Contemos un cuento. No, aspiremos a Sherezade. Contemos mil cuentos. No, aún no es suficiente. Contemos diez mil cuentos. ¿En una sola vida? Más, en diez mil vidas. Diez mil historias diferentes, únicas. Unas frágiles como un cristal, otras tristes como un adiós desesperado, o divertidas, o extrañas, o crueles… como sólo el ser humano sabe ser cruel. Si, déjenme este momento breve y solitario, para que les cuente un cuento en el que caben diez mil cuentos. Todos humanos, todos terriblemente humanos y a la vez inmortales, maravillosos, inundados de amor…

Ahora que he llamado su atención, permítanme descender a tierra, denme la mano y adentrémonos en esta cotidianidad rutinaria e imprevisible que llamamos realidad en la que un ser caótico, imaginativo y brillante llamado Michael Poore nos ha brindado un libro increíble, “Las diez mil vidas de Milo” (AdN, 2018), lleno de fantasía, aventura, filosofía, crueldad y amor, mucho amor… con mucha, mucha retranca y coña mañanera. Que quieren que les diga, la vida es así.

Y ahora a contarle cuentos al rey, que la noche es corta y si se impacienta nos quedamos sin cabeza.

Decir que, por principio, no me gustan las novelas que tienen como uno de los protagonistas a la Muerte, así, a lo grande. Como persona física, pensar en la Muerte recorriendo páginas de un libro me da cierto repelús… aunque bien que me gusta el personaje de la Muerte en los libros de Terry Pratchet y no digamos ya en el cómic de Sadman. Bueno, todos tenemos nuestras contradicciones. Por eso, a pesar de todo, me decidí a leer “Las diez mil vidas de Milo” (AdN, 2018), del estadounidense Michael Poore, donde el gran protagonista, Milo, se dedica a vivir más y más vidas con el único deseo de permanecer para siempre junto a Suzie, uno de los diversos rostros de la Muerte. Vista así la cosa podría ponerse bastante melodramática pero ni a Milo ni a Suzie les van las tragedias. Novela pues con Amor, en letras grandes, pero sin romanticismos trasnochados ni pamemas de esas. Suzie quiere dejar de ser la Muerte (es que no le va que la llamen así) para abrir una tienda de velas y Milo… pues bueno, quiere que le dejen en paz, que paren de pedirle que ser perfeccione como ser humano y estar con Suzie. Pero, claro, si se pudiese conseguir eso en una sola vida no tendríamos libro y, créanme, la novela da para muchas, pero para muchas más vidas… e incluso para muchas más novelas

Si alguien piensa encontrar algún libro de Poore editado en este país le va a resultar imposible. “Las diez mil vidas de Milo” es la primera novela suya que publican en España y es la segunda que ha publicado en toda su vida: la primera se titulaba “Up Jumps the Devil” (2012) donde el mismísimo Diablo se paseaba por toda la historia de la humanidad para hacer de éste un lugar mejor donde convivir con su verdadero amor. Se ve que a Poore le van las historias de amor con inmortales y baches temporales.

 

Como vemos “Las diez mil vidas de Milo” tiene mucho que ver con esa primera novela de Poore. En primer lugar tienen en común un buen título porque el original de “Las diez mil…” es “Reincarnation Blues” (Del Rey, 2017), algo así como “La canción triste de la reencarnación” y que, desde luego, se ajusta mucho más al contenido de la novela que el título en castellano que resulta bastante simplón aunque mucho más descriptivo. Es quizás el único “pero” que se le puede poner a la excelente traducción de Miguel Marqués… aunque quizás el título sea una decisión editorial y no del traductor. La verdad, y viendo como se respetan muchos títulos ingleses originales, no veo porque no se podía haber dejado tal cual el de Poore pero…

Las temáticas de Poore son totalmente fantásticas: un Diablo viajero y enamorado y un hombre con diez mil oportunidades de reencarnarse para lograr la perfección e ingresar en la Ultraalma, algo así como un Nirvana cósmico. Más fantástico imposible y Poore parece ser un maestro de la fantasía habiendo publicado numerosos relatos en varias revistas norteamericanas especializadas como Fiction o Asimov´s.

