Imaginad Londres como si fuese un enorme tablero de 8×8 que alterna casillas blancas y negras, como el que tenéis a la derecha. En sus calles empieza a jugarse una partida de ajedrez iniciada por Cástor, quién mueve las blancas, y el Gran Maestro español Arturo Muñoz moviendo las negras para Scotland Yard. Nadie sabe quién es Cástor, solo que utiliza anuncios para comunicarse y que es muy peligroso. Tanto que no se atreven a desobedecer sus normas y una de ellas es que su contrincante sea el ajedrecista español que he nombrado antes.

Aunque gran parte de la trama gire en torno al ajedrez, lo primero que tenéis que saber es que no se necesitan conocimientos sobre este deporte para seguirla. Si ya lo sabéis, bien, y si no, todo está explicado en la novela y hay diagramas que muestran el estado de la partida con cada movimiento para que nadie se pie

Cuando empiezas a jugar al ajedrez aprendes rápido que cada pieza tiene un valor. Existe hasta una escala para cuantificar ese valor, aunque luego cada ajedrecista tiene su estilo y favorece unas piezas sobre otras, por ejemplo hay quién prefiere los caballos a los alfiles o como el caso de Arturo en la novela, que es incapaz de jugar sin el alfil de casillas negras. ¿Por qué os cuento esto? Porque es precisamente el sistema que utiliza Cástor para decidir la cuantía de sus asesinatos. Cuanto más importante es la pieza que sale del tablero, más son los inocentes que mueren a cambio.

Además, hay otras dos historias secundarias que son importantes para el final. La primera está ambientada en los años 70 y cuenta momentos de la niñez de Arturo en su pueblo natal de Monroca, cuando se descubrió su talento para el ajedrez. La segunda