Posiblemente, cuando Paul Beatty (USA, Los Ángeles, 1962) ganó en 2016 el Man Booker Prize por “El vendido” (Malpaso, 2017; originalmente publicada en 2015), uno de los mayores premios a una novela en lengua inglesa, muchos se quedaron con la boca abierta. Y es que, puestos a imaginar a un/a escritor/a estadounidense merecedor/a de tamaño galardón, a casi nadie se le habría ocurrido el de este prácticamente desconocido -fuera de las fronteras de su país- autor afroamericano. Él fue el primer ganador norteamericano de este galardón. Un reconocimiento francamente merecido.

“El vendido” (Malpaso, 2017) es una novela extraordinaria. En primer lugar, porque pareciendo una novela en todos sus extremos, quizás no lo sea. Es cierto, posee personajes, una trama principal, hilos argumentales, un desarrollo creativo, una linealidad temporal, una continuidad espacial… Todos los requisitos que harían a este texto digno de la etiqueta de “novela”. Pero también es cierto que, bajo el capó de esta máquina ficcional, late una inmensa metáfora sobre la negritud en los Estados Unidos de América contemporáneos construida y levantada sobre los pilares del psicólogo William E. Cross Jr., autor del ensayo “The Negro-to-Black Conversion Experience” aparecido en 1971 y, desde entonces, referencia en cuanto a la transición psicológica del color a la raza.

En segundo lugar, el texto está entretejido por todas partes de reflexiones que engarzan con los textos y las teorías de William E. Cross Jr., tanto de su artículo clásico de 1971 como de otros textos relevantes posteriores; como sus otros trabajos también ya clásicos: Shades of black (1991) o Validating the Cross Racial Identity Scale (2002). Pues el núcleo de la trama ficcional es una reflexión sobre cuál es el sentido de la identidad negra, qué la define, cuáles son sus trazos constitutivos, cómo se materializa la inclusión-exclusión de sus miembros (o no-miembros, según sea el caso), y de paso cuáles son sus mecanismos de articulación inclusión/exclusión (quién queda fuera y porqué motivos).

En tercer lugar, para engañar a nuestros sentidos sobre su carácter ensayístico, Beatty escribe el texto a partir de herramientas humorísticas esenciales en el absurdo, la ironía y la comedia bufa. Sin ir más lejos, nuestro protagonista es un negro de clase media-baja habitante de la barriada de Dickens, en Los Ángeles, agricultor y vaquero del sur del estado, quién comienza la historia sentándose en el banquillo del Tribunal Supremo acusado de recuperar la segregación racial en las escuelas de Dickens y de esclavizar a una vieja estrella negra de la comedia infantil de nombre Hominy. La disrupción provocada por la incredulidad, la contradicción o la disonancia cognitiva de esta situación inconcebible hará saltar nuestras cabezas.

En cuarto lugar, el tono del texto no decae en ningún momento. La encomiable habilidad de Beatty para entremezclar ensayo y ficción es tal, que en ningún momento seremos capaces de discernir dónde empieza o acaba lo uno o lo otro. A esto ayuda una construcción de pesos y contrapesos sagaz, coherente y lógica. Donde todo personaje tiene un antagonista directo, con un discurso diametralmente opuesto, y cuyas interacciones no hacen otra cosa que redondear a través del debate dialéctico los dos argumentos aquí en liza: el racismo del padre de nuestro protagonista, de su antiguo amigo Foy Cheshire y su camarilla de colegas del “Dum Dum Donuts”, por un lado, y de nuestro protagonista y su amigo Hominy y demás compañeros de viaje, por el otro.

En quinto lugar, ambos polos representan una lucha que, aunque parezca particular a un contexto concreto como el de los Estados Unidos, realmente, en los términos como nos lo plantea Beatty, resulta extrapolable a contextos tan distintos como puede ser el nuestro, mismamente. La voz narradora es clara cuando, por varias veces, destaca que el problema real no es la “raza” sino la “clase”, no es la “identidad” sino la “pobreza”, y que todos los instrumentos ideológicos están orientados sobre la cuestión identitaria para borrar de un plumazo y para siempre que esto es, realmente, así. La cuestión clave no es “cómo somos” (algo que los clichés o los estereotipos sí podrían cubrir) sino “quién somos” (algo que solo cada uno de nosotros, a través de sus decisiones, es capaz de definir).

Tal es la transversalidad de este tema, que este ensayo-novela, en sexto lugar, se abre también a otros muchos temas relacionados: al racismo dentro de la comunidad negra (no solo respecto a la gente de “blanca” sino con los latinos o los asiáticos), a cómo en la búsqueda de mejores oportunidades influye la estructura social (la clase social de pertenencia y la movilidad interclase) incluso por encima de la raza, o cómo la corrección política ha coartado los debates sociales hasta hacer de la burda indignación o la simple mojigatería una puerta de entrada válida a nuevas soluciones para estos ya antiquísimos problemas.

Beatty utiliza la sátira y la ironía, el absurdo y la transgresión, para erigir un profundísimo análisis sobre los males de la sociedad contemporánea desde una perspectiva sagazmente constructiva, pues aúna magistralmente en un mismo texto y de forma coherente a presuntos enemigos irreconciliables como son: la denuncia y la propuesta, el análisis y la crítica, el ensayo y la novela. Y lo consigue, al mismo tiempo que extrae de nosotros a cada paso, incautos lectores, una carcajada y una mirada de asombro.

Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con un libro como con “El vendido” (Malpaso, 2017). Un humor transgresor de incalculable valor. No podría recomendarlo más encarecidamente por ser una historia divertidísima, inteligentísima, brutalmente provocadora y urgentemente necesaria. Porque, ahora que los –ismos parecen querer volver a intentar romper a la humanidad en parcelas de ser, conminándonos a centrar todas nuestras energías en defender una parte de nosotros en vez de defendernos globalmente como seres extraordinariamente ricos y complejos que somos, encontrar a una novela capaz de señalarnos y recordarnos que la humanidad sigue viva y está a nuestro alcance, es algo que merece la pena celebrar.

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