Advertencia: esta crítica contiene spoilers del anime. Continúa leyendo bajo tu propia responsabilidad.

En la pasada temporada de otoño llegaba a nuestras pantallas el anime “Inuyashiki”, una de las series que más prometía entre los estrenos. Propulsado por la fama de su manga, este drama psicológico sobre un entrañable viejito robot que aúna ciencia ficción y acción parecía tenerlo todo para ganarse a los fans… o quizás no.

Inspirado en el manga de Hiyora Oku (“Gantz”), “Inuyashiki” nos presenta un Japón deshumanizado y cruel, donde las personas se preocupan por poco más que ellos mismos y ven el horror como algo casi natural. En medio de este panorama aparece Inuyashiki, un asalariado del montón en la cincuentena que es ninguneado por su familia y al que diagnostican de cáncer terminal. Pero todo cambia cuando muere accidentalmente a manos de unos aliens que, a fin de cubrir su paso por el planeta, lo convierten en un robot de guerra ultra tecnológico. No será el único que sufra un destino parecido, pues un estudiante llamado Hiro Shishigami también se transformará en una máquina.

Lo que en principio podría parecer un argumento absurdo se disipa en los primeros capítulos del anime, que nos acercan primero a la vida apagada de Inuyashiki, un protagonista anulado como individuo y que ya no cree tener valor para los que lo rodean. Su dolor, mostrado de una forma tan empática y lacrimógena, traspasa la pantalla con facilidad y lo conecta de forma definitiva al espectador. Su construcción como personaje pasa por el objetivo claro de encontrar su propósito en la nueva vida que le ha sido dada, eligiendo el camino del héroe.

Por el otro lado está Shishigami, cuya personalidad fría pone los pelos de punta incluso cuando protege a sus seres queridos. Ese mal presentimiento que teníamos se hace real al verlo asesinar de forma despiadada primero a la gente que lo molesta y luego a inocentes, solo por experimentar esa descarga de adrenalina. Un antagonista muy interesante cuya lucha interior por la redención o la perdición definitiva se decanta del lado oscuro cuando la sociedad le arrebata lo que más amaba.

Y ya está. Tenemos a un protagonista con el que hemos conectado, que es adorable a más no poder y que, a través de ofrecer ayuda desinteresada a quienes la necesitan, terminará por reencontrarse a sí mismo y una humanidad que creía perdida, pero que el espectador ha visto ahí todo el tiempo. Y un villano que es todo lo contrario a él, cuya búsqueda de esa misma humanidad pasa por la muerte y la venganza.

Ambos son máquinas de destrucción imparables para los recursos militares japoneses, que están destinados a encontrarse.

El anime ya está montado: un gran protagonista, un gran antagonista, un buen tema: la búsqueda de la humanidad. Dos robots de combate despertando el lado más humano de una sociedad aletargada que es más fría que ellos. Un Japón que es una crítica viviente a la desnaturalización de la gente y a una normalización de la crueldad y la violencia.

Solo resta dejar que la historia fluya de forma natural y dedicar los últimos seis capítulos a una batalla épica con un derroche de explosiones y efectos especiales bien animados con un CGI medianamente decente.

¿Entonces por qué ha acabado tan mal? ¿Cómo, si cada pieza encaja y la historia pide a gritos continuar por el sendero ya empezado, es un director capaz de liarla tan parda? ¿Cómo un anime que lo tenía absolutamente todo para triunfar termina siendo una decepción semejante? Yo os lo explicaré:

Olvidándose de su protagonista, que de repente solo aparece unos minutos por capítulo, para centrarse en el malo y enfrentarlo sucesivamente a la decisión de redención vs caída que ya tomó una vez, con exactamente el mismo giro de la trama. Reducir el enfrentamiento que todo el mundo lleva todo el anime esperando a una pelea de 5 minutos que ni siquiera aprovechan del todo. Y sacarse de la manga un meteorito destruye planetas para hacer que tanto el héroe como el villano se sacrifiquen y cerrar la trama mal y con prisas.

Y eso por no hablar de la estupidez crónica de los secundarios. Porque es muy normal que una familia que lleva toda la trama ninguneando al pobre héroe se entere de que es una máquina y de repente lo quieran con toda su alma. Así, sin shock ninguno. Y que la adolescente enamorada de Sishigami ignore por completo que se trata de un asesino en serie y lo meta a vivir con su abuela, porque en realidad no puede ser mala persona, ¿cierto?

¡Ah! Y que un loco asesine a cien personas en el centro de Tokyo a través de sus Smartphones, pero al día siguiente todo el mundo lleve el teléfono como si no hubiese pasado nada. La línea que separa la deshumanización social del comportamiento absurdo no es tan fina, y hay que saber verla si se quiere crear una buena obra que involucre al conjunto de una sociedad.

Si tan solo hubiesen tenido unos capítulos más para espaciar los cambios psicológicos de Shishigami y equilibrar su presencia con la de Inuyashiki, o si tan solo no hubiesen recurrido al final fácil, el anime podría haberse salvado. Lo más triste es que sus once capítulos les sobraban para crear una obra de arte memorable, y no han querido, o no han sabido, verlo.

Producido por el estudio MAPPA (“Zankyou no terror”, “Yuri!!! on ice”), dirigido por Keiichi Sato y Shuhei Yabuta y guionizado por Hiroshi Seko, “Inuyashiki” es la muestra más reciente de que incluso la mejor de las premisas, mal desarrollada, desemboca en desastre.

Con todo, el anime aún nos deja algo de provecho: unos primeros cinco capítulos bestiales, de lo mejorcito del año; un CGI bastante decente, aunque raruno por momentos; un diseño interesante y el opening. Bajo el título “My hero”, Man with a mission nos regala una canción que es lo más destacable de una banda sonora fácilmente olvidable.

Y también las ganas de resarcirse con el manga, por supuesto. “Last hero Inuyashiki”, de Hiyora Oku, ha pasado a liderar mi lista de lecturas pendientes. Necesito comprobar cómo acabaría un buen creador una historia con una premisa tan original. En España está editado por Milky Way, que acaba de finalizar su publicación con el décimo tomo.

En serio, era un abuelito robot entrañable con armamento para destruir medio país. ¿Cómo? ¿Cómo ha salido tan rematadamente mal?

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