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       Artículo de literatura

Calle de los ladrones, de Mathias Énard


Natalia Calvo   02/05/2013
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     Recomendar leerla es una redundancia. Debería ser obligatoria su lectura para cualquier persona con inquietudes.
Portada de Calle de los ladrones, de Mathias ÉnardHay libros que te llegan al alma, otros que sirven para llevar al parque, a la playa, al tren, algunos que pasan sin pena ni gloria por los mercados, por los lectores; otros que se quedan guardados en los cajones y algunos sobrevalorados a los que la gente, en el metro, sabedores de su poca valía real, tapan las portadas con papel de periódico. “Calle de los ladrones” (Mondadori, disponible en FantasyTienda) es más que cualquiera de esas descripciones, es una obra maestra en todos los sentidos.

Mathias Énard es uno de esos tipos con pinta de bohemios que no salen en las carátulas de sus obras. Igual es mejor imaginárselo como su personaje Lajdar, aunque el periodista, escritor y traductor, viajero y habitante de Oriente Medio, Francia y Barcelona, no tenga nada que ver, aparentemente con el tangerino. Es el autor de “Manual del perfecto terrorista”, “Zona” y “Remontando el Orinoco”, además de otras obras, para los que andamos despistados. Sus tres últimos libros han sido publicados en España por Mondadori, todo un acierto.

La Calle de los Ladrones (Robadors) está en uno de esos barrios babilónicos de Barcelona donde se dan cita pequeños ladronzuelos, prostitutas hastiadas de la vida, musulmanes en los rezos diarios y barceloneses que siempre estuvieron allí. Pero antes de que Lajdar, nuestro entrañable, asustado e inocente protagonista recale en la Ciudad Condal, deberá llevar a cabo un viaje físico y psicológico que le haga madurar estrepitosamente y sin terciopelo para la caída.

La novela se convierte en un relato educativo sobre las penurias de los jóvenes norteafricanos que confiaron en la Revolución Árabe y sus principios antes de ser traicionados vilmente, de nuevo, por los fanatismos religiosos.

Sin querer desvelar más de la trama, porque cada línea, cada palabra y cada tipografía son una bella creación de Énard que te transporta cruelmente a otros mundos que no están lejos, sino que, simplemente, ignoramos bajando las persianas de la Historia o contemplando telediarios donde no aparecen; el viaje de Lajdar es el de todos. Y no ya el coger un barco, un avión, la bicicleta o el coche para moverse a otro lugar, sino el crecer, el darse cuenta de que la vida no es tan fácil ni, en algunos lugares, quiere pusilánimes.

Calle de los ladrones” es un canto, además, a la literatura. Sin mayúsculas porque el autor nos transporta bajo las novelas de mercadillo, una suerte de Corín Tellado detectivesco que ayuda a Lajdar a soportar los designios de la malograda Primavera Árabe en Marruecos; unas novelas sangrientas, elegantes, que lo llevan a soñar con Marsella y esa vida mejor que, lo sabe, es mentira o hace mucho tiempo que dejó de existir.

Y es que mientras el protagonista se empeña en hacer planes de futuro, su amigo Basam o el jeque Nuredine lo retrotraen a la realidad, al fanatismo, al malentendimiento de la vida, de la revolución o de los ideales. Y él, resistente como es a abandonar su propio pasado, a Meryem, la prima que murió por su culpa, a los golpes de su padre cuando los encontró desnudos (¡válgame el cielo!) y a su vagar por gasolineras durante dos largos años; cada tortazo, cada empujón violento que le acomete, se convierte en un intento de resistencia, de aferrarse a los sueños escritos en papel de baja calidad y en ser el detective cuando no es más que la víctima de esta sociedad cristalizada bajo los poderes que nos quieren inmersos en su yugo.

Mathias Enard

Calle de los ladrones” es el mejor libro que he leído en mucho tiempo. No sólo te engancha (en el sentido que tanto jode a algunos críticos) a la vida de Lajdar, no tan distinta a muchas que podemos conocer en cada esquina, sino que se convierte en un relato educativo sobre las penurias de los jóvenes norteafricanos que confiaron en la Revolución Árabe y sus principios antes de ser traicionados vilmente, de nuevo, por los fanatismos religiosos.

Recomendar leerla es una redundancia. Debería ser obligatoria su lectura para cualquier persona con inquietudes.

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