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La Balada del Mar Salado


Carlos Caranci   20/02/2008
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     El inmenso océano Pacífico es testigo de una aventura llena de piratas, indígenas, soldados y una guerra en ciernes, en la obra en la que Hugo Pratt nos dio a conocer a Corto Maltés.
La Balada del Mar SaladoEl Océano habla, e introduce esta historia con imponentes palabras de tono épico aunque tímidamente ingenuas, demostrando las intenciones del cómic: elaborar una historia clásica de aventuras con todos los ingredientes del género, ya se trate de largos viajes cuajados de peligros, amores imposibles, violencia en su justa medida y final parcialmente feliz. Pratt pergeñó un relato para adultos en el que la acción se desarrollara a lo largo de agudos diálogos en vez de apostar por la espectacularidad de la escenificación, pero para aquellos adultos que, como él, añoraban vicisitudes literarias de corte romántico, escenarios exóticos, secuencias embriagadoras que no eran más que retazos de recuerdos y ensoñaciones medioburguesas de escritores como Verne, Stevenson o Salgari, con quienes Hugo Pratt (Rimini 1927-Pully 1995) creció leyendo en su juventud.

La balada del mar salado apareció por vez primera en 1967 impulsada por Fiorenzo Ivaldi, promotor inmobiliario cautivado por la obra de Pratt, en el número 1 de la revista italiana Sgt. Kirk, título que provenía de una serie anterior del dibujante. Y pese a que las diferencias entre sus fundadores forzaron su desaparición prematura en 1969, para aquel entonces el personaje de Corto Maltés había adquirido suficiente fama como para justificar una colección abundante en títulos que se prolongaría hasta inicios de los ’90.

Con anterioridad Hugo Pratt había ya perfilado su estilo de historietista de la mano de Héctor Germán Oesterheld, gurú del cómic argentino y uno de los padres del Eternauta, con quien realizó la ya mencionada Sargento Kirk (1953-1959), Ticonderoga y Ernie Pike (ambas de 1957), abandonando sus primeras influencias del grafismo estadounidense y apostando por un estilo más expresionista, libre en el trazo, escorzos más rígidos y estáticos y un contundente blanco y negro.

Como Mastroianni para Fellini (paisano y gran amigo de Pratt), Corto es el alter ego de acción del creador intelectual, actor a través del cual protagonizar aquellas aventuras que requieren el preciso desgaste físico para salir indemne.

En La balada… Corto Maltés hace su primera aparición crucificado como San Andrés a una chalupa lanzada a la deriva La Balada del Mar Saladopor la tripulación amotinada. Como una anécdota más, así lo encuentra el catamarán de Rasputín, viejo amigo del maltés, quien transporta a Caín y Pandora Groovesnore, sucesores de una importante familia de industriales coloniales de los mares del sur por quienes se espera recaudar un suculento rescate. Rasputín y Corto toman rumbo de la isla “La Escondida”, guarida del pirata conocido como “El Monje”, para quien éstos trabajan vendiendo a los alemanes cargamentos de carbón robado a los aliados. Estamos en 1912 y el inicio de la Gran Guerra es ya inminente. Poco a poco la trama urdida por Hugo Pratt nos irá dando las claves de esta historia, las complejas relaciones existentes entre los personajes, las identidades y la suerte de cada uno de ellos en un alarde de eficaz composición argumental y síntesis narrativa.

Los personajes, siempre carismáticos en Pratt, son el motor de la historia, ellos desencadenan las acciones y activan a su vez a otros personajes. “El Monje” atrae la atención del lector desde el comienzo, ya sea por la siempre útil estrategia de ocultar su rostro bajo una capucha, ya sea por sus impredecibles cambios de humor y sus pobres alardes de líder maniático; Caín y Pandora son sugestivos, el primero por su orgullo británico y el odio que entraña contra Corto, la segunda por el amor adolescente que profesa por el mismo; Slutter, fiel funcionario al servicio de Alemania, a quien vemos precipitarse hacia la ruina a lo largo de las páginas, es otro más de los individuos que, cada uno en su justa medida, resultan más o menos efectivos, pero sin duda quien despunta sobre todos ellos es el demente ruso de negra barba Rasputín.

La Balada del Mar Salado Rasputín ha sido visto muchas veces como la plasmación figurada de la faceta visceral, irracional e impetuosa de Corto Maltés; en efecto son polos opuestos, ambos personajes encarnan un canon que resulta complementario para con el otro, apenas con matices, y donde el uno es agresivo, el otro es pausado, donde existe la cobardía, se le opone el valor, a la pasión dominadora le hace frente un carácter frío que teme comprometerse, feo y bello, mesiánico y ácrata. La amistad que profesa Rasputín hacia Corto es ciega, énfasis torrencial e incluso, por qué no, amor. Aquí la crítica, antes que una admiración afectiva homosexual, ha preferido ver dos mitades de un mismo ego.

Sin embargo, mientras que Rasputín es aprovechado hasta la caricatura por Pratt, con Corto no sucede lo mismo, y sus juegos de palabras, sus insolentes bromas y su tesón perspicaz, combinados con un porte firme y cínico no progresan a lo largo de los álbumes posteriores; son sólo los rasgos de un personaje estereotipado: el habitual héroe de sangre fría y perseverante ironía, galán esquivo, independiente, de feas maneras aunque honrada moral. Y pese a que hay una escena en este primer número de sus aventuras en el que sí se comporta como un brutal marinero e intimida a Pandora con un simulacro de agresión sexual, único desliz de este personaje hacia lo sórdido en toda su carrera, su comparación con el resto de caracteres no resiste y se descubre como el menos original y complejo de todos, sin el magnetismo enigmático de Cush (En el nombre de Alá compasivo y misericordioso, 1972), la abyecta sensualidad de Boca Dorada (El secreto de Tristán Bantám, 1970) o la siempre atrayente primaria violencia de su colega barbudo.

Corto Maltés es, en realidad, un no-protagonista, o aquel personaje cuya participación en los acontecimientos es sutil o casi nula. Los hechos que encuadran las ficciones de Pratt son reales, ocurrieron y han sido profundamente documentados; incluso de vez en cuando aparecerán nombres que existieron, como Hemingway, Onassis, London o Manfred von Richtoffen. Estos factores históricos se relacionarán fugaz y tangencialmente con los fabulados, hábil estrategia del autor, para otorgar verosimilitud sin modificar los hechos y La Balada del Mar Saladoel curso ya escrito de la Historia.
Y dado que esta es la voluntad de Pratt, Corto debe ser un mero observador, un protagonista secundario cuyas acciones no afecten a lo sucedido originalmente. Por ello él siempre busca tesoros, enclaves mágicos, tierras míticas o piezas en el rompecabezas de las ciencias y sociedades ocultas.

Por ello Corto a menudo se mantiene alejado de la acción y, o bien no aparece en escena (La juventud, 1981 o Bajo la bandera del oro, 1971) o sueña (delirios, visiones, intoxicaciones por droga), recurso muy popular en la obra del italiano, con el que es capaz de completar números completos de la serie o incluso tomos más extensos (Mu, 1991).

En una ocasión Pratt definió a su criatura como un conglomerado de todas aquellas personas que había conocido a lo largo de sus numerosos viajes (Italia, Etiopía, Argentina, Inglaterra…), durante los cuales, por cierto, sembró el mundo con vástagos de muy diversa índole. Queriendo unificar en un único producto la variedad de los hijos reales que tan lejanos quedaron en la geografía, Corto Maltés es un sujeto deliberadamente difuso, sin ubicación definible –es capaz de encontrarse de un episodio a otro en lugares diametralmente opuestos en el mapa- ni orígenes concretos salvo la historia, que se presenta como un mito, de que vio la luz en La Valetta y es hijo de un navegante británico y de “La Niña de Gibraltar”, gitana andaluza practicante de las artes mágicas. Cuando le leyeron la La Balada del Mar Saladomano siendo un crío y descubrieron que faltaba la línea de la fortuna, él mismo se la dibujó con una cuchilla de afeitar. Esta parábola le define como aquel que no tiene futuro, o mejor, que posee un futuro artificial, es decir el personaje de ficción por antonomasia, sujeto a los caprichos del escritor porque de forma natural no posee identidad. Como el asesino de Süskind, que carecía de olor y por ello no existía, Corto Maltés se ubica en el umbral entre lo históricamente real y lo ficticio, entre lo tangible y racionalmente documentado y lo fantástico, oscuro y onírico.

En La balada… no hay sueños pero hay escenas delatoras de una realidad fantástica. Por ejemplo aquella en la que el jeep de Corto y Pandora sufre un ataque de francotirador que da lugar a una serie de aventuras, incluyendo una rocambolesca lucha contra animales marinos, chocante contraste con el tono creíble del resto de la historia. No es un sueño pero demuestra que Pratt actúa adrede en lo referente al maltés y con él incluye a un personaje de fábula, insólito, como Tremal-Naik o Gordon Pym, en un escenario real.

Nostálgico de épocas y lugares (físicos y ontológicos) lejanos, Pratt se mueve como un europeo en Oriente y sus álbumes a menudo son guías para el viajero, ilustran lugares y costumbres y, por si fuera poco, atisban una introducción a las artes ocultas que animan a iniciarse, literariamente claro. Pero el Orientalismo que despliega Pratt es anticolonialista, y la condición de apátrida inclasificable de Corto es el pretexto para lanzar una esbozada apología del localismo de las La Balada del Mar Saladoculturas, apoyando con su presencia a la resistencia que clama por independizar su etnia subyugada de aquella invasora (IRA irlandés, cangaçeiros brasileños). El maltés es el testigo de la época, el héroe anónimo, el símbolo que Pratt regala a todas las luchas justas -el supuesto final del marino, nunca dibujado y mencionado en otra obra del autor, es durante la guerra en España combatiendo contra los insurgentes.

Aprovechando le reedición en Norma Editorial de La balada del mar salado, en blanco y negro como la original, es el momento, salvando el obstáculo del elevado precio, para que muchos se encuentren por primera vez con la nostalgia aventurera impregnada de fantasías de este primer álbum de Corto Maltés. Pero no todo es fantasía. El grueso de las páginas transcurren en el terreno de lo viable: animados diálogos, idas y venidas, conflictos políticos, dramas familiares, falsas esperanzas, traiciones, amenazas… un cómic para adultos que no requiere de sexo y sangre para serlo.

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