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       Artículo de literatura

Jonathan Strange y el Señor Norrell (Susanna Clarke)


 Literatura juvenil
Joaquín Torán   05/06/2007
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     La autora centra todo el suspense en dos sujetos con pericia, consiguiendo que el interés por la trama mágica no disminuya jamás y la novela no decaiga ni se resienta por falta de ritmo.
Portada de Jonathan Strange y el Señor Norrell (Susanna Clarke)Sucede que, a veces, en el convulso tráfago del mundo editorial, se impone algún título modesto cuya calidad convulsiona el género al que representa. Cuando esto se produce, ese libro se convierte en faro y mesías, ingresando en la selecta lista de novelas imperecederas y perpetuándose en las conversaciones de aficionados y expertos. Jonathan Strange y el señor Norrell, ópera prima de la escritora británica Susanna Clarke, responde a este patrón. En un cierto sentido, mucho de lo que se narra en este voluminoso tomo no es nuevo: se habla de magia y de magos, de lo difícil y peligroso que es practicarla, de sus efectos colaterales y dañinos en cosas y personas, de la incomprensión derivada de la reticencia y de la prudencia que emana del vasto saber; todos estos temas fueron ya tratados en la lírica pentalogía de Terramar que cantó Ursula K. Leguin, explícito modelo de nuestra novela.

Lo que hace de "Jonathan Strange y el Señor Norrell" algo verdaderamente novedoso y genuino es su soberbia mezcolanza de géneros, a medio camino entre la poesía épica, la novela histórica y el costumbrismo, operada con verdadera maestría por una autora a la que se le debe imputar un vasto conocimiento de la literatura decimonónica anglosajona. Porque Susanna Clarke es algo más que una adicta a la fantasía: es una bibliófila que no duda en reconocer, siempre que puede, la deuda que posee con Charles Dickens o Jane Austen. Excelente conversadora, como se desprende de todas las entrevistas concedidas, su retrato -y el de su libro- se completaría con un par de pinceladas de rotundo interés: esposa de escritor fantástico (por afiliación más que por calidad), íntima de Neil Gainman y admiradora devota de Alan Moore, tardó diez años en pulir su texto hasta la definitiva versión. Considerando el resultado, se agradece enormente el celo perfeccionista demostrado por la señora Clarke. Nada hay en su obra que sobre o falte, todo está perfectamente calibrado para contar exáctamente lo que se pretende, ni más ni menos.
 
En un mercado caracterizado cada vez más por los proyectos mal construidos o sin sentido, esta capacidad de narrar lo deseado es ciertamente una virtud estimable. Pero en ningún caso aislada: los personajes, por ejemplo, se yerguen como una de las grandes bazas del título. Pocas veces ha encontrado este suscriptor, en su ya dilatada experiencia como lector de fantasía, seres tan humanizados y creíbles como los que protagonizan todas y cada una de las páginas de este monumento literario. Los dos magos en liza, Norrell, exponente de una visión académica de la magia, y Strange, práctico y pragmático, son algo más que rivales en el plano profesional; ambos escenifican un choque de personalidades y un conflicto de generaciones que simboliza la pujanza de dos mundos diversos: uno que lucha por sobrevivir y el otro que batalla por reivindicarse; no es casual, por tanto, que la novela esté ambientada en una época que marca el declive del Antiguo Régimen y el germinar de uno nuevo. 

Acompañan al discípulo y al maestro, una representativa galería de individuos que parecen extraidos directamente de la época victoriana, por lo fidedigno de sus comportamientos, pensamientos y costumbres. Incluso el cupo "mágico" está rematadamente bien logrado: el Rey Cuervo es uno de los mejores personajes "ausentes" de toda la literatura, mientras que "el hombre del pelo como el vilano del cardo", némesis de los magos, representa tan bien los excesos y el empleo irresponsable de la magia que, cada vez que haga acto de aparición (y no son pocas las veces en que esto acontece), será imposible no reprimir la angustia y el terror. La autora centra todo el suspense en estos dos sujetos con pericia, consiguiendo que el interés por la trama mágica no disminuya jamás y que por tanto, la novela no decaiga ni se resienta por una falta grave del ritmo. A ello contribuye muy meritoriamente, Vinculus, el profeta sospechoso de ser más de lo que todo el mundo espera de él, posiblemente la más inteligente creación de Clarke y el máximo responsable de uno de los más inesperados y brillantes desenlaces que haya tenido oportunidad de leer.

Susanna Clarke, autora de Jonathan Strange y el Señor NorrellSin embargo, lo que cautivará a quien se sumerja entre las páginas de este libro, lo que incontestablemente ganará incluso a los más exigentes de entre los sibaritas, será el modo en el que está contada la historia de la magia inglesa. En el universo del señor Norrell y de Jonathan Strange, existió una vez una disciplina respetada y temida por todos, que tuvo en John Uskglass, el Rey Cuervo, a su más significativo valedor. Con el paso de los siglos, y ante la racionalización progresiva del mundo, fue languidenciendo hasta extinguirse prácticamente. En el siglo XIX todos los magos son puramente teóricos hasta que Gilbert Norrell consigue hacer que las piedras de una catedral hablen y relaten su pétrea experiencia. Este gratificante episodio será el punto de partida de una historia que se articulará en dos frentes: el de la propia narración "oficial" y el de la paralela, todavía más importante que ésta. Será en las notas al pie de página, mecanismo escogido para articular esa historia simultánea, donde el lector del libro se contagie del entusiasmo con el que Susanna Clarke lo escribió, porque todos los índices bibliográficos, todos los apuntes cronológicos, los pequeños y deliciosos cuentecillos alegóricos y metafóricos, convergen en una única conclusión: la autora es una narradora maravillosa que sabe retener el interés de su público presentándole los hechos sin ambages, trampas ni cortapisas. Sin ofenderle. Escena a escena, va guiándole hasta ese indescriptible final sin moraleja, pero triste, muy triste.

Además de su contratada calidad literaria, "Jonathan Strange y el Señor Norrell" sobresale también por su belleza como objeto material. Está saturado de ilustraciones a carboncillo, realizadas con mano experta por Portia Rosenberg, en la línea de los volúmenes del siglo XIX. Al contemplarlas extasiado, el ojo avezado encontrará rápidamente semejanzas con los grabados de Doré o las litografías de Barnard; la sobria portada, el emblema heráldico de un cuervo negro, es mucho más sugerente que algunas de las filigranas con las que acostumbran adornarse algunos tomos. Es muy de agradecer, por inusual, que Salamadra haya respetado íntegramente el trabajo de la ilustradora.

No me queda más que recomendar encarecidamente la lectura de este libro soberbiamente escrito, magníficamente documentado y aún mejor contado. La experiencia valdrá la pena y, quizás, al concluirla, el lector esté en condiciones de responder a la pregunta: ¿Strangiano o Norrelliano?.

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