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       Artículo de literatura

Tiempo de Marte, de Philip K. Dick


Jaime Santamaría   22/02/2009
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     Que aún permanezca la esencia de las historias que trasladan a otro mundo entre las líneas hace que no te arrepientas de leer este libro y que por lo tanto tenga su valor.
Portada de Tiempo de Marte, de Philip K. DickMinotauro está recuperando clásicos de la Ciencia Ficción en ediciones de calidad, y qué mejor oportunidad que ésta para que cada uno pueda opinar con criterio propio tras haber leído y sentido en carnes propias un texto que siempre aparece en las enumeraciones de los títulos de un autor, "Tiempo de Marte"... ¿imprescindible? ¿Por qué formulo una pregunta que puede parecer retórica? Pues muy sencillo; muchos, decenas, miles, repiten como papagayos que tal o cual es un genio sin parangón de la CiFi, que son monstruos de la literatura que han sido arrinconados por los académicos que consideran al fantástico como un género menor. Y, sin embargo, se acuña que la CiFi de hoy le debe todo a estos maestros.

Dick nos colará sueños delirantes, visiones oníricas, vamos, que se cree que nos fumamos un porro cuando le leemos y vamos de su mano en ese baile que pretende orquestarnos

Vale, vale; ya sé que la respuesta da para libros, ensayos y demás tertulias encendidas, ni seré yo quien cuestione el valor reconocido a Philip K. Dick. Tan sólo he querido introducir de manera un tanto belicosa el título que hoy nos ocupa. Como sobre Dick se ha escrito tanto y vosotros lo habéis leído, no digo nada más, pero una realidad inapelable sobrevuela nuestras cabezas: influyente sí que fue, libros sí que nos ha dejado y nos ha servido en bandeja una biografía turbulenta digna de alguno de sus libros. Quizá sea que hoy me estoy dirigiendo más a los que llegáis, a los jóvenes que abandonáis las lecturas del Barco de Vapor y Salamandra y empezáis a leer algo que no sea Verne o Asimov. Dick es algo más que las adaptaciones cinematográficas de “Blade Runner” o “Desafío Total”. Es un escritor que vivió una época en la que todavía el territorio de los sueños se abría libre sin fronteras en las mentes portentosas de quienes sabían mirar a su alrededor con sentido de la maravilla, viendo en el cielo estrellado una vía de escape de un planeta que a pesar de la paz reinante en el mundo occidental, ésta empezaba a parecer asfixiante a los ojos más críticos.

Philip K. DickBueno, no me desvío. El párrafo anterior persigue haceros ver en definitiva que se trata de un libro escrito a principios de los 60. Esto es, un territorio temporal fronterizo que bebe de las fuentes de la Edad de Oro de la CiFi, pero que empieza a definir perfectamente por dónde van a ir los nuevos tiros temáticos. No es casualidad que en las solapas del libro se hayan extractado elogios pronunciados por firmas de gigantes de tamaño como son John Brunner y Ursula K Le Guin, dos excelentes ejemplos de la nueva CiFi que paría esa época del siglo XX. Por la misma razón, debemos contextualizar, pues, el momento en que se escribe el libro: Mundo dividido en dos bloques, un Marte que paradójicamente antes se veía más cerca que ahora, una sociedad norteamericana cuyo modelo social y económico se creían ellos mismos que era el paradigma por excelencia a exportar y un toda una corriente que fijaba su foco de atención al respecto de la psicología de los personajes en particular y de la raza humana en general.

Vayamos con la historia. En la árida colonia de Marte descubrimos una casa rural, la de la familia Bohlen. Jack Bohlen es lo que se podría denominar un técnico de mantenimiento. Esta cualidad en un planeta donde todos los objetos tienen un valor muy distinto al de la Tierra (“Casa” la llaman continuamente) y los repuestos escasean, le convierten en un empleado muy “valorado”. Debido precisamente a su trabajo, pasa largas temporadas lejos de casa, donde quedan su esposa y su hijo. Frente a ellos, otra familia ocupa otra casita que parece calcada de cualquier campo estadounidense infinitas veces plasmado en películas y libros. Norbert Steiner es el cabeza de familia de esta otra casa, en la cual se oculta un secreto: su hijo, Manfred, es un autista que vive en una especie de centro especial para “anómalos”.

