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Invasión. Los ladrones de cuerpos, de Jack Finney |
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La paranoia va in crescendo conforme se verifica la terrible realidad: la invasión acaba por sustituir a la mayoría de habitantes por clones a los que le falta esa chispa que algunos llaman alma y otros humanidad. |
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Jack Finney debería tener una estatua en Hollywood: ha dado al mundo la obra que hoy presentamos, uno de los grandes clásicos de la ciencia ficción y, además, ésta ha servido de inspiración a unos cuantos guionistas y productores, que han vivido de las rentas de la idea de Finney sin devanarse demasiado los sesos.
La novela se transforma por una parte en la búsqueda de respuestas racionales donde parece no haber nada más que una especie de psicosis colectiva
"Los ladrones de cuerpos" (Bibliópolis), publicada en 1955, ha tenido desde entonces unas cuantas versiones cinematográficas, convirtiéndose la primera de ellas en un auténtico icono representativo de la américa de los cincuenta y su paranoia macarthista. Por algún extraño e incomprensible mecanismo Bibliópolis ha decidido publicarla en esta edición bajo el título de Invasión y el subtítulo de Los ladrones de cuerpos, quizá para que el lector despistado no tenga problema en relacionar la obra con La invasión de los ladrones de cuerpos o con Invasión, dos de las versiones cinematográficas más conocidas. Si con ello consigue que lo lea más gente, bienvenida sea la ocurrencia.
Hay que decir que no es la obra mejor escrita de la historia de la ciencia ficción o del terror, y de hecho puede decirse que en algunos momentos le falta ritmo y surgen, como el propio comienzo del libro advierte, cabos sueltos, pero si esta la novela está dentro de la nómina de los clásicos es por algo: por la idea que subyace, por lo que nos cuenta, aunque pueda contarlo de otro modo.
Esta idea que hace tan especial a la novela puede parecer -prima facie- sencilla: imagina que un día descubres que tu vecino ya no es tu vecino, o tu madre ya no es tu madre. Son sustancialmente iguales, idénticos, pero les falta algo ese algo que los hace humanos. A través de esta base se desencadena en la novela -y en el lector- un vívido cuadro de dudas, sensaciones, paranoias.
Con este panorama es con el que lidian los protagonistas de la obra: el doctor Miles Bennell, su amor de juventud Becky Driscoll y sus amigos Jack y Theodora Belicec. Y digo protagonistas porque, si bien es cierto que Miles es quien nos narra la historia, la presencia y acción de los mencionados personajes resulta esencial y les dota del carácter protagónico, lo que es especialmente importante en el caso de Becky, que sirve para introducir un trasfondo emotivo y emocional a la novela.
El personaje de Becky es importante no sólo en el sentido mencionado, sino porque también porque permite trazar completamente la panorámica de una sociedad como la estadounidense de los años 50 del pasado siglo: una sociedad apacible y un tanto inocente que empieza a entrar en la dialéctica de la Guerra Fría y de la paranoia aislacionista que marca buena parte de la evolución de los EE.UU. actuales. Es importante destacar que aunque la imagen del personaje pueda parecer excesivamente tópica a los ojos del lector actual, hay que tener en cuenta que resultaría incluso avanzada para la época.
Y es que la obra tiene un tono a película americana de los 50, que es innegable, pero quizá sea esa apacible suburbanía lo que la hace tan perturbadora. En un apacible pueblecito puede estar plasmándose tranquila y pausadamente el fin de la humanidad a través de algo tan inopinado como una substitución constante de la población autóctona por unas réplicas casi exactas formadas por una especie de vainas intergalácticas. Visto así suena absurdo, pero les aseguro que la obra es verosímil.
Es esta casi imperceptible y sutil diferencia lo que van captando los protagonistas, cuya paranoia va in crescendo conforme se verifica la terrible realidad: la invasión acaba por sustituir a la mayoría de habitantes, poniendo en su lugar a unos clones a los que le falta esa chispa que algunos llaman alma y otros humanidad.
La novela se transforma por una parte en la búsqueda de respuestas racionales donde parece no haber nada más que una especie de psicosis colectiva y por otra parte en la lucha sin esperanza contra la invasión deshumanizadora que amenaza con extenderse a otras localidades.
Lucha sin esperanza para los protagonistas porque no en vano son perseguidos por los invasores que intentan por las buenas o por las malas acabar con la amenaza que suponen para sus intereses. En este marco resultan de interés los diálogos entre Miles y sus antiguos conocidos y vecinos, ahora sustituidos por los invasores, particularmente aquél en el que se le invita a dejarse sustituir. Esta oferta provocará el rechazo de Miles que ha percibido que la vida de los invasores está falta de emoción, de sentimiento, de alma; es una vida vacía y gris: una vida donde se pueden leer libros, pero no escribirlos.
"Invasión. Los ladrones de cuerpos", no deja de ser fruto de las convulsiones de la época; un apasionante, aunque a veces inconstante, relato de la libertad y de ese élan vital que nos hace humanos, una suerte de narración del choque entre lo individual y lo colectivo.
Insisto en que no es perfecta; ¿pero qué obra humana lo es?
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