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       Artículo de literatura

La subasta del lote 49, de Thomas Pynchon


Fco. Martínez Hidalgo   14/10/2010
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     El placer de la novela tiene una textura excepcional para cualquier lector porque en vez de entrar por los ojos, a través de las palabras, llega hasta la espina dorsal y el córtex a través de las imágenes, de las sensaciones.
Portada de La subasta del lote 49, de Thomas PynchonEn su colección Fábulas, Tusquets edita una de las grandes novelas de un escritor imprescindible: Thomas Pynchon (Nueva York, 1937). ‘La subasta del lote 49’ (disponible en FantasyTienda) es la segunda novela del escritor neoyorquino, y vio la luz en 1965.

Aunque, siendo rigurosos, más que enumerarla deberíamos encuadrarla dentro de una de sus etapas más productivas –junto con la actual- y, sin lugar a dudas, dentro de la más creativa. Una década dorada en la que, de su máquina de escribir, Pynchon fue capaz de arrancar su masterpiece ‘El arco iris de la gravedad’ (1973), su desconcertante novela debut ‘V’ (1963), y este sorprendente intermezzo cuya mayor linealidad y brevedad ha llevado a parte de la crítica a rebajar –de forma terriblemente ignorante e injusta- su gran calidad.

La lectura de cualquier novela de Pynchon es un reto. En primer lugar, por la densa documentación a la que le da acceso una vida vivida desde el sosiego, la tranquilidad conseguida con la extraña compatibilidad de un total anonimato y un abrumador éxito editorial. En segundo lugar, su personalísimo estilo desarrolla ideas a partir de imágenes sucesivas y sin aparente conexión entre sí, exigiendo del lector la máxima concentración en la asociación de imágenes y la reconstrucción de ideas –un código que alcanzó su máxima expresividad y complejidad en la premiada y polémica ‘El arco iris de la gravedad’. Y, finalmente, la tendencia de Pynchon a incardinar sus obras dentro del contexto sociohistórico dentro del que fueron escritas, introduciendo temas o tramas de reflexión contemporánea aún a pesar del contexto particular de la obra.

Somos muchos más los osados a los que, traspasando las ideas clásicas del lector lineal, el acceso a otras formas de experimentar la literatura, de utilizar la palabra, de transgredir con el uso del lenguaje como herramienta de experiencia y conocimiento –no sólo como mera expresión, nos fascina.

La subasta del lote 49’ es, ciertamente, la novela que menos dedicación le exige al lector de toda la obra pynchoniana. Ello no es óbice, con todo, para llegar hasta el osado atrevimiento de equiparar exigencia y calidad (¡qué irrisoria calidad tendría la literatura universal si así hiciésemos!). Y es que la maravilla que esconde esta novela está en la forma en que se convierte, poco a poco y de forma casi imperceptible, en un análisis amplio, exhaustivo y despiadado de la sociedad de su tiempo.

En la década de 1960, y sobre todo en su ecuador, la sociedad norteamericana despertaba de la inocencia: atrás quedaba el puritanismo papanatas del McCarthismo, y se entraba de lleno en la década del asesinato de los sueños (JFK, Robert Kennedy y el Dr. Martin Luther King); el sexo, las drogas y el Rock&Roll; la psicodelia y la psiquiatría creativa; la lucha social por los derechos civiles y la dignidad humana; las protestas pacifistas contra el conflicto de Vietnam… Una década convulsa que ya albergaba todos estos elementos en este momento. Y que Pynchon captura, encapsula y distribuye en concentradas dosis en las páginas de esta novela.

Thomas PynchonLa clave de lectura de ‘La subasta del lote 49’ no corresponde, en definitiva, a aquella tradicional a la que estamos tan acostumbrados. Las imágenes hay que interpretarlas en su contexto, usándolo como marco psicosocial comprehensivo.

La trama, protagonizada por Edipa Maas quién, a partir de su nombramiento como albacea de la fortuna del constructor y antiguo amante Pierce Inverarity inicia un camino de búsqueda relativo a su fortuna y los misterios asociados que le salen al paso, es, únicamente, una escusa para una idea mucho mayor.

Los numerosísimos juegos lingüísticos, desde acrósticos hasta usos absurdos, pasando por nombres inventados y palabras con las letras cambiadas, son mucho más que mensajes sin significado aparente: intentan transmitirnos el sentido del lenguaje en cuanto convención social con, al mismo tiempo, un inmenso poder para configurar nuestra visión de la realidad –considerando todo lo que no se ajusta a su código como carente de sentido, y una gran fragilidad en cuanto a lo sencillo que es travestir o revestir estas convenciones –por ejemplo, a través de la sencilla transgresión aplicada a la novela.

Y con el final abierto e interpretable se nos presenta una evaluación gráfica del tiempo que Pynchon disecciona en esta novela. Una época conflictiva, convulsa, de grandes cambios estructurales, y cuya evolución se presentaba a mediados de la década de 1960 totalmente incierta e imprecisa. De algún modo, podríamos considerarla algo así como un collage de elementos de su tiempo, que Pynchon disecciona con minuciosidad rigurosa, pero cuya sentencia final deja para otras obras posteriores –y aquí sería el momento idóneo para introducir la contundencia de ‘El arco iris de la gravedad’ como una pena de gran contundencia condenatoria.

El placer de ‘La subasta del lote 49’ tiene una textura excepcional para cualquier lector porque en vez de entrar por los ojos, a través de las palabras, llega hasta la espina dorsal y el córtex a través de las imágenes, de las sensaciones, del paradójico regusto por el orden dentro del caos. El lector pynchoniano es, estoy seguro que a pesar de la crítica, más numeroso de lo que se cuenta. Pues somos muchos más los osados a los que, traspasando las ideas clásicas del lector lineal, el acceso a otras formas de experimentar la literatura, de utilizar la palabra, de transgredir con el uso del lenguaje como herramienta de experiencia y conocimiento –no sólo como mera expresión, nos fascina.

Pynchon fascina y, sólo por eso, cualquier novela suya merece la pena.

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