La Biblioteca de Carfax es una de las editoriales mas atractivas del panorama nacional. Centrada en el terror, lleva desde su inicio publicando obras perdidas en nuestro mercado, abriendo miras, ampliando horizontes y descubriendo nuevos horrores. A la mezcla se suma un cuidado por el detalle y unas portadas dignas de guardar. “Trazos de sangre” es una de sus últimas publicaciones, décima de su catálogo y junto con “Joyride” de Jack Ketchum y “El pescador” de John Langan, forma parte de las obras selectas de la editorial y una de las mejores publicaciones desde finales de 2018 a mediados de 2019.

“Trazos de sangre” (genial traducción del “Drawing blood” original) es una novela de principios de los 90 pero su frescura permanece intacta, a pesar de sus casi tres décadas. Señal de que estamos ante una obra de ideas potentes. El argumento nos lleva a la vida de Trevor McGee, veinteañero huérfano debido a que su padre (Bobby), autor de cómics indie de gran proyección, masacró brutalmente a su madre y hermano pequeño para posteriormente suicidarse. Trevor (sobre) vive bajo la sombra oscura del talento y decisiones de su padre. ¿Por qué le dejó vivir? ¿Por qué comparte el talento de una persona que le arruinó la vida y solo se siente libre dibujando? Decide volver al lugar donde pasó todo, a la vieja casa de la calle Violín en Missing Mile y enfrentarse a sus fantasmas. Mientras tanto Zach, un joven hacker, otro superviviente, debe huir de Nueva Orleans perseguido por el gobierno. Quizás los hilos del destino le lleven a Missing Mile para esconderse.

Separar obra y autor resulta imposible en este caso. Tanto la novela como Poppy Z. Brite rezuman personalidad.

Éste es uno de esos casos en los que no es posible hablar de la novela sin referirse a su autor y su trayectoria vital. Poppy Z. Brite fue considerado, a principios de la década de los 90, como una de las voces punteras de la nueva literatura de terror, género en constante cambio. Además de “Trazos de sangre”, había publicado, con bastante éxito, “Last souls” (“La música de los vampiros” o “El alma del vampiro” en sus descatalogadas ediciones en castellano, 1992)  o “Exquisite corpse” (“El arte más íntimo”). Nacida en 1967 como Melissa Ann Brite en Kentucky, no ha sido hasta 2010 cuando ha comenzado un tratamiento médico y ha adoptado el nombre de Billy Martin. Reside en Nueva Orleans y es muy activo en cuestiones de la defensa de la ciudad y su identidad ante el abandono post-Katrina, además de la lucha por las libertades e identidad sexual, y lleva retirado de la literatura desde 2010.

La biografía del autor lanza la idea de estar frente a una persona en eterna lucha para encontrar su lugar, tanto en sentido físico como psicológico. Una lucha constante contra el desamparo de la sociedad y las instituciones. Sus ideas y vivencias se trasvasan a sus protagonistas que absorben todo el interés de la novela. Trevor y Zach resultan una pareja de protagonistas única, complementándose a la perfección.

“Trazos de sangre” arranca con un bofetón de terror para adentrarse después en horrores psicológicos, con unos personajes que llevan la novela en volandas.

Una vez superado el impacto inicial (duro y crudo, material de pesadillas), que casi justificaría por si mismo la lectura de la novela, el terror se va moviendo a terrenos psicológicos, con dos personajes que buscan su lugar en el mundo al mismo tiempo que se encuentran el uno al otro. “Birdland” es la obra cumbre de Bobby, padre de Trevor (o Bobby, a secas) y es el mismo lugar soñado por el veinteañero para buscar respuestas a su existencia. Missing Mile, el pueblo ¿imaginario? donde transcurre la acción, podría parecer ese “Birdland” soñado pero no lo es. No deja de ser un pequeño pueblo de Carolina del Norte, con una serie de secundarios deliciosos (esa gran banda, Gumbo) que comparten universo con otras obras de Brite. Allí la vida resulta aburrida y hay que suplir ese aburrimiento con drogas, excesos y alcohol. En ese caldo de cultivo casi marginal, underground de principios de los 90, entre glam rock, punk grunge sudorosos, mezclados con ritmos sureños, retazos de obras de Crumb y sus buenas dosis de vicios varios, es donde “Trazos de sangre” alcanza el cénit de su ambientación. La realidad de su desarrollo convierte toda situación en hiperreal, quedando el lector irremediablemente atado a esos personajes y sus dilemas (sexuales, personales, paternofiliales), con las alargadas sombras del horror creciendo por la casa de la Calle Violín, en el “Birdland” particular de Trevor.

La Biblioteca de Carfax es una de las editoriales imprescindibles actualmente, con sus arriesgadas apuestas por la mejor literatura de terror.

“Trazos de sangre” evoluciona desde un terror mas físico, real, hasta un fino horror psicológico, claramente relacionado con las vivencias personales de su autor. Podría tratarse de una correcta novela de casa encantada mas pero el añadido de realidad y el trabajo de desarrollo de los personajes, la hace destacar como uno de los mejores ejemplos de la evolución del género con los condicionantes propios de la sociedad de hace un par de décadas. Cada personaje resulta único, tanto en pensamientos como a otros niveles, incluido el de la identidad sexual. No resulta fácil descubrir en la novela estereotipos sobados. Ese gran trabajo, muy personal, dota a la novela de una vida propia que se percibe a través del papel, sensación nada habitual.La biblioteca de Carfax acierta (como casi siempre) con la recuperación de la novela y del trabajo de Brite, en una edición marca de la casa, con una excelente portada de Rafael Martín y una traducción perfecta de Carla Bataller Estruch (página 13, “Esto es Villa Quintocoñez”. Ahí me ganó la traducción). Adentraos en la oscuridad de la vieja casa abandonada de la Calle Violín, buscad vuestro “Birdland”. Disfrutad del viaje.

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