Hay juegos que llegan y hay juegos que se ganan un hueco en nuestros corazones. Masahiro Sakurai lleva más de treinta años trabajando para que Kirby forme parte de nuestra vida como jugadores, y su entrega más reciente, Kirby Air Riders, hace todo lo posible por formar parte de nuestra historia como jugadores.
Mucho más que un juego de carreras
Es fácil mirar a Kirby Air Riders y pensar que sí, que aquí hay karts y pistas y una simpática bola rosa, que se hace pasar por Mario Kart con otro envoltorio. Sin embargo, cuando me senté con el mando en la mano y empecé a entender qué estaba pasando de verdad, algo cambió en mi forma de entender el juego. La sencillez aparente —prácticamente un solo botón más el stick— esconde una profundidad que se va desvelando poco a poco, sin prisa, como si el juego confiara en que vas a quedarte el tiempo suficiente para descubrirla. Y tienes razones de sobra para hacerlo.

Sakurai lo dejó claro cuando presentó el juego: hay contenido de sobra para pasar horas y horas jugando. Concretamente, en Kirby Air Riders hay 20 naves y otros 20 personajes, cuatro modos principales con sus respectivos submodos y 18 pistas en el modo carrera. Pero más allá de los números, lo que de verdad me ha impresionado es cómo cada uno de esos elementos está construido con una atención al detalle impresionante que se siente en cada partida. Cada modo tiene una cantidad abrumadora de posibilidades, retos y desbloqueables que me han permitido pasar decenas de horas jugando sin siquiera conectar la consola a Internet. Y cuando lo haces, todo gana todavía más profundidad.
El sistema de progresión merece un párrafo propio, porque es de esos diseños que llevábamos sin ver desde Super Smash Bros. Ultimate. Cada modo tiene un tablero con 150 desbloqueables: naves, personajes, escenarios, pistas, accesorios y decenas de secretos que se van liberando al cumplir logros concretos. No hay pases de batalla ni microtransacciones de ningún tipo: toda la economía está cerrada dentro del propio juego, por lo que cada cosa que desbloqueas te la has ganado jugando, y eso es algo que me ha transportado de vuelta a una época en la que parecía que los videojuegos eran algo más sencillos.

El modo de juego donde he pasado más tiempo ha sido en Pruebas Urbanas, el modo que ya era la joya de la corona del original. Cinco minutos de caos absoluto explorando la ciudad de Skyah, mejorando tu nave, recogiendo power-ups y sobreviviendo a eventos que van apareciendo sobre la marcha y, al terminar el tiempo, comienza una competición que no sabes cuál va a ser hasta que llega el momento. La primera parte es tan caótica y la segunda tan divertida que me ha resultado imposible dejar de jugar durante semanas.
Y luego está Road Trip, el modo historia que funciona como una campaña roguelike en la que cada run dura aproximadamente dos horas, y en la que los caminos cambian y los desafíos varían de una partida a otra, por lo que es rejugable gracias a las rutas alternativas y la variabilidad de retos, y funciona además como el mejor tutorial posible para entender de qué va el juego. Terminé Road Trip sabiendo manejar el resto de modos con una soltura que no tenía al empezar, y eso es un regalo.

Detrás de todo esto está Sakurai, uno de los diseñadores más brillantes de la industria – nos olvidamos de él mucho más a menudo de lo que deberíamos -, capaz de construir sistemas que parecen simples y resultan ser profundísimos, como ya demostró con Smash Bros. Su marca como diseñador es una atención al detalle obsesiva que no deja nada al azar, en la que no hay relleno y en la que cada elemento de sus juegos está ahí por un motivo concreto.
Kirby Air Riders puede no ser para todo el mundo. Su concepto es raro, su curva de aprendizaje pide un poco de paciencia y si lo que buscas es encadenar copas al estilo Mario Kart quizá te resulte algo extraño al principio. Pero si le das el tiempo que merece, si te permites entrar en su lógica, te vas a encontrar con uno de los juegos más divertidos, más completos y más queridos que he jugado en años. Un juego que huele a mimo, a horas de trabajo y a amor genuino por lo que se está haciendo.
Y eso, en 2026, no es poca cosa.