La maestría de Poore no es algo que pueda poner en duda después de leer “Las diez mil vidas de Milo” donde Poore nos relata las diversas vidas de Milo siguiendo solo el orden que le dicta su deseo literario.  Es un libro bastante inclasificable, no tanto por el hecho de los viajes en el tiempo y el espacio, por los continuos saltos que hace adelante y atrás, sino por el universo que retrata y, sobre todo, por como lo retrata. Poore es capaz, en un mismo párrafo, de hablar con humor, amor, filosofía y crueldad extrema. También es un malabarista que nos cuenta en un solo capítulo una docena de historias distintas, unas extrañas, otras ridículas, algunas tristísimas, ninguna aburrida, todas originales. Y girando siempre en torno del Amor y la Muerte, como toda gran obra que se precie de serlo.

Resulta increíble que un libro que habla fundamentalmente de la muerte pueda ser muchas veces divertido. Para muestra tenemos las dos frases iniciales del libro:

“Esta es la historia de un sabio llamado Milo.

Comienza el día en que se lo comió un tiburón”.

(¡Qué te den Sherezade! Así si que se llama la atención del lector respetable).

Y luego tenemos la historia en sí. Milo lleva 9995 vidas naciendo y muriendo, siendo multimillonario, insecto, perro, viuda, soldado… en busca de una perfección que en verdad no le interesa porque él solo desea permanecer al lado de Suzie, esa Muerte deseosa de irse al paro. Milo y Suzie están enamorados y quieren permanecer juntos para siempre aunque deban romper las reglas que dicen que Milo debe llegar a la perfección o desaparecer, dejando atrás todo lo humano, y que obligan a Suzie a ser inmortal y renunciar al amor. Pero ya se sabe que ciertas leyes sólo nacen para ser abolidas.

La estructura de la historia se organiza en torno a los cinco últimos renacimientos de Milo, dos situados en época histórica y los otros tres en un futuro no muy lejano. Se entra al Más allá por una puerta y se sale por otra que da a un tiempo inesperado. En medio están los interludios en el Más Allá donde Milo se reencuentra con sus “hadas madrinas”, las inmortales Mamá, bondadosa y bonachona, y Nan, aficionada a los gatos y los cigarrillos, y, por supuesto, Suzie, que siempre le recoge en el río que lleva las almas la Otra Orilla.

Las diversas vidas de Milo, recogidas de forma imprevisible a lo largo del texto, son narraciones en si mismas, algunas de tres frases o menos, algunas ocupan una hoja entera, algunas darían para un libro completo si se desarrollaran, algunas nos hielan el alma, algunas nos llenan de tristeza. No hay historia que no aporte algo al desarrollo general de la historia y nos haga ver que Milo, a pesar de ser un buen tipo, como todo ser humano, puede ser capaz de lo mejor y de lo peor, dependiendo de las circunstancias. Lo cierto es que, a pesar de los chistes y el humor con que se desarrollan muchos acontecimientos, pesa sobre la historia una gran desconfianza sobre lo que el ser humano, en general, puede dar de sí. Como especie, parece que Poore se conforma con que lleguemos a una cierta entente cordial mediante la cual dejemos de destriparnos los unos a los otros. Sin embargo el escritor reconoce que la aparición de personas dispuestas a sacrificarse por el bien común hacen que las cosas mejoren, personas que a pesar del ridículo que supone ser humano son capaces de levantarse sobre sus propias miserias y hacer que la vida del hombre merezca la pena. Profundo, profundo. Y en lo puramente personal, lo que nos lleva a levantarnos cada día, Poore lo deja también bien clarito: es la lucha por alcanzar el amor lo que justifica toda vida, la inmortal también. Se podían haber envuelto semejantes ideas, tremendas y filosóficas, de muchas maneras…y Poore las ha elegido todas y las ha regado con un humor cañero de cosecha propia.

En cuanto a las vidas de Milo que se van desgranando, es evidente que Poore se desenvuelve mejor en las que transcurren en el futuro que en las históricas donde llega a cometer algún error flagrante: a ver, que ir a la universidad siempre es una meta, pero explíqueme usted como se puede llegar en el siglo XVIII de las selvas de Zambia a las aulas universitarias (¿De dónde? ¿De la Alejandría egipcia o así? A tiro de piedra, vamos) trabajando como peón caminero… en una época en que los caminos de Zambia eran para cabras. Quizás por eso son las historias del futuro las mejor ambientadas (aunque la del trabajador del matadero que transcurre en la segunda mitad del siglo XX respira realismo descarnado por todos los costados posibles), porque en ellas el pasado es solo una referencia lejana a la que sujetarse. Y así es como desfilan las vidas y las historias de Milo ante nuestros ojos, con sus dosis justas de sabiduría y chaladura, amor y humor, dolor y crueldad, fantasía y realidad.

