Suele ser tradición que en la carrera de los Oscars de cada año destaque alguna(s) película(s) del llamado cine “independiente”: cinta(s) modesta(s) en cuanto a presupuesto y que suele(n) ser realizada(s) por directores y guionistas con un estilo muy personal y (a priori) al margen de las grandes productoras hollywoodienses. En la cosecha de este año parece que “Lady Bird” es la que más se acerca a esta etiqueta entre las nominadas a mejor película y acumula algunas candidaturas más, mientras que “The Florida Project”, película que bien puede incluirse en el marco (y el estilo) de ese cine independiente, ha tenido que conformarse (es un decir: acopia candidaturas y premios en numerosos festivales y certámenes) con una nominación a mejor actor de reparto (para Willem Dafoe).

No sorprende demasiado: coescrita (en colaboración con Chris Bergoch) y dirigida por Sean Baker, “The Florida Project” es un retrato íntimo de aquellos que no participan del “sueño americano”, un tema que podría no ser del gusto de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas; si al menos el sufrimiento desaforado a lo “Precious” estuviera presente, parece escucharse sotto voce, la cosa les impulsaría a dejarse impactar y premiar con muchas nominaciones, pues el sufrimiento “mola” (entiéndase la ironía). No es el caso: quizá este filme sea una metáfora del fracaso de ese “American Dream”, pero sin necesidad de recargas las tintas en lo obvio ni de amargarles en exceso la diversión a personajes como la pequeña Moonee (Brooklyn Prince, todo un descubrimiento).

La trama de esta película se basa, esencialmente, en la cotidianeidad y en el lugar que ocupamos en la sociedad; o que debemos ocupar. Nos situamos en un motel con paredes de color morado, “The Magic Castle”, en Kissimmee (Florida), muy cerca del parque Walt Disney World. Tres niños de unos seis-siete años –Moonee, su mejor amigo Scooty (Christopher Rivera) y Dicky (Aiden Malik)– pasan el verano jugando en las instalaciones del motel y sus alrededores, haciendo trastadas y comportándose como lo que son: tres críos con demasiado tiempo libre y escasa vigilancia.

Bobby (Dafoe), encargado del motel, bastante tiene con sus tareas habituales de gestión del negocio como para seguir las andanzas de los tres mocosos, aunque en ocasiones deba hacerlo: como cuando los pilluelos no encuentran otro entretenimiento mejor que lanzar escupitajos al coche de una clienta del motel. La ocasión no será baldía para los niños, que conocerán a la nieta de la dueña del coche, Jancey (Valeria Cotto), otra peque de su edad, que se añadirá a la pandilla y con la que Moonee hará buenas migas. Cuando la abuela de Jancey se queja del comportamiento de los niños, Bobby tendrá que llamar la atención a sus respectivos padres, en particular a Halley (Bria Vinaite), la madre de Moonee, que no parece tener un trabajo estable y se dedica a fumar y ver la televisión todo el día; cuando necesita dinero para pagar la habitación del motel trapichea vendiendo perfumes baratos (que ha comprado en un badulaque de chinos) a los turistas de los hoteles aledaños a Disney World.

Paulatinamente la película se centra en Halley y Moonee, y en la relación que mantienen con otros clientes del motel, como Ashley (Mela Murder), madre de Sccooty y camarera en una cafetería cercana (a menudo surte a los niños con comida sobrante del local, y de la que Moonee y su madre hacen buen uso) o el atribulado Bobby. Son muchos los clientes que viven “temporalmente” en el motel, pues la normativa no permite que se resida permanentemente en sus instalaciones. No es un hogar verdadero, pero Halley y Moonee lo sienten como tal, a pesar de todo, y acumulan sus escasas pertenencias en la habitación. Para una niña de seis años, eso parece ser suficiente, pues lo que quiere en ese verano es jugar y pasarlo bien, aun a costa de molestar a los clientes del motel.

