
Kelly Andrew regresa al plano del terror con La muerte vive en mí. La novela publicada por Umbriel y traducida por Laura Castro Trullén juega con los espejismos de la mente y del egoísmo que se enraíza hasta la médula.
Desde el momento en que tuvo que hacerse cargo de las facturas médicas de su madre, Thomas Walsh tuvo que madurar de la noche a la mañana. Incluso si tiene que dejar sus estudios de lado, está dispuesto a hacer toda clase de trabajos. Por suerte —o por desgracia—, llega a sus manos una oferta que parece caída del cielo: hacer de intérprete exclusivo de una joven que no ha pronunciado ni media palabra desde que un incidente traumático le cambió la vida. Vivianne Farrow.
Lo que nadie sabe es que Vivianne Farrow está desesperada por escapar de la oscuridad que se adueñó de ella desde aquel fatídico día. Quiere recuperar el control de su voz, que se ha vuelto letal para quien la escuche, de su cuerpo y de su reflejo. Para ello recurrirá a lo que sea, incluso a un exorcismo quirúrgico que no tiene la bendición de nadie. Mucho menos de Thomas, del que tendrá que librarse si quiere conseguir que su plan tenga éxito.
La muerte vive en mí: donde las pesadillas convergen con la supervivencia
La novela nos presenta cómo lo sobrenatural se mezcla con lo intangible y lo imaginario con lo tangible, de forma que solo puedes anclarte a la esencia de las cosas para seguir adelante. Un concepto que Andrew ya dejó entrever en Tu sangre, mis huesos. Sin embargo, en La muerte vive en mí el secretismo y la ambigüedad circulan por ríos diferentes.
Tu sangre, mis huesos se aprovechaba del poder de los recuerdos distorsionados de tres niños distintos para aturdir y aterrorizar al lector, mientras que en La muerte vive en mí no hay punto de conexión entre los protagonistas más allá de un deseo desbordado por sobrevivir. A su vez, la oscuridad, la maldad, la corrupción o la avaricia siguen siendo puntos en común en la pluma de Andrew — y golpean igual de duro—, pero la monstruosidad y el instinto de supervivencia se reflejan de una forma más compacta.
Es bastante factible que Thomas Walsh y Vivianne Farrow te caigan regular tirando a mal, al menos de primeras. Walsh actúa antes de pensar, va de libro abierto cuando está más codificado que un mensaje secreto y tiene este rollo de «golpeo, luego existo» que pone de los nervios. Farrow está constantemente dando por saco a todo el mundo, planea las cosas a su conveniencia aún si eso puede ser un dolor para todos los demás y, en su desesperación, sus planes tan lógicos tienen la solidez de un ladrillo de barro sin cocer.
Para poner peor las cosas, sus defectos salen a relucir con más fuerza cuando se cruzan en el camino del otro. Porque se detestan, porque se atraen. Porque son un dolor en el culo digno de estudio.
Thomas está desesperado por hacer dinero para pagar las facturas, cubrir los estudios de su hermana y, si le queda algo, conseguir un colchón para lo que pueda pasar. Por eso hace todo tipo de trabajos, hasta de escolta chivato encubierto como intérprete. Incluso si eso implica saltarse algunas normas y poner en tela de juicio más de una inquietud moral.
Vivianne odia todo salvo el ballet y a veces ni eso le hace demasiada gracia. Salvo sus perros, todo podría irse el infierno. Y ella se siente a las puertas. Así que decide saltarse los sentimientos de todo el mundo y cualquier ápice de sensatez para mantener esa puerta cerrada un poco más.
Es difícil no empatizar con el dolor y la desesperanza de ambos cuanto más se conocen, cuanto más nos dejan entender sus respectivas historias, sus traumas y pesadillas. Con todos sus defectos por delante, se vuelven unos personajes muy sólidos que avanzan como pueden por una historia terrorífica.
Andrews deja varias cosas en el aire, algunas porque esa misma ambigüedad las vuelven más monstruosas; otras porque así puede mantener un camino abierto entre lo psicológico y lo físico, entre la monstruosidad y la humanidad.
La muerte vive en mí explora pasajes oscuros del ser humano desde el plano del terror y la resiliencia, la familia como vínculo que muta de forma constante, y la voluntad como expresión de amor.
























