No está el patio para ponerse a disertar sobre el fin de la humanidad tal y como la conocemos, o quizás nunca hubo un momento mejor. Carlos Sisí, (Madrid, 1971) además de ser uno de los escritores nacionales de terror más exitosos en apenas una década de carrera, debe pasar una gran parte de su tiempo, consciente o inconscientemente, en planear maneras de terminar con el mundo. Bromas aparte, Sisí es capaz, incluso entre la oscuridad más absoluta, de poner la bondad y la positividad necesaria para invocar algo de luz en sus obras. “Alma”, publicada por Minotauro en 2016 y “Varsovia”, editada por Insólita en 2019, forman un díptico muy interesante sobre la oscuridad humana, la evolución de la mente (colectiva e individual) y sobre posibles finales de todo, de nuestra realidad tal y como la conocemos.

“Alma”

El libro cuenta ya con cuatro años en las estanterías, primero con una edición a cargo de Minotauro y luego con una de bolsillo a cuenta de Booket. “Alma” es, casi en palabras del propio escritor en el prólogo que abre el libro, su título más personal, donde se suman experiencias personales, creencias e investigación. El libro nos lleva a Inglaterra para presentarnos a Alma Chambers, una persona “especial”, de esas que saben cosas antes de que sucedan, ven presencias ocultas para los demás y tienen una particular forma de contemplar la vida. Alma es el eje sobre el que se articula la novela y las vivencias del resto de personajes. Entre ellos se encuentra Jow, una ingeniera informática que da casi por error (si es que existe tal cosa) con voces “que no deberían estar ahí” en unas pruebas para un puntero sistema de reconocimiento de voz. La terna protagonista se completa con Johnny Balmori, un escritor que consigue con tremendo éxito con “La puerta”, una novela de terror donde la ouija tiene un papel fundamental. “La puerta” causará un éxito sin precedentes, poniendo de moda la exploración del “mas allá” mediante unas ouijas que comienzan a funcionar demasiado bien…

“Alma” es, casi en palabras del propio escritor en el prólogo que abre el libro, su título más personal, donde se suman experiencias personales, creencias e investigación.

Para entrar por completo en el mundo (o mundos) que plantea “Alma” hay que dejar ciertos pensamientos en suspenso. El egocentrismo del saber científico actual, por ejemplo. “Alma” requiere de cierta flexibilidad mental para funcionar a la perfección, sobre todo en su primera mitad. El terreno del “más allá”, de lo que no podemos ver físicamente, es una idea que se va construyendo durante esa primera parte del relato. El disfrute y la lectura adictiva está asegurada, siempre y cuando se dejen los prejuicios en la primera página y te entregues a la narración. “Alma” requiere de ese salto de fe y por eso es un libro que quizás no funcione para todo tipo de lectores. Puede depender en exceso del acercamiento a su lectura en un estado mental especial: abierto, comprensivo, sensible. La primera mitad de la novela siembra esas semillas, retazos de pensamiento positivo entre dosis potentes de intriga y terror, construidas sobre la sólida narrativa de Carlos Sisi.

“Varsovia”

“Varsovia” ha sido publicada por Insólita y se ha convertido en un éxito en menos de un año y tres meses de vida comercial. Es un libro que condensa gran parte de las virtudes de Sisí como creador, dando por resultado una novela redonda y llena de matices. Si “Alma” nos llevaba a Inglaterra, “Varsovia” nos deja, principalmente, en París. El punto de arranque, además de una idea genial, nos plantea una situación a escala mundial. Imaginaos que nuestra sociedad comienza a tener sueños todas las noches. Sueños que son tan placenteros que no compensa el trauma de despertarse para iniciar el día en la vida real. La situación comienza a generalizarse y el mundo, tal y como lo conocemos, comienza a desestructurarse poco a poco. La gente no quiere despertar, sólo quiere dormir, y comienzan el abuso de productos para dormir, antidepresivos y demás drogas. El mundo se detiene en un sueño eterno, los que sueñan ya no son capaces de despertar. Pero, como en todas las situaciones apocalípticas similares, alguien debe heredar la Tierra. Y, en esta ocasión, los pacientes de enfermedades mentales son los únicos que quedan despiertos, presa de sus dolencias. La situación se vuelve más compleja cuando entran en juego circunstancias aún más extrañas que involucran la presencia de soldados nazis de la Segunda Guerra Mundial y visiones que enlazan la situación actual con el gueto de Varsovia.

