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       Artículo de literatura

Cánticos de la lejana Tierra, de Arthur C. Clarke


Fco. Martínez Hidalgo   21/06/2011
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     Los límites de la vida en este planeta son inexorables. El viaje es inevitable si queremos seguir viviendo.
Portada de Cánticos de la lejana Tierra, de Arthur C. ClarkeCuando leemos el título original de ‘Songs of distant earth’ (1986) sabemos que, detrás de este libro, hay mucha inspiración. No sólo la que le sirvió a Mike Oldfield para componer un hermosísimo disco de homónimo título (Warner Records, 1994), sino también la que destiló Arthur C. Clarke (1917-2008) en las varias versiones anteriores de esta novela (desde 1957 hasta 1985, transformando su formato desde el cuento al guión cinematográfico), hasta llegar a dar como resultado una de las obras más hermosas, inspiradoras y diferentes de toda su extensísima producción literaria.

Para valorarla en su justa medida, aunque agradecemos enormemente la aportación de documentación paratextual que nos acerca la edición de Alamut, lo mejor quizás sea obviar su contexto de recepción. Dejar a un lado los debates sobre la existencia de vida extraterrestre que arreciaban por aquel entonces, la relevante posición y contribución de Clarke, y cómo ‘Cánticos de la lejana tierra’ (Alamut, 2011, disponible en FantasyTienda) intentó centrar aquella discusión en un nuevo eje de debate: no se trataba de encontrar nuevas formas de vida extraplanetaria, sino de llegar alguna vez a ser fuente de vida en otros planetas.

Arthur C. Clarke exhibe en ‘Cánticos de la lejana tierra’ (Alamut, 2011) una creatividad poderosa, un profundo conocimiento literario pero, sobre todo, un inmenso amor a la humanidad.

Clarke conecta esta obra con la ‘Fundación’ de Asimov en cuanto, si Asimov daba por supuesta la existencia de todo un proceso de expansión y colonización más allá de la tierra, Clarke reflexionaba sobre los posibles problemas y vicisitudes con las que tal proceso expansivo podría llegar a encontrarse. Demostrando, con razones creativas de gran magnitud, porqué ambos contribuyeron de forma valiosa a hacer de la SciFi el género de masas que llegó a ser.

En ‘Cánticos de la lejana tierra’ (Alamut, 2011) la expedición Magallanes, últimos testigos de la destrucción de todo el Sistema Solar, afronta la misión de llevar la vida a otros planetas. A través de un motor cuántico y un sofisticado método de hibernación, emprenden el viaje hacia otras estrellas, intentando superar el hándicap de las inmensas distancias; insalvables mientras exista un límite rígido en la imposibilidad de superar la velocidad de la luz.

Inesperadamente, en su camino se cruza la civilización de Thalassa, ignorado producto de una sonda enviada en su día por la Tierra como intento desorganizado por sembrar la vida. Esta civilización representa casi un ideal de convivencia, de vida en sociedad, de respeto por la existencia propia y por la de los demás, de racionalidad desprovista de misticismo y sí entregada al humanismo. En cierta forma, responde al ideal exhibido también por Clarke en ‘Las fuentes del paraíso’ (Alamut, 2010), de una sociedad racional y razonable.

En este momento es cuando ‘Cánticos de la lejana tierra’ (Alamut, 2011) conecta con el episodio de la ‘Odisea’ de Homero, donde Ulises no debía dejarse entretener, para garantizar el éxito de su misión, por los cánticos de las sirenas. Exactamente con la misma función textual, el ideal paradisíaco de Thalassa representa la fuerza de lo conocido ante la lejanía de lo desconocido. La humanidad deberá exhibir, en este punto, la mayor fuerza de su compromiso con la misión y su meta, ante la gran tentación de bienestar y de fin del sacrificio que supone continuar con el todavía largo viaje que le queda por delante a la Magallanes.

Arthur C. Clarke

La novela también conecta con otro tema clásico de la literatura, tanto como de la historiografía o la antropología: el choque cultural y sus consecuencias. La historia de amor entre Lorenson (Magallanes) y Mirissa (Thalassa), o el descubrimiento de nuevas razas inteligentes en el planeta, constituyen dos niveles diferentes (extra e intraplanetario) del mismo problema: cómo afrontar la convivencia entre esquemas de valores y forma de vida tan incompatibles como inesperados. En este caso, serán los Thalassianos quiénes estarán en el centro de ambos problemas, pues habitan y dominan el planeta y, por ello, también la definición de la realidad social y políticamente relevante.

Visto desde una perspectiva meramente funcional, Thalassa es un trasunto de nuestro planeta y nuestra humanidad. Toda la novela centra su argumento y tramas alrededor de las dos fuerzas atractivas contra las que luchamos en el cumplir nuestra misión de expandirnos a otros mundos: la destrucción ecológica de nuestro planeta y la represión de las ansias exploradoras a lo desconocido. Peligroso cóctel que, exitoso ante una alarma inesperada e inminente como la que provocó el fin de la Tierra, supone también una muerte segura. Advertencia que es el eje central sobre el que pivota la novela.

Por esto mismo, ‘Cánticos de la lejana tierra’ (Alamut, 2011) representa una rara avis en la producción clarkiana. En contra de la tendencia mayoritaria a convertir sus obras de ficción en el desarrollo ético de sus ideas sobre la relación entre Ciencia y humanidad, aquí se adopta una perspectiva mucho más sociológica y psicológica. Acercándose al tratado con el que poder estudiar las amenazas que se ciernen sobre nuestras posibilidades de supervivencia.

Arthur C. Clarke exhibe en ‘Cánticos de la lejana tierra’ (Alamut, 2011) una creatividad poderosa, un profundo conocimiento literario pero, sobre todo, un inmenso amor a la humanidad y una gran esperanza invertida en su porvenir. Ante tentaciones de fuerza inusitada, algunas conocidas y concretas, otras sibilinamente ocultas en nuestro interior, debemos ser conscientes de la inexorabilidad de los límites de la vida en este planeta y, contra comodidades y supersticiones, transcendernos como especie. El viaje es inevitable si queremos seguir viviendo. Únicamente tendremos éxito, y será posible, si hacemos oídos sordos a los cánticos de nuestra tan cercana tierra.

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