Hasta ahora tenemos, pues, dos familias, dos vidas muy distintas pero muy similares a como transcurrirían en la Tierra y eso es así porque Dick nos pinta una superficie marciana muy bradburyana, con canales que tienen agua, escasa y mala, por cierto, y con marcianos. Sí, sí, ya tenemos pues: colonos (una especie de pioneros) y seres autóctonos a los que se les llama “oscuros” (que nos recuerdan ineludiblemente a los indios nativos norteamericanos, apartados de sus tierras y relegados a un pozo sin riqueza, cultura ni nada que merezca dignidad). ¿Dick se cree de verdad que este Marte exista y que a finales de los noventa ya tendría a toda una población emigrante que cada día crecía más y más auspiciada por una ONU con más poder del que realmente jamás ha llegado a tener? ¿O bien ha jugado con esta metáfora para meternos su particular píldora de moralina social?

Pues el culebrón pretende complicarse más cuando intervienen nuevos personajes. Tenemos a un Arnie Kott, un jefecillo que controla una empresa (el Sindicato local de Trabajadores del Agua) que le erige en Lewistown a acreedor de los pocos lujos que se puede disfrutar en el planeta. Sin embargo, descubriremos que él también tiene su historia (“Los ricos también lloran” que consuela a los pobres) incluyendo una ex-esposa, un hijo “anómalo y una amante. Pues bien, en su carro particular meterá también a nuestro protagonista, Jack Bohlen, cuando entre ambos crean tener en el niño autista de los Steiner a un fenómeno de la naturaleza.

Y aquí es donde el tema derrapa hacia un pseudo estudio de las mentalidades de los colonos. Podría decirse que todos están locos. Paranoias, esquizofrenias que se apaciguan a golpe de química. Dick nos colará sueños delirantes, visiones oníricas, vamos, que se cree que nos fumamos un porro cuando le leemos y vamos de su mano en ese baile que pretende orquestarnos.

La guinda vendrá con nuevos giros que revuelven en polvo marciano de este pequeño rincón del universo con más personajes; el padre de Jack, que viene desde la Tierra a “hacer negocios”, Doreen, una mujer bella y deseable que entra y sale de la vida de los personajes, el psiquiatra Glaub,... Y en medio, os recuerdo a nuestro niño autista, el cual mira con ojos especiales a los demás y al mundo que les rodea.

No os cuento más. ¿Quizá os he enmarañado un poco el argumento? Esa es la sensación que el argumento y la trama te hace creer en algunos momentos, pero tranquilos, la novela finalmente se deja leer. Es muy básica. Como os decía, una historia terráquea plagada de ambiciones, ansias de poder, dinero y cierto tinte filosófico no exento de fantasía pero a unos cuantos millones de kilómetros de Casa.

Está escrita hace cincuenta años, queridos lectores. A veces añoro esa virginal época en la que estas historias te trasladaban de verdad a otro mundo. Que aún permanezca esa esencia entre las líneas hace que no te arrepientas de leer este libro y que por lo tanto tenga su valor.

Por enésima vez vuelvo a confesaros que estoy enamorado de Marte y libros como éste me explican por qué: los que amamos las aventuras encontramos todavía en el planeta rojo un Nuevo Mundo por descubrir y nos permite soñar, por qué no, con que quizá algún día estuvo habitado, o bien que esconde secretos que están por encima del entender humano. Ciencia y Ficción se dan la mano en textos como este. ¿No es lo que nos sigue agarrando a nuestro Género favorito?


(R) Jaime Santamaría de la Torre, febrero de 2009.
http://galaxiabidena.blogs.scifiworld.es

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