“Varsovia” es excesiva, en todos los términos de la palabra. Es una obra que siempre avanza, va a más, tanto en argumento como en contenido e ideas.

Los personajes principales marcan uno de los abundantes puntos fuertes de la novela. Como se puede ver en el argumento, nos encontramos con un plantel de enfermos mentales y sus condiciones marcarán gran parte de su personalidad. Mimi, por ejemplo, sufre un trastorno bipolar, detonado por una agresión previa, y eso la convierte en una bomba de personaje: impredecible, impulsiva, dulce… una mezcla explosiva. Hay una gran abanico de personajes, todos muy bien definidos en apenas tres o cuatro detalles, e incluso los reversos oscuros de la historia, los malos, resultan muy interesantes.

“Alma” y “Varsovia” forman una pareja muy interesante sobre la oscuridad humana, la evolución de la mente (colectiva e individual) y sobre posibles finales de todo, de nuestra realidad tal y como la conocemos.

El libro es una montaña rusa, de principio a fin. La concatenación de giros argumentales, de ideas y situaciones impresiona aunque haya algunas partes que se alarguen demasiado. “Varsovia” es excesiva, en todos los términos de la palabra. Es una obra que siempre avanza, va a más, tanto en argumento como en contenido e ideas. Al igual que pasa con “Alma” hay un momento de ruptura, cerca de su tramo final, donde el lector debe confiar ciegamente en Sisí y los giros que plantea. Si te bajas de la lectura en ese punto, habrás disfrutado de una gran aventura. Si sigues adelante, puede ser que, en un primer momento, te choque lo que vas a leer pero, dejándolo reposar y macerar, no resulta mal desenlace.
Y es ahí, entre el frío y la oscuridad del mundo, donde “Alma” y “Varsovia” pueden llegan a unirse.

Y llegó el final.

“Alma” y “Varsovia” comparten, de una manera estructural, parte de sus contenidos. En ambos casos, frente a una situación potencialmente catastrófica (las intrigas del “más allá” en “Alma” o el sueño eterno de “Varsovia”), las voces protagonistas residen en personas especiales, un poco fuera de la sociedad, alejadas de lo que comúnmente definimos como normal (aunque tal cosa no exista). El interés por los outsiders es un fenómeno endémico dentro de la obra de Carlos Sisí, quizás su propio reflejo, quién sabe, extensible a libros como “Rojo” o “Los Caminantes”. Esa sensación que tener que luchar ante la incomprensión general, aunque se tengan las ideas y causas claras del fenómeno que puede diezmar a la humanidad, supone un gran punto de inicio para la creación de personajes. Mención aparte para los protagonistas de “Varsovia” con sus enfermedades mentales, dando visibilidad a un colectivo muy presente pero invisible en la sociedad actual.

Es en las flechas que Sisí clava en el ennegrecido corazón de nuestros comportamientos donde consigue que ambas novelas cambien el curso de lo previsible y lleguen a sorprender o decepcionar, dependiendo de tu conexión con la historia.

La excelente y amplia documentación es otro puente entre ambas obras. “Alma” transita por terrenos poco comunes, entre fenómenos inexplicados y las Líneas Ley. El personaje de Alma Chambers, agraciada desde joven con una inexplicable habilidad para entablar contacto con el otro lado, sirve como introducción de una gran cantidad de terminología pseudocientífica, tratada con un respeto reverencial, además de facilitar algunos guiños a casos clásicos, como Enfield. Un acercamiento que entra en sintonía con otras obras suyas como “La hora del mar” y su Hum o la saga Rojo, plagada de referencias similares.

“Varsovia” transita, en parte, por avenidas más corrientes al centrar parte de su argumento en entornos comunes, como la Segunda Guerra Mundial. El trabajo de documentación brilla al enfrentarse a malignos nazis, polacos acosados por mil y un desgracias y la arriesgada vida y movimientos clandestinos en el gueto. En la parte de la novela que discurre en el sociedad actual, cobran mayor relevancia los personajes con enfermedades mentales, perfectamente descritas y aprovechando las características para dar forma al grupo protagonista.

En sus finales, Sisí prende una luz en la oscuridad, no más potente que la llama de una vela, a la que todos nos deberíamos aferrar.

