sean iguales. Por eso mismo, su voluntad va cambiando, sus acciones son distintas y sus decisiones condicionan una trama principal que te tensiona, que te obliga a leer, a vivir en el alambre, entre el asco más abyecto y la fascinación más curiosa.

Y esto nos lleva a otro aspecto: el retrato que se hace del necrófilo como una persona asistemática (no antisistema, ojo) que, consciente de poseer una naturaleza opuesta a la prescrita por la maquinaria cultural dentro de la que vive, se autoproscribe, se aisla, se recoge en sí mismo para poder vivir plenamente su vida según su preferencia. ¿Es entonces esta soledad un acto de libertad? ¿Una ocultación, quizás? Y los demás, tanto otras personas necrófilas como aquellas más sistemáticas, ¿cómo son, como se relacionan?

Ejercicio creativo literario de muchos quilates

‘El necrófilo’ (Cabaret Voltaire, 2022) resulta entonces un ejercicio creativo literario de muchos quilates por su originalidad y profundidad a la hora de construir un personaje y una voz narradora con fuerza y personalidad propias. Su mundo interior es tan complejo y rico en matices que nos lleva no solo a conocerle a él, sino a adentrarnos en las oscuras entrañas de nuestra sociedad moderna -la novela está ambientada en la segunda mitad del s. XX-, a partir de un tipo social asistémico que, cual negativo fotográfico, nos permite vernos también reflejados en aquello que Lucien N. vive y piensa.

Esta maquinaria de orfebrería literaria, tan breve como maravillosa, originalmente publicada en 1977, llegará a las librerías en febrero de este año. No se la pierdan.

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Filólogo, politólogo y proyecto de psicólogo. Crítico literario. Lector empedernido. Mourinhista de la vida.

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