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       Artículo de literatura

El mundo de Rocannon, de Ursula K. Le Guin


Joaquín Torán   11/12/2008
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     Ursula K. Le Guin da toda una lección de cómo contar una historia sin necesidad de inflarla con morralla, como hacen muchos otros menos capacitados que ella.
Portada de El mundo de Rocannon, de Ursula K. Le GuinMuchas de las razones (quirúrgica precisión estilística, pasión antropológica, afán por conocer) que elevan a Ursula K. Le Guin a la categoría de clásico se encuentran, de manera embrionaria, en "El mundo de Rocannon" (Edhasa), su primera novela. Considerando que no es uno de sus mejores libros, pues carece de la profundidad en la que tan bien se desenvuelve, entenderemos fácilmente por qué la estadounidense se ha establecido en los altares de la Fantasía desde sus mismos orígenes.

Encuadrada dentro de la saga de Ekumen (o ciclo Haishin) como su primer episodio (los otros dos son "Planeta de exilio" y "La ciudad de las ilusiones"), se lee con la atención, admiración y gozo con lo que acostumbra leerse cualquier otro libro de Ursula K. Le Guin

"El mundo de Rocannon" tiene un encanto y una fuerza particular que emanan de la preciosa prosa de una autora siempre obsesionada por la concisión (una concisión que alcanzará su máxima expresión en esa concepción de la magia de "Terramar" debida al justo conocimiento de las cosas por sus nombres) y de una imaginación desaforada, privilegiada y hasta cierto punto envidiable.

Es precisamente esta capacidad para inventar mundos de ficción la que transforma el archimanido tema del viaje iniciático en algo novedoso y sorprendente. Toda la novela es la historia de una ida y una vuelta en la que su protagonista, Gaverel Rocannon, el típico personaje henchido de prudencia, experiencia y cultura que tan grato es a Le Guin, acaba transformado. En estos casos, y "El mundo de Rocannon" no es la excepción, el motivo del viaje – una venganza contra un ejército clandestino responsable de una masacre arbitraria de científicos- queda siempre relegado a un segundo plano respecto de la tribulación, de la psicología del héroe que tiene que caer inexorablemente para luego resurgir.

Lo que sucede esta vez es que al tópico se le aportan interesantes pinceladas que enriquecen el envoltorio. Por ejemplo, se ilustra una lucha entre el progreso y la tradición en la combinación entre Fantasía y Ciencia Ficción; se describen ecosistemas y civilizaciones con la seriedad y competencia del estudioso, dotando al planeta Fomalhaut II, escenario del libro, de una vitalidad verosímil; se narran pasajes maravillosos y se retrata a personajes atractivos, escorzos de futuras creaciones más conseguidas dentro de la bibliografía de su creadora, que resuenan como ecos en muchas obras posteriores dentro de la Fantasía, no necesariamente literaria (véase al respecto, sin ir más lejos, "Cristal Oscuro" de Jim Henson).

Además, quien decida atisbar el florido y tormentoso mundo de Rocannon se deleitará con los primeros pasos balbuceantes del ansible, uno de esos inventos que revolucionan un género por su carácter anticipatorio y su solidez como concepto. El ansible, que luego gozará de carta de naturaleza en "Los desposeídos", novela a la que además deberá su nombre, es la herramienta que permite transmitir de manera instantánea un mensaje desde un extremo a otro de la galaxia, obviando la “deuda temporal” (magnífica teoría postulada, de manera posibilista, en los estupendos "Cantos de Hyperion" de Dan Simmons). El ansible será una constante en la obra de muchos autores posteriores –e inferiores- a Le Guin, tales como Elizabeth Moon u Orson Scott Card. Aunque, como suele pasar, en sus bibliografías sólo sea posible rastrear un pálido fantasma de una idea.

"El mundo de Rocannon" es, por lo tanto, una buena novela, a la que le queda un pequeño paso para ser obra maestra. Encuadrada dentro de la saga de Ekumen (o ciclo Haishin) como su primer episodio (los otros dos son "Planeta de exilio" y "La ciudad de las ilusiones"), se lee con la atención, admiración y gozo con lo que acostumbra leerse cualquier otro libro de Ursula K. Le Guin.

Una cosa más: en sus apenas 180 páginas, la autora da toda una lección de cómo contar una historia sin necesidad de inflarla con morralla, como hacen muchos otros menos capacitados que ella. En el descenso a los infiernos que ofrece al lector escribirá algunas páginas dignas de pasar a la posteridad. Por si alguien duda de esta afirmación, quizás esté interesado en saber que las cinco dedicadas a la civilización vampírica que frena el avance de Rocannon y sus amigos habrían enorgullecido al Lovecraft de En las montañas de la locura.

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