This is the end
My only friend, the end…
Comenzar la reseña de “Yo soy el río”, libro ambientado en la guerra de Vietnam, con parte de la canción de The Doors, la misma que siempre se evoca al hablar de ese conflicto (por culpa de Coppola, claro), no resulta muy original.
La guerra de Vietnam supuso una fractura en la identidad norteamericana, del mundo, por extensión y con amplia repercusión en la cultura popular. El primer conflicto armado televisado tuvo su reflejo en cine, literatura y cómic, entre otros ámbitos. Apocalypse now, con los helicópteros a ritmo de Wagner sobre selvas incendiadas de napalm, “Rambo”, “Desaparecido en combate”, “El cazador”, “Nacido el 4 de julio”, “M.A.S.H.” y una amplia colección de películas que llegaron desde finales de los 70 hasta bien entrada la década de los 90. Y el reflejo en la sociedad, en forma del, utilizado en exceso, estrés post traumático, la caída en desgracia de los veteranos y el uso en combate de minorías empobrecidas, negros y latinos.
T.E. Grau se sirve de todo lo anterior y una buena dosis de oscuridad para dar forma a una de las mejores novelas de lo que llevamos de año.

El argumento.

Durante los cruentos días de la Guerra de Vietnam, el soldado Israel Broussard es asignado a una misión secreta que le llevará a traspasar las líneas enemigas a fin de atacar al ejército norvietnamita con un arma pocas veces utilizada: el terror.
Broussard acabará atrapado en una pesadilla de la que se ve incapaz de escapar, rememorando una y otra vez desde entonces lo sucedido aquella noche en Laos.

Cinco años después, asaltado por las pesadillas, las alucinaciones y el insomnio, perdido en los barrios menos deseables de Bangkok, se verá obligado a regresar a la selva para tratar de recuperar la vida que allí perdió.

Un surreal viaje que ahonda en los traumas de la psique y del alma de aquellos que perdieron el alma y parte de su cordura en lo más profundo de la jungla.

Resulta complicado indicar el punto de partida de “Yo soy el río”. La historia de Israel Broussard es un viaje en distintos tiempos: durante su estancia en Vietnam y cinco años después, por los bajos fondos de Bangkok. Israel es un Hombre de la Noche, tal y como llaman los vietnamitas a los soldados negros; un hombre de la noche embarcado con en una misión confidencial: terminar con la resistencia local mediante el terror. Algo sucedió en la selva de Laos que termina con un Israel inmerso en la oscuridad del entorno criminal de Bangkok malviviendo, ahogado por las pesadillas y los remordimientos.
Las dos partes de la historia se suceden en capítulos rápidos, unos en primera persona (los correspondientes al Broussard del periodo presente de la novela) y otros en tercera (los capítulos del Vietnam).

T. E. Grau va tejiendo así una historia, alternando tiempos físicos y narrativos, al igual que las diferentes corrientes por el cauce de un río: formadas por el mismo agua pero circulando a diferentes velocidad.
Distintas partes de un mismo todo.
Elemento que, por cierto, pone en conexión “Yo soy el río” con otro título indispensable de terror de los últimos tiempos: “El pescador” de John Langan, publicado en castellano por La Biblioteca de Carfax.
Las piezas encajan según se avanza en la lectura: desde el título del libro hasta la excelente portada de la edición de Dilatando Mentes, con esa imagen rasgada que forma un rostro rasgado, repetido. Así fluye el libro, sostenido por un escritor excepcional como es Grau, capaz de mezclar todos los matices posibles de una forma natural, en un descenso prolongado por la oscuridad humana… y otra no tan terrenal.

“El río nunca escucha, porque no tiene oídos, pero su boca siempre está abierta.”

Una de las frases promocionales de “Yo soy el río” corresponde al escritor Brian Evenson (“Los últimos días”, también en Dilatando Mentes) y compara la novela con una mezcla entre “Apocalypse now” y Algernon Blackwood; entre Joseph Conrad (vía Francis Ford Coppola) y uno de los maestros de lo extraño. Grau tiene muy presente esos referentes y se los ofrece al lector directamente, sin intentar esconderlos (tendréis que leer “Yo soy el río” para descubrirlo…) pero además, añade una marcada personalidad propia a la novela.

Israel Broussard es el protagonista absoluto de la novela, que iremos conociendo poco a poco, tanto por su relato individual como por la descripción de sus actos en la misión secreta de Laos. Un personaje complejo, lleno de oscuridad, remordimientos, traumas y secretos, capaz de soportar toda la carga de “Yo soy el río”. El resto de la galería de personajes cumplen su función puntual, casi como espectros de un pasado de una vida anterior de Broussard. Una colección de secundarios ceñida casi exclusivamente al pelotón de inadaptados que recluta Chapel para la misión confidencial. Otro clásico del imaginario bélico: el escuadrón suicida embarcado en una extraña misión. Soldados que no encajan, llenos de problemas, conflictos raciales… y capitaneados por el misterioso Chapel, que atesora alguna de las mejores líneas e ideas (geopolíticas, sociales) del libro.