Si hacemos caso a las recomendaciones de críticos que aparecen dentro y fuera del libro (en esa dichosa bandita con la que nunca sabes que hacer) tendremos que creernos que esta mezcla de historias de Poore es un cruce entre Neil Gaiman, Kurt Vonnegut (el escritor de “Matadero cinco”, obra que merece por si sola una tesis doctoral), Douglas Adams (el señor que se regodeó haciendo la “Guía del autoestopista galáctico”) y David Mitchell, el creador de “El atlas de las nubes”. Vale, bien, bueno y por partes que la están peinando.

Es muuuuy habitual comparar a los nuevos autores de fantasía adulta con Gaiman pues siempre es sinónimo de solvencia creativa… y dividendos literarios. De Gaiman yo no veo en Poore gran cosa aparte de la sólida formación a la hora de crear mundos propios a partir de éste que nos ha tocado a todos vivir. En mi modesta opinión, y puestos a comparar con un autor del fantástico anglosajón, yo veo a Poore más cercano a Terry Prachett. Puede que a alguno eso no le suene tan serio como citar a Gaiman, aunque no tendría porque ser así. La forma en que Poore trata a la figura de la Muerte que es Suzie tiene ciertas gotas de Gaiman pero tiene un humor más propio de Prachett y, en general, en todas las escenas que contienen algo de humor, la ironía y el sarcasmo revelan que la  sombra de Prachett es más alargada. Y recordar que Prachett cuando quería era también profundo como el más profundo de los abismos.

La referencia a Vonnegut también tendría en principio alguna base puesto que “Matadero cinco” tiene mucho de sátira, hay dislocaciones temporales y ciencia ficción, pero el tono entre surrealista, irónico y satírico que Vonnegut emplea poco tiene que ver con Poore que puede llegar a la pura ternura y la poesía como cuando dice:

“El viento es una mujer y una canción y un sueño”

La retranca de Poore en su relato de historias y su habitual recurso en el libro a la ambientación en el futuro hace que se recurra también a la “Guía del autoestopista galáctico” como comparación efectiva. Vale, daremos pulpo como animal doméstico. Más empachoso me resulta que digan que el libro es un híbrido entre el libro de Douglas Adams y “El atlas de las nubes”. Quizás sea porque, pese a todo lo que han dicho de él, el libro de Mitchell nunca me ha parecido tan maravilloso como lo pintan con un comienzo que casi me hizo darme de cabezazos contra las paredes de puro aburrimiento. Aunque habrá que admitir que tanto el primer libro como el segundo son también un cúmulo de historias con un hilo argumental, humor con sorna el primero y con ínfulas filosóficas y literarias el segundo. Posiblemente por eso de las ínfulas me gusta más la primera novela que la segunda, a pesar de lo original que sea “El atlas…” en su planteamiento, en sus objetivos, en la resolución de las historias y en la innegable calidad estilística del inglés. Y por eso precisamente también prefiero a Poore que resulta mucho más cercano, más realista (si, realista y no me desdigo) en el tratamiento de todas las situaciones humanas donde siempre suelen hermanarse el humor y la tragedia, y donde la filosofía se diluye en las vivencias para dejarnos un poso de humanidad, en el fondo cálido y divertido. Y si no vean algunas frases más de la novela donde dos ancianos Milo y Suzie, esta última algo sorda ya, hablan:

“-Te quiero tanto, Suzie. […]

-No pasa nada mi amor. A veces, yo tampoco te aguanto”.

Además, ¿cómo no rendirse con alegría a un hombre que despide a los lectores en los agradecimientos con una cortés reverencia? Nada, nada, señor Poore (y no, no me refiero a su padre), los cumplidos somos nosotros porque, como se dice por estos lares, es de bien nacidos el ser agradecidos. Denos más libros como éste y yo volveré a rozar el suelo con la pluma de mi sombrero. Nos vemos pues, caballero.

Hasta la próxima.

 

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