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       Artículo de literatura

El día de los trífidos, de John Wyndham


Jose Luis Valcarce   13/08/2008
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     Los fuertes intentan subyugar a los débiles, y todo el barniz de la moral, la ética, amenaza con quebrarse en apenas unos días.
Portada de El día de los trífidos, de John WyndhamEl entramado de relaciones personales, familiares, económicas, etc. que llamamos sociedad es tremendamente complejo y, por ello, tremendamente débil. El profundo grado de interrelación en el que se sustenta la estructura del mundo que conocemos puede irse a bajo sólo con uno de sus elementos ceda. Somos vulnerables individual y colectivamente, y por ello hemos caminado muchas veces por el borde del precipicio.

En el pasado siglo XX una de las ocasiones en las que todo parecía derrumbarse y llegar al borde del colapso fue la Segunda Guerra Mundial. El conflicto fue precedido por años de inestabilidad política y económica en todo el globo; años caracterizados por el auge de los totalitarismos y las convulsiones económicas. Una experiencia colectiva traumática y dolorosa que dio lugar a nuevos peligros, temores y desafíos.

Wyndham construye una historia sólida, con coherencia interna y con un protagonista verosimil que transmite perfectamente todo un abanico de sensaciones

De ese clima postbélico y de las vivencias bélicas surge "El día de los trífidos", novela del británico John Wyndham, que se erige en una de las obras fundamentales en la historia de la ciencia-ficción y que Minotauro ha vuelto a editar para deleite de los lectores que quieran reencontrarse con lo mejor de un género, que -no nos engañemos- en los últimos tiempos no da muchas alegrías.

La historia en torno a la que se construye la novela es aparentemente sencilla: tras un extraño fenómeno celeste que deja ciegos a quienes lo han observado el mundo conocido se desmorona, los pocos que han conservado la vista son testigos de cómo la desesperación amenaza a la gran masa de ciegos, a la vez que surgen los problemas básicos de supervivencia causados por la desorganización global.

Por si estas circunstancias no son suficientemente desagradables, Wyndham introduce a los trífidos. Estas plantas producto de la experimentación genética (al parecer con un origen ruso comunista muy del gusto de la época) tienen la habilidad de moverse y atacar a las personas y animales, lo que dificultará todavía más la supervivencia.

En todo caso, los trífidos no van a ser, pese al título de la obra, protagonistas de la novela. Si me apuran, ni tan siquiera son demasiado importantes para lo que se nos cuenta.

La novela trata sobre todo de la adaptación y superviviencia del ser humano individual y colectivamente considerado, en un trance en el que el orden social cede, ante el más primario sentido de supervivencia personal. El estado desaparece y lo sustituye la tribu o la horda. Los fuertes intentan subyugar a los débiles, y todo el barniz de la moral, la ética, amenaza con quebrarse en apenas unos días.

Es en este marco en el que se puede producir “el día de los trífidos”, su ascenso, el ascenso de una creación humana, a la cúspide de la creación, desplazando al creador. Es decir, el libro podría haberse titulado “Los trífidos heredarán la Tierra” o algo por el estilo... o “no seas tan idiota para hacer plantas móviles y agresivas”... pero esto último sería demasiado evidente... además de hasta cierto punto incorrecto.

Lo cierto es que el protagonista de la novela, Bill, tras un comienzo perturbadoramente plácido que a buen seguro inspiró a los guionistas de 28 días después, empieza a ser consciente de la dimensión de la tragedia y a observar la descomposición social. Inevitablemente se plantean disquisiciones éticas en torno a la supervivencia personal dentro del hundimiento colectivo, presentando Wyndham escenas de caos y anarquía que no dejan de tener en algún pasaje cierto contrapunto cómico o irónico por la actuación de muchos de los ciegos, al tiempo que se observan también las tendencias egoistas o crueles que tienden a aflorar en situaciones límite.

A partir de este comienzo Wyndham construye una historia sólida, con coherencia interna y con un protagonista verosimil que transmite perfectamente todo un abanico de sensaciones que van desde la angustia, duda, desorientación, etc. hasta la tenacidad, esperanza...

Como no puede ser de otra manera, a lo largo de la novela van apareciendo otros personajes, destacando especialmente el de Josella, y también aparecen distintas interpretaciones de la tragedia y maneras de afrontarla.

Hay quienes pretenden que nada ha cambiado, que todo es un bache pasajero que pronto se solucionará. Dentro de esta categoría hay algunos ejemplos curiosos que ponen de manifiesto la ironía del autor, que, trasladando algunos de los lugares comunes consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, pone en boca de algunos personajes la esperanza de la pronta aparición de los estadounidenses para poner orden y solventar la situación.

Otros, ignorando la realidad, se empeñan en mantener las normas de la sociedad desmoronada y hundida; normas que no evitaron el hundimiento social y que pretenden emplear para su reconstrucción. Wyndham plasma perfectamente al tipo de persona conservadora e incluso refractaria, que ante el fallo palpable de todo su sistema de valores, no ve más opción que perseverar.

Por contra habrá quienes, conscientes de que todo ha cambiado, pretendan construir una sociedad con normas y comportamientos nuevos, que considerarán acordes a la nueva situación.

Dentro de esta panorámica se plasma una fuerte lucha por la supervivencia entre fuertes y débiles: los que ven y los que no; el trífido frente al ser humano. Será precisamente este planteamiento de lucha de contrarios el que va a dotar a la novela de un ritmo dinámico que es capaz de mantener al lector atento mientras recorre la trama en busca del ansiado desenlace.

Tal desenlace se muestra como una revelación contraria al dogma religioso. No hay una voluntad divina en las desgracias que ha sufrido la humanidad; el propio ser humano es responsable de lo que le ocurre y culpable de su desgracia. Es un mensaje que recorre toda la obra hasta su final, final que no deja de ser sorprendente en algún punto y que es justo colofón a una novela que en Gran Bretaña es de obligada lectura. Una novela que, como producto de su época, es un profundo alegato antibelicista que advierte contra los riesgos de esa capacidad profundamente humana de ponernos al borde del abismo.

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