Las casas son unos de los elementos principales dentro del imaginario del terror y suponen una enorme fuente de conflictos. ¿Cómo puede suceder algo horrendo en un lugar donde has sido feliz? La mente humana no es capaz de asimilar que un sitio que aportaba refugio y colmaba gran parte de las necesidades básicas se convierta en un infierno. Si algo nos demuestra el terror es esa transformación: lo seguro, lo familiar, puede ser la fuente del mayor desasosiego.
Ese es uno de los elementos que Daria Pietrzak pone en juego en “El morador”, su primera novela (anteriormente había publicado la colección de relatos “Cuentos extraños” con La biblioteca del Laberinto), publicada por Dilatando Mentes. Una excelente novela de terror con un interesante desarrollo de historias dentro de historias.

El argumento

Recorrer los senderos que conducen al pasado no siempre lleva a donde quisiéramos ir. Cuando Lis regresa a la granja familiar tras una prolongada ausencia para dar un último adiós a su abuela no estaba preparada para enfrentar el aterrador secreto que había permanecido encerrado entre sus cuatro paredes durante todos aquellos años. A medida que se sumerge entre los recuerdos de su infancia en busca de respuestas comienza a comprender que su vida, y la de su abuela antes que ella, ha estado marcada desde el principio por una sombra, una presencia constante, desconocida y perversa, surgida de la oscuridad de primitivas leyendas y mitos. Un ente que reclama su cuerpo y no la dejará marchar.

Lis tendrá que resistir para no sucumbir ante el influjo de un ser que tratará de devorar su carne y poseer su mente, y luchar para conservar la cordura mientras se precipita de lleno en un mundo de dolor, perversión y rencor.

Esto es una historia de brujas antiguas y nuevas, de maldiciones que viajan a través del tiempo, pasando de una generación a la siguiente como una cruel herencia, y de seres demoníacos, más ancianos que el mundo que habitan, que moran entre nosotros como un huésped indeseado, infectando nuestras almas y corrompiendo nuestras vidas.

“El morador” resulta cautivadora desde su inicio. Un arranque luminoso, bucólico, narrando la infancia de Lis junto a su hermano, dos cachorros de perro y sus abuelos en una casa de campo rodeada de dientes de león. Hablaremos de la estructura más adelante pero el primer capítulo sirve de envoltorio, como un papel de regalo, para el resto de la novela. En él ya encontramos rastros de lo que está por venir pero desde un punto de vista más amable, pequeñas y discordantes motas oscuras dentro de una cálida fotografía.
Una vez quitado el celofán, lo que queda es una maldad que va creciendo a la par que vamos profundizando en la(s) historia(s).

Estructura y narración: doble éxito.

La estructura es uno de los puntos fuertes de “El morador”. Una interesante espiral en la que la historia de Lis es un punto inicial (o final). 10 capítulos que ayudan a ir descendiendo por los infiernos, con la guía de un mismo hilo conductor. A veces parece ser una recopilación de historias cortas con unas bases comunes pero, al completar la lectura, se comprende el conjunto y su esencia de novela. Una novela matrioska, como bien dice Santiago Gª Soláns en el acertadísimo postfacio que cierra el libro; un brillante ejercicio que se asemeja a la acción de utilizar un microscopio para mirar una muestra e ir cambiando las lentes: cada vez más cerca, con mayor número de detalles, próximos al mal que se esconde en el centro de la historia.

Todas las historias que contiene “El morador”, que son varias pero una misma, tienen un interés propio y creciente pero si que puede jugar un poco en su contra la continua revisión de elementos conocidos en una narración que avanza, a ratos, hacia atrás en el tiempo. Nada grave, ya que siempre aparecen nuevos detalles, puertas abiertas a nuevas interpretaciones pero puede dar la sensación de ir pisando nuestras propias huellas en el sendero de la historia.

La cantidad de aciertos que atesora “El morador” en su ajustada duración la convierten, con total seguridad en uno de los títulos que más voy a recomendar durante el año. La intrigante estructura, la atmosférica narración, folklore y terror, una galería de personajes rica y completa, un explosivo final, algunos cabos sueltos juguetones… forma y fondo se dan la mano para dar como resultado a una excelente novela de terror.

Si la estructura es uno de los aspectos brillantes de “El morador”, el trabajo narrativo de Daria Pietrzak tampoco se queda atrás. Una narración firme, constante, preocupada por rellenar de detalles y enriquecer cada atmósfera, cada pequeño detalle. Una manera de escribir, alejada del minimalismo imperante, que va llenando de mazazos la estructura de realidad que rodea al conjunto en su punto inicial hasta dejar al aire los tenebrosos cimientos que esconde su historia según nos acercamos al desenlace.

Y es así, en su último tercio, donde “El morador” revela su verdadera cara, dejando al aire las raíces de la historia. Unas raíces que nos llevan al folklore de Europa del este, mezclando su terror de casa maldita, de maldiciones familiares, con una vertiente del folk horror, añadiendo matices muy interesantes a algún personaje clásico de la cultura popular que prefiero no desvelar.

Y un gran final, cerrado pero lleno de interesantes incógnitas, que hace que la lectura adquiera un satisfactorio punto final, sobrepasando cualquier expectativa.
“El morador” conecta con algunos de las vertientes del cine de terror de las últimas décadas. Una permeabilidad de ideas que, además de las citadas en la excelente edición de Dilatando Mentes, “Al final de la escalera” (Peter Medak, 1980) o “El ente” (Sidney J. Furie, 1982), nos acerca al universo de Amityville y sus múltiples secuelas o la novela de Jay Anson que recoge los mismos sucesos (“Aquí vive el horror”, 1977) o a Adam Neville y su “The ritual” (2017).

En definitiva.

“El morador” es, ante todo, una excelente novela de terror, capaz de combinar clasicismo y actualidad con un acierto envidiable. Hay hueco para una cantidad importante de detalles en las apenas 300 páginas de novela, creando un rico universo propio. Una vasta galería de horrores, entre maldiciones familiares y extrañas figuras detrás de los cristales, por los frondosos bosques de un pequeño pueblo que bien podría estar situado en cualquier parte del mundo.

La serie de personajes que Daria Pietrzak presenta resultan cercanos y creíbles, en especial la presencia femenina. Lis, Clara, Silvia y Marta: cuatro mujeres de épocas distintas, sociedades distintas, pero receptoras de un mismo poder y de una maldición similar. Resulta muy interesante comprobar la contraposición de los personajes masculinos y femeninos en términos casi absolutos: luz y oscuridad, confianza e infidelidad, sacrificio y egoísmo.

La cantidad de aciertos que atesora “El morador” en su ajustada duración la convierten, con total seguridad en uno de los títulos que más voy a recomendar durante el año. La intrigante estructura, la atmosférica narración, folklore y terror, una galería de personajes rica y completa, un explosivo final, algunos cabos sueltos juguetones… forma y fondo se dan la mano para dar como resultado a una excelente novela de terror.
La confirmación de Daria Pietrzak como una interesantísima nueva voz también es otro triunfo del afinado ojo de la gente de Dilatando Mentes.
Los fans de lo extraño seguimos de enhorabuena.
Que dure la racha.

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