Enero de 1983. Tras dos años de actos vandálicos y terroristas de pequeña intensidad, la organización Sendero Luminoso inicia su lucha violenta contra el estado peruano. En los meses siguientes, ambas organizaciones políticas disputarán a cara de perro el control del país.

La lucha se ceba, especialmente, con el departamento de Ayacucho. Allí habrá secuestros, torturas, violaciones, muertes y asesinatos. Los cadáveres podían encontrarse en las cunetas, despedazados e indignamente dispuestos, para escarnio del rival, y ante la estupefacción de las familias, quienes recorrían las carreteras -con dispar suerte- buscando los cadáveres de los suyos para darles sepultura.

Esta guerra soterrada, aparentemente todavía hoy activa por una pequeña facción senderista, fue abiertamente violenta durante años. Más de una década. En concreto, desde 1980, cuando se fundó Sendero Luminoso e inició sus primeras actividades, hasta 1993, cuando se firma un acuerdo de paz tras haber descabezado a la organización senderista de sus principales líderes en la Operación Victoria (1992).

En 2000 se establece una Comisión de la Verdad y la Reconciliación para investigar todo lo sucedido en el período 1980-2000. Su informe final arroja cifras espeluznantes: estima una cifra de víctimas totales de 69.280 personas, de todas ellas se ha podido identificar solamente a 23.969, mientras que otras 45.311 permanecen sin identificar. Un conflicto al que contribuyeron no solo ambos bandos, sino también otras organizaciones civiles y paramilitares, identificadas y sin identificar, a las cuales el informe les atribuye el 24% de las víctimas.

Este es uno de los acontecimientos que más ha marcado al país en los últimos tiempos. Pero todavía nos faltaría por sumar la lista interminable de líderes corruptos, los recurrentes escándalos causados por esta jauría depredadora, así como las demás masacres y asesinatos vinculados directa o indirectamente con el poder del país; sobre todo durante los mandatos de Alberto Fujimori.

La hora azul (Literatura Random House, 2018; aunque originalmente publicada en 2005 tras haber sido galardonada con el Premio Herralde de ese año) nos lleva de vuelta a este contexto a través de Adrián Ormache, un reconocido abogado y de buena posición social, copropietario y socio de uno de los despachos más prestigiosos de Lima. Adrián es un afectuoso padre de familia, marido devoto, buen hijo y excelente profesional.

Todo en su vida parece estable. Hasta que muere su madre, Adrián abre el baúl dónde ella tenía todos sus recuerdos bien guardados y, de repente, un pasado olvidado emerge a la superficie para trastocarlo todo. A partir de ese momento, su vida inicia un nuevo camino de descubrimiento y dolor, expiación y reconciliación.

Alonso Cueto (Lima, Perú, 1954) utiliza para esta novela una trama general de esquema más que reconocible: un hijo descubre, a la muerte de alguno de sus parientes más cercanos, algo sobre su pasado que lo lleva a investigar sobre su identidad y, durante este proceso, se replantea su vida futura y cambia su destino. Son incontables las obras, de todo tenor cultural (narrativa, teatro, cine, cómic…), que siguen este esquema.

Pero en este caso, además, el autor posee la habilidad de aderezarlo con otros hilos argumentales que enriquecen la trama y la dotan de personalidad propia.

Porque aquí no se trata solo de que Adrián reestablezca su propia identidad, sino de que recomponga los lazos sentimentales que lo ataban con los miembros de su familia que han participado en ocultarle ese pasado traumatizante; su padre y su madre. Este secreto resulta ser para Adrián, además de algo vergonzante, una seria amenaza para su prestigio profesional, su posición social y su estabilidad familiar.

Cada paso adelante en la investigación sobre ese pasado traumático será un riesgo cierto para su estabilidad presente y futura, además de la oportunidad para conocer una parte de la Historia de su país que parecía olvidar (conscientemente) o desconocer (inconscientemente) mediante su relación con personas que experimentaron en carne propia aquellos tiempos de violencia y muerte en Ayacucho.

A dotar de ritmo y coherencia a estos hilos argumentales contribuye, decisivamente, el que sea una historia narrada en primera persona. La voz de Adrián nos deja claro desde el principio que su realidad ha experimentado un cambio profundísimo.

El centro de interés de la narración está, por tanto, en el descubrimiento progresivo de ese proceso transformativo. Un descubrimiento del que Adrián tiene todas las claves temporales, espaciales y de perspectiva. Lo que dota al tono narrativo de una intensidad, una gravidez y una densidad que llega por veces a sobrecoger; especialmente en aquellos momentos de mayor tensión o incertidumbre.

Esta primera persona consigue atraparnos en la trama.

No obstante, ese dominio de la perspectiva también implica algún que otro salto en el vacío. Los cambios de foco pueden llegar a ser bruscos y delimitados con brocha gorda. El manejo del tiempo resulta a veces impreciso, sobre todo en los momentos de mayor intensidad física y/o emocional. E, incluso, la intensidad narrativa se diluye en los fragmentos más innecesariamente descriptivos, para recuperar pronto su intensidad con la introducción de repentinos cambios de ritmo.

Con todo, la novela puede mantener constantemente la atención del lector, controlando a la perfección ese ritmo y ese tono de un Adrián que sabemos amargado, dolido y preocupado desde el principio. No permitiéndonos olvidar nuestro objetivo de descubrir de su mano los secretos y las motivaciones que explican este cambio. Y, quizás, solidarizarnos (o no) con él.

La hora azul (Literatura Random House, 2018) resulta ser un texto complejo que destila trazas de los géneros policial, sentimental e histórico, en una trama organizada alrededor de un esquema reconocible, pero con la habilidad de desarrollarla a través de temas e hilos argumentales nuevos. Entre ellos destaca la violencia política ejercida en Perú, especialmente durante el período cruel de 1983-1984. Mostrándonosla a través de sus protagonistas y de las consecuencias que esta violencia causó (y sigue causando) tanto en sus vidas como en la vida cotidiana del país entero.

A esto añadimos un discurso del protagonista, por edad perteneciente a una generación que no conoció estos sucesos, cuyas mochilas parecen transportar un mensaje de expiación a través de la memoria. Conminándonos a recordar para que tales sucesos jamás vuelvan a repetirse.

Ojalá fuese tan fácil.

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