La duramadre es la meninge más externa, la primera barrera de defensa de nuestro cerebro después de calar el hueso del cráneo.
Un terreno fronterizo, delicado, que marca el límite entre el exterior y el interior, entre la atmósfera y una de las partes más preciadas del interior de nuestro organismo.
Y ahí, por esos mismos límites, entre el terror y la novela negra, transita «Duramadre» de Víctor Sellés, editada por Obscura.
Una novela mestiza, en un terreno que discurre por las difusas fronteras de la realidad y el sueño.

Cuando el cáncer pone a su abuelo contra las cuerdas, Lorena viaja desde Sevilla a Madrid para cuidarlo. Ambos lidian con la culpa por la desaparición de Daniel, el hermano menor de Lorena. La chica intentará reinventarlo mediante sueños lúcidos y hará lo imposible para encontrarse con él en el mundo onírico y mantenerlo así con vida.

Por su parte, el anciano carga con un pasado que destruyó a su familia para siempre, un peso que tratará de redimir dando caza al responsable de la ola de asesinatos que asola la ciudad.

Lorena es creativa, joven y sin un lugar definido en ningún sitio. Su abuelo (el Viejo) está enfermo de cáncer en Madrid y ella viaja desde Sevilla para cuidarlo y de paso, encontrar su lugar en el mundo.
El Viejo carga con muchos años, muchos remordimientos y muchos secretos a sus espaldas. Solo quiere morirse en paz y no tener que preocuparse por una nieta que no entiende y que llega para cuidarle y recordarle que su hija no se habla con él.
El Diablo disfruta del verano, rodeado de sus amigas, del asfixiante calor de una Madrid infernal.
¿Y Daniel? Daniel vive en los sueños de Lorena y juntos juegan con dinosaurios. Porque Daniel, el real, desapareció hace unos cuantos años.

Híbrida y mutante

«Duramadre» es una propuesta intrigante. Ya desde sus primeros capítulos te queda claro que no estás frente a una novela común. Un arranque que mezcla el crimen con elementos costumbristas, cultura pop y ciencia en el borde mismo de la ciencia. Esa va a ser la tónica general durante las 280 páginas, una coexistencia equilibrada de elementos tan dispares como complementarios.
Esa cualidad hace de «Duramadre» una novela impredecible, cambiante, híbrida y mutante.
Y oscura, retorcida y concienzudamente confusa, en un juego entre realidad y sueño, entre perdón y venganza, entre seguir adelante o tirar la toalla y dejarse llevar en (por) la vida.

Las personas no tienen por qué tener apariencia de monstruos para comportarse como tales. La realidad no necesita símbolos.

Víctor Sellés planifica el escenario con mucho cuidado. Si los primeros capítulos dejan un vistazo general de situaciones y personajes, los siguientes van ahondando en determinados temas, añadiendo ideas al conjunto y tocando temas que, a primera vista, parecen que no tienen mucho que ver con el relato… pero nada más alejado de la realidad.
Los capítulos son cortos pero intensos, centrados en distintos personajes y en su relación con un hilo argumental central que se va construyendo poco a poco.

Realidad, sueño e ideas.

«Duramadre» no tarda en colocarnos ante la difícil situación de no ser capaces de diferenciar realidad y sueño, al igual que no va a ser fácil distinguir los límites entre los géneros de los que hace uso la novela. La narrativa de Sellés confecciona una atmósfera idónea, a ratos dura, realista y otras veces onírica, con tintes de pesadilla. Una dualidad que termina por entremezclarse, rompiendo sus límites.
La novela tiene un ritmo constante que hace que sea muy difícil separarse de ella. Los eventos, las referencias y las ideas van construyendo una historia llena de conexiones, sin prisa pero sin pausa.

«Duramadre», además de transcurrir entre el drama, la novela negra y el terror, hace uso de una serie de ideas y relaciones muy interesantes. La arquitectura del cerebro y del cráneo ya aparecen desde la magnífica ilustración de la portada pero alcanza unos límites insospechados.
El mundo de los sueños es otra de las partes de interés. Un mundo onírico, una vía de salvación para alguno de los personajes, que deriva entre sueños lúcidos y su intento de control, los constructos de la mente y fenómenos como los tulpas.

El mundo de la ficción y la cultura también tienen su importancia en «Duramadre». El manga y el anime es una de las válvulas de escape de Lorena, mientras que el Diablo se divierte con los fallos de la ficción buscando los micrófonos que aparecen en «Friends». Dos maneras de acercarse a la importancia de la cultura en la mente, individual y colectiva, retratado de forma magistral a través del comportamiento de dos personajes.
La cultura popular tradicional también tiene su hueco, ya sea con las historias que recuerda el Viejo o con el poder de esas creencias e historias para crear magia en tu cerebro, para construir catedrales en tu mente. Otra clara contraposición a la manera en la que el Diablo usa la ficción.

«Duramadre» es una novela híbrida, fronteriza y capaz de brillar en todas sus partes. Un relato que siempre aporta nuevas ideas y no se estanca, apoyado en una duración exacta, precisa.

El marco de «Duramadre» es una ciudad como Madrid inmersa en un verano agobiante, abrasador. Una ciudad que palpita oscuridad y sudor, donde chicas jóvenes desaparecen sin dejar rastro y parece no importarle a casi nadie. Una relato que nos acerca a partes muy próximas de nuestra historia negra, un caso Alcasser mezclado con el Summer of Sam norteamericano. Sellés, en la parte más negra del relato, consigue aunar atmósfera y crimen, saliendo victorioso de un trabajo nada sencillo.

En definitiva.

Las resonancias que me ha dejado «Duramadre» no son de las que se olvida fácilmente. El no poder distinguir realidad y sueño, la búsqueda de redención y venganza de algunos personajes y el poder de la mente frente al olvido. La novela, además, introduce algunos temas de ciencia fronteriza como los sueños lúcidos o los tulpa, que conectan con títulos de los últimos tiempos como «Detrás de sus ojos» de Sarah Pinborough (editada en castellano por Runas y con adaptación a cargo de Netflix) o la reciente película, casi ya de culto, «The empty man» (David Prior, 2020).

Como decía anteriormente, «Duramadre» es una novela híbrida, fronteriza y es capaz de brillar en todas sus partes. Un relato que siempre aporta nuevas ideas y no se estanca, apoyado en una duración exacta, precisa. El juego que establece entre realidad y sueño favorece la duda, con lo que nunca estarás seguro de qué estás leyendo. Aunque seas capaz de leer las matrículas de los coches con nitidez.

«Duramadre» también ha sido mi primer contacto con Obscura, su editorial. Tapa blanda con solapas, buen papel, un muy buen tamaño de fuente y una impresionante portada a cargo de David Rendo.
Además de, por supuesto, el riesgo de publicar una novela así.
Cosas que se agradecen, sin duda.

LJ Zapico
Criatura de la noche. Redactor en Fantasymundo.com

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