Hay cosas que a fuerza de repetirlas, acaban convirtiéndose en hábitos. En mi caso, escribir sobre el apartado gráfico de los cómics hacia el final de las reseñas. Sin embargo, en ocasiones cae en mis manos una obra que me obliga a sacudirme el polvo de la costumbre y romper la pauta, como “Fantasmas”, de Sam Kieth.

Publicado entre marzo y junio de 2010 en los números 40 a 43 de Batman Confidential (serie dedicada a los primeros años de Batman tras “Batman: Año Uno”, en la que diferentes autores se encargan de cada arco), y recopilado ahora por ECC Ediciones en un tomo único dentro de su línea Grandes Autores de Batman, en “Fantasmas” el dibujante de The Maxx o Zero Girl toma también las riendas del guión para, ayudado por José Villarrubia al color, ofrecer una versión del Caballero Oscuro que estilísticamente convierte al “Batman: Año 100” de Paul Pope en canon.

Aprovechando una historia que juega constantemente a confundir realidad e ilusión, el artista estadounidense crea un Batman y una Gotham oníricos mediante la utilización de diferentes técnicas de dibujo y coloreado. De este modo, un Batman hipertrofiado se intercala con versiones abocetadas del mismo en un conjunto caricaturesco en continua e intencionada desproporción, tan basto unas veces como elaborado otras. El color, nunca intenso —acrecentando la sensación de movernos en el limbo entre sueño y realidad—, agradece mucho el cambio de texturas y tonalidades.

La Gotham recreada por Kieth es un continuo de callejones oscuros y sucios, por los que tenemos la impresión de ir arrastrándonos para descubrir la verdad y desentrañar el misterio. Algo a lo que sin duda contribuye la ausencia de cualquier plano general de la ciudad que nos permita levantar la vista de suelo. En este sentido, se echa de menos que Kieth no se haya lanzado, salvo algún tímido esbozo, a darnos en “Fantasmas” su versión del skyline de Gotham, terreno en el que su arte hubiera brillado sobremanera.

Todo lo que el apartado gráfico suma a “Fantasmas”, lo resta el guion. Kieth plantea una historia de base detectivesca en la que Batman debe averiguar cómo detener a un fantasma con gusto por el eau de azufre que está devorando a los mendigos de Gotham. Para ayudarlo, el agente Gordon le habla de Callie Sarah Dean, una asistente social ciega que trabaja con la mayoría de los mendigos de la zona donde se han cometido los últimos asesinatos. Junto a ella, el hombre murciélago tratará de dar caza al fantasma –y viceversa— mientras entre Callie y él va surgiendo una amistad que se mueve entre la friendzone y el amor trágico.

Si la figura del fantasma funciona como símbolo del poder destructivo del remordimiento y para abordar el tema fundacional del personaje, la muerte de sus padres; la relación entre Batman y Callie no acaba de cuajar ni a nivel de trama ni romántico, con momentos más propios de una noveleta rosa que de un cómic del Caballero Oscuro.

En cuanto a la parte detectivesca, la introducción del elemento fantástico influye decisivamente en su desarrollo, difuminando partes de una investigación que se apoya en los encuentros de Batman con el fantasma para avanzar. Con todo, Kieth consigue dar un final satisfactorio a la trama principal a pesar de la desconcertante aparición de Callie en las páginas de cierre, sin impacto aparente en la resolución del misterio, pero sí en la reflexión general acerca del destino a la que parece invitarnos el artista.

En la propia contraportada del volumen de ECC Ediciones, se describe a “Fantasmas” como una de las versiones más melancólicas, desoladas y tiernas del Caballero Oscuro; un cómic difícil de clasificar, evocador, en el que el arte de Sam Kieth y las sensaciones que despierta en el lector permanecerán incluso después de haber desaparecido el olor a azufre.

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