Esta es una historia de personas que se han quedado a las puertas de lo que se supone que debe de ser una vida “normal”, con su trabajo “normal”, su hogar “normal” y sus maneras “normales” de pasar el rato; que los personajes de este filme vivan en un motel a las puertas de ese mundo de fantasía (y consumismo) que es Disney World no deja de ser una de las grandes ironías de este filme, del mismo modo que escuchar “Celebration” de Kool & The Gang en los créditos iniciales o el color tan kitsch de las paredes. Pero la música se corta en seco para mostrarnos la realidad que no acaba de esconderse del todo: el fracaso de una sociedad que no sabe qué hacer con los más desarraigados en su seno. El guion pone el foco en los más vulnerables, los niños, en este caso Moonee, que siempre parece a punto de acabar en manos de los servicios sociales; pero lo hace (o al menos lo intenta) desde un punto de vista amable, cómplice incluso.

No parece haber una única lectura sobre algunos personajes de esta película. Tomemos a Halley, por ejemplo, sobre ella hay mucho que decir. A lo largo del filme la cámara muestra (o insinúa), pero deja que nosotros, espectadores, seamos los que juzguemos. ¿Lo hacemos con Halley? ¿La culpamos a Halley por ser una madre tan inconsciente y que vive al día? Hay una primera mirada sobre esa joven que no se preocupa por encontrar un trabajo estable, que hace lo justo para pagar los 38 dólares que cuesta cada día la habitación y que se comporta con inmadurez y con una ausencia casi absoluta de responsabilidad. ¿O quizá sea que Halley personifica una manera de ser, una actitud social al margen de lo que se supone que una madre debe ser?

En muchos momentos de la película somos testigos de la irresponsabilidad de Halley, que comparte con su hija la inmadurez; pero Moonee es una niña, más allá de las travesuras que comete, y no deja de ser una persona en construcción y en proceso de educación. Halley, en cambio, es una adulta que se comporta con la inconsciencia de un niño, viviendo al día y sin preocuparse por el mañana; ni siquiera parece preocuparse por alimentar a Moonee, pues ya se encarga Ashley de suministrarles comida del bar. Visto desde otro ángulo, podríamos también llegar a la conclusión de que Halley encarna la subversión que hace frente a la mirada censora de quienes le rodean, de quienes prácticamente le dicen cómo debe criar a una niña; o, por qué no, también representa la libertad, la independencia, el idealismo en estado puro. Quédese el espectador con lo que le parezca.

El tráiler de la película insiste, con mensajes sobreimpresionados, en que se trata de “una cariñosa mirada a la inocencia de la infancia”, “destinada a ser recordada como uno de los grandes filmes sobre la infancia”, y destaca el “trabajo humanista” de su director y la “autenticidad” de lo que vemos o vamos a ver; pero al final queda el corrosivo retrato de la inmadurez personal y del fracaso de ser personas “normales”; en cierto modo, a Halley esto último se la trae al pairo, aunque acabe culpando más a la sociedad (y los organismos de asistencia social) que a sí misma. El filme sigue el día a día de una madre y su hija, y cómo se va deteriorando la relación que mantienen con quienes les rodean. Personas que, desde posturas diversas, sí anhelan y buscan su lugar en el seno de esa sociedad que no es generosa con quienes han decidido vivir en sus márgenes; a Halley eso le importa, o parece importarle, muy poco o nada, aunque sea a costa de arriesgar el bienestar de su hija, pero no parece que vaya a cambiar su visión del mundo, a pesar de las miradas de desaprobación.

No estamos ante una película (excesivamente) deprimente: el candor de los niños, su inocencia intrínseca a pesar de las travesuras, iluminan un filme que derrocha realismo en cada secuencia. Un filme con un mensaje de fondo que puede inducir al pesimismo pero que (con una cierta artificiosidad) no se resiste a dejar una secuencia final con dos niñas correteando entre los visitantes de ese “mundo mágico”, que se inventara Walt Disney, el artífice de la falsa ilusión. Puede que sólo sea el recurso algo facilón del final abierto en una película que, hasta entonces, ha destacado por advertir un mensaje entre líneas; un mensaje que los espectadores valorarán (posiblemente con el camino ya señalado por los guionistas). Quizá salgamos del cine pensando en no volver a ver esta película, incomodados ante una realidad que, por mucho que miremos a otro lado no se desvanece del todo. O, quién sabe, puede que tras contemplar cómo se abría la caja de Pandora y se dispersaban los males a los cuatro vientos lleguemos a la conclusión de que, en el fondo, siempre queda la esperanza.

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