Pero (siempre hay un pero) ambas novelas sufren un proceso de transformación, según nos acercamos al final. Ahora sería el momento de indicar que, como cualquier escritor brillante de terror actual, Carlos Sisí podría ser considerado, atención redoble de tambores, el “Stephen King español”. Las similitudes están ahí, a la vista: narrativa detallista, personajes “reales”, unas ideas iniciales impactantes… y algunos finales que pueden no convencer a cierto número de lectores. La antigua gracieta de que Stephen King no sabe escribir finales ha vuelto. Siendo sinceros, quizás algunas veces y a ambos escritores les sucede que la contundencia de sus finales no llegue a los niveles de explosión creativa de los arranques. No me sucede, personalmente, pero puedo llegar a entender esa sensación. El camino siempre suele ser más interesante que la meta.
“Alma” y “Varsovia” desatan sus apocalipsis en las partes finales, así que puede que os encontréis algún pequeño spoiler de aquí en adelante.

Ambas novelas comparten algunas ideas sobre el fin de todo lo que conocemos como realidad. En “Alma” unas sombras desconocidas (los Descarnados) comienzan a hacerse presentes, aniquilando lo que encuentran a su paso. En “Varsovia” la destrucción se inicia primero con la sociedad actual atrapada en un sueño eterno y los supervivientes luchando para no quedar atrapados en saltos temporales entre nazis y judíos torturados. El remate llega con el Señor Basura, una figura amorfa que fluye a sus anchas en cualquier tiempo y lugar, emponzoñando todo lo que toca. Hay elementos comunes entre ambos apocalipsis: las sombras que se ciernen, ya sean Descarnados o Señor Basura; el inicio del fenómeno tiene su base en sucesos extraños (las ouijas potenciadas o el sueño eterno) y componentes que atacan los puntos débiles de nuestra sociedad: la maldad, las injusticias, el egoísmo. Y justo ahí, en las flechas que Sisí clava en el ennegrecido corazón de nuestros comportamientos, es donde consigue que ambas novelas cambien el curso de lo que podríamos pensar que es previsible en libros así, llegando a sorprender o decepcionar, dependiendo de tu conexión con la historia.

A pesar de presentar escenarios dantescos, Carlos Sisí consigue iluminar esas escenas finales, dejando un gran hueco a la esperanza. El camino hacia ese final es oscuro, terrorífico y en muchas ocasiones, excesivo. Plantea situaciones extremas, tanto de acción como de terror, que pueden implantar escenas no muy agradables en la mente de los lectores. “Alma” distribuye su final poco a poco, entre escenas de persecuciones vertiginosas y conversaciones explicativas, tomándose su tiempo. “Varsovia” también dilata su conclusión aunque la última parte resulta algo apresurada, atropellada, cosa rara en un libro de larga extensión. Un final abrupto pero que no le hace perder fuerza. En ambos casos, dentro de la oscuridad tremenda que se cierne a pocas páginas de los finales, se enciende una luz, una chispa de esperanza. A ese fogonazo de luz se aferran aquellos personajes que de verdad desean brillar, al igual que en este mundo que nos toca vivir. Que tanto “Alma” como “Varsovia” tengan finales, digamos, luminosos, puede suponer una barrera a aquellos que se acerquen a ambas con la idea encasillada en el terror. Sisí prende una luz en la oscuridad, no más potente que la llama de una vela, a la que todos nos deberíamos aferrar.

En la sociedad actual vivimos rodeados de oscuridad, a pesar de toda la luz que nos arrojan nuestros avances, nuestras pantallas y nuestras falsas sonrisas pero detrás de todo eso hay un Señor Basura susurrando en nuestros oídos, intoxicando nuestros corazones y nuestra mente. Podemos llamarlo egoísmo, insolidaridad, fake news o el término que nos (dis)guste más pero esta ahí, susurrando. De nosotros depende desprendernos de él, es nuestra elección agarrar esa pequeña luz para seguir adelante, mejores. No todo va a salir bien, sobre todo en nuestra situación actual, pero es decisión nuestra el cambiar, nunca de las fuerzas que nos rodean. Quizás Carlos Sisí pueda parecer un poco ingenuo por pensar así, en especial dedicándose al terror, pero es ese chispazo de luz y esperanza lo que hace sus trabajos tan especiales, a pesar a su empeño por terminar con el mundo. Y sí, algún día conseguirá terminar con él.

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