“Yo soy el río”, a pesar de su ambiente militar, rezuma antibelicismo y elimina (gracias, Grau) cualquier traza de épica a un concepto tan absurdo como la guerra. Al ya clásico no hay vencedores se le suma el sinsentido de una lucha entre iguales, entre personas y no siglas o amenazas. También hay tintes de crítica social, centrada en el uso como moneda militar de personas en riesgo de exclusión o perteneciente a determinados grupos, como negros o latinos. El enemigoacabar con lo diferente… una colección de eufemismos que no tienen lógica alguna pero que se usan como excusa. A la lista se suma una visión del síndrome de estrés post traumático, tan utilizado en los veteranos del Vietnam, mezclada con pinceladas de horror cósmico.

Ese horror cósmico también se encuentra vinculado al excelente uso del folklore del que Grau hace gala en “Yo soy el río”. Tradiciones culturales asiáticas y anglosajonas, entremezcladas con una enorme eficiencia y que añaden a la lectura una dimensión fascinante. No quiero ahondar en ellas porque considero que debe ser el lector el que vaya descubriendo esos elementos según avanza la lectura para ir integrándolos poco a poco.
El horror va de la mano del folklore, unido de forma elegante a través de la misión de Broussard en Laos: el terror como arma para finiquitar la guerra. El uso de creencias populares para generar un miedo atávico puede remover avisperos inesperados, a medio camino entre elementos más allá de nuestra comprensión, la psique humana y la naturaleza como amenaza (muy en la tradición de Blackwood).
Esa idea cobra una dimensión nueva en los tiempos actuales: tiempos de desinformación, de fake news, de una pérdida de cultura y el regreso de ideas que ya pensábamos eliminadas. No es el mismo contexto pero la base puede ser similar.

“Yo soy el río” de T. E. Grau utiliza la ambientación bélica del conflicto de Vietnam para crear un contundente relato sobre la oscuridad, interior y exterior, sirviéndose de todos los elementos a su alcance. Una historia a diferentes velocidades, al igual que las corrientes dentro de un río, que acaban conformando un mismo recorrido.

Cabe destacar la (una vez más) brillante edición de Dilatando Mentes. A la traducción de José Ángel de Dios García, se le suman varias anotaciones a pie de página para destacar la adaptación de jerga militar o propia de Vietnam y Laos, junto con una parte final de miscelánea donde se hace un repaso de los mayores conflictos bélicos, unas pinceladas sobre Algernon Blackwood y algunos elementos que surgen en la novela. También se suma un prólogo de Víctor Castillo y las ya acostumbradas ilustraciones e imágenes. Mención aparte para la portada de Raúl Ruiz, que encaja a la perfección con la visión popular del conflicto de Vietnam y con la estructura de la propia novela, que va cobrando sentido y entidad según se avanza la lectura.

En definitiva.

Dos días me llevó la lectura de “Yo soy el río” y tardé otros dos en interiorizarla. Lo primero que hice, después de esa pausa, fue lanzarme a la web de Dilatando Mentes para hacerme con un ejemplar de “La oscuridad innombrable”, el anterior libro de relatos de T. E. Grau. Y eso, en estos tiempos con tantísima producción literaria, dice mucho sobre la impronta que dejan autores así en los lectores.

“Yo soy el río” utiliza la ambientación bélica del conflicto de Vietnam para crear un contundente relato sobre la oscuridad, interior y exterior, sirviéndose de todos los elementos a su alcance. Una historia a diferentes velocidades, al igual que las corrientes dentro de un río, que acaban conformando un mismo recorrido. Las tinieblas del pensamiento humano, los remordimientos, la estupidez de la guerra, la oscuridad verde de la espesa jungla, los miedos comunes al ser humano sin importar su procedencia cultural… y el abismo. Oscuro, insondable y que muchas veces nos transmite un ahogo con lo que intuimos (o creemos ver) en su reflejo, en el techo de la habitación de las noches de insomnio o en las esquinas de las paredes. Una novela que juega con una sensación de amenaza constante, ya sea bajo los neones y callejones de Bangkok o en la selva de Laos.

T. E. Grau se consolida con una lectura imprescindible, nominada al Premio Bram Stoker en 2018 en la categoría de primera novela, con un inteligente uso de la narrativa, alternando los tiempos para dar una visión completa de su protagonista y de sus demonios. Además de una ruptura con los tópicos relativos al Vietnam: están presentes, pero dosificados, y refrescados con una visión alejada de la épica y la introducción de elementos de horror.

“Yo soy el río” es otro acierto mayúsculo en la línea editorial de Dilatando Mentes, a la que solo podemos agradecer que nos acerquen novelas con tanta calidad y riesgo en el terreno del horror y el weird.
Que siga la racha.

Y, por cierto: el interior de un hombre es negro.
Negro, como el abismo.

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Criatura de la noche. Redactor en Fantasymundo.com

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