Un juego de caballeros

Julian Fellowes, creador de “Downton Abbey“, ha vuelto a la televisión. Lo ha hecho a través de Netflix. Con una miniserie de seis episodios, de entre cincuenta y cuarenta y cinco minutos cada uno, sobre los orígenes del fútbol. ‘Un juego de caballeros’ (originalmente titulada The English Game) se estrenó el pasado 20 de marzo, después de haberlo hecho en la televisión británica. Su historia comienza centrándose en dos hombres, en Arthur Kinnaird (interpretado por Edward Holcroft), capitán del club aficionado Old Etonians (sí, son antiguos alumnos del prestigioso Eton College) y uno de los directivos de la Football Association; y en Fergus Suter (Kevin Guthrie), trabajador escocés y prometedor futbolista que llega a la ciudad inglesa de Darwen para incorporarse al taller local de algodón y jugar en el equipo de la villa, del que es propietario el Sr. Walsh, dueño del taller.

Nuevamente, Fellowes nos lleva al final de la Inglaterra victoriana y al comienzo de la Inglaterra contemporánea. A ese momento de cambio dónde una sociedad muere y otra nace, cuando la vieja aristocracia británica deja paso a la emergente burguesía, y donde la clase obrera comienza a encontrar salidas profesionales distintas al telar y a la maquinaria pesada. En ese mismo momento estamos. Y estos dos hombres están liderando, cada uno en su extremo de la escalera social, su propia revolución por el cambio.

Lord Kinnaird pretende convencer a su padre de que el futuro ya no está en el rentismo sino en nuevos nichos de negocio y nuevas actividades económicas, al tiempo que desde su posición como apasionado e influyente dirigente futbolístico quiere dar paso al profesionalismo deportivo -dejando atrás el amateurismo actual imperante, dónde solo personas con recursos se pueden permitir entrenar y jugar en óptimas condiciones competitivas. Mientras que Suter llega de Escocia en la búsqueda de nuevas oportunidades, con la intención de vivir del fútbol, de convertirse en el primer futbolista profesional y, con ello, en la demostración -empírica y palpable- de que la clase obrera puede conseguir alcanzar nuevas metas a través de nuevas profesiones y actividades económicas.

Acabo de repetir dos veces “actividades económicas”. Lo sé. No ha sido casualidad. Porque en esta serie, el negocio es otro pilar fundamental. Kinnaird y Suter se mueven por el vil metal y, a su alrededor, lo hacen también otros personajes que buscan el máximo beneficio. Por ejemplo, el dueño del Darwen, el club que ficha a Suter (y a Love, su mejor amigo, que viene con él desde Escocia), lo hace aún sabiendo que las reglas de la competición lo prohíben expresamente. Y cuando Suter decide cambiar el Darwen por el Blackburn Rovers lo hace, igualmente, por dinero. Como también se mueve por dinero el propietario del Blackburn, quien acude a Suter, sabiendo también que era una decisión irregular, pero doblando la apuesta de Walsh -el Blackburn llega a pagar profesionalmente a más de la mitad de su plantilla-. Money everywhere.

Para dulcificar este retrato el guion acude al rol femenino clásico de la mujer cuidadora. Cada oveja con su pareja. Todas las mujeres de esta serie acabarán en un estado de felicidad mejor que al principio, gracias, entre otras cosas, a sus parejas masculinas. Y, por supuesto, a garantizarle un sustento a sus criaturas. La familia heteroparental clásica como vía para la realización personal. Original, ¿a que sí? Para que el cliché no chirríe demasiado, se deja un pequeño resquicio para el hombre sacrificado y dedicado a su trabajo que carece de familia conocida (el señor Walsh, propietario del Darwen FC); así como al hombre maltratador y alcohólico del que su familia reniega y que acabará, claro, saliendo públicamente trasquilado y por la puerta de atrás.

Un juego de caballerosY, como peso dramático alternativo, mientras la competición futbolística no puede tomar la tensión principal de la trama al no haber madurado suficiente todavía, se acude a la denuncia de las condiciones laborales en los telares; y del comportamiento deshonesto de ciertos miembros de la aristocracia más preocupados de su estatus social que de la justicia, el cumplimiento de la ley y la verdad. Con todo, llama poderosísimamente la atención que esta trama, tan importante al principio, desaparezca prácticamente por completo a partir de la mitad de la serie. Tanto es así que en The Cotton Master Club, donde desde el comienzo se reúnen los industriales del algodón de Lancashire para pactar precios y condiciones laborales (acordando recortar costes por la vía del salario), de repente, pasan a reunirse solo para acordar las condiciones de la competición entre sus clubes de fútbol. ¿Qué ha pasado con esa parte de la trama? ¿Y la lucha de clases? No queda de ella ni las cenizas. ¿Porqué?

Si los personajes y los clubes son reales, y si el contexto general lo es también, sí hay ciertos detalles que se han modificado; imposible saber con qué intención concreta. En la vida real, Lord Kinnaird no solo fue un influyente directivo inglés, también era un prestigioso jugador, y se aprovechó de tal doble condición para ocultar que una derrota de su equipo se había debido a un gol suyo en propia meta (una ocultación que estuvo vigente durante bastantes décadas). Fergus Suter, que en la serie llega de un telar para trabajar en otro telar, realmente era cantero.

Los uniformes de la serie tampoco son reales. De hecho, se han tergiversado históricamente: el Old Etonians vestía entonces un uniforme de estrechas rayas horizontales muy parecido al que la serie le asigna al Darwen FC; el color del Darwen es el rojo, cuyo color lleva en la serie el Blackburn; mientras que los colores reales del Blackburn son el azul celeste y el blanco, justo los colores que viste en la serie el Old Etonians. Que la verdad no destroce el guion, en una serie con evidentes trazos históricos y claramente basada en hechos reales, es algo que todavía sigue en discusión hoy en día.

Un juego de caballerosCon todo, como producto de entretenimiento, y aunque los capítulos centrales de la serie tienen un acentuado desorden que nos podría llevar a perdernos respecto a alguna de sus subtramas (la gestión de la dimensión “tiempo” aquí es, sin duda, de lo peor que he visto en mucho tiempo), la trama deportiva principal está bien llevada, el ritmo avanza con buen pulso y se puede ver del tirón en una tarde -perfecta para maratonear. La ambientación está cuidadísima. El juego de oposición para diferenciar la clase social de unos y otros personajes está muy bien llevado. Y la música, también como es habitual en los productos de Fellowes, aparece justo en los momentos de mayor tensión, para dejarnos clara la importancia de la escena y aportar al drama su valioso granito de arena.

‘Un juego de caballeros’ sería mucho mejor serie de la que es si no tuviese esa tendencia tan marcada a dulcificarlo y a edulcorarlo todo. Estamos en 1880-1882. Una etapa de la historia de Inglaterra que está muy lejos de ser dulce y ejemplar. Los protagonistas se mueven por dinero, actúan por dinero y evolucionan a partir de la búsqueda de más dinero -lo hace tanto la industria como la competición deportiva, en un punto de convergencia entre ambos hilos argumentales la mar de significativo-. Solo el conservadurismo moral imperante en la trama explica el intentar ocultar algo que está, escondido tras las telas de los uniformes futbolísticos, tanto presente en la serie como en los libros de historia.

De esta forma, estamos ante un Fellowes menor que, acomplejado y agazapado respecto a sus propios valores, recurre al fútbol y a la deportividad como vía para darles escape. Lástima de la oportunidad perdida porque la idea, sin duda, tenía mimbres para regalarnos una serie bastante mejor de lo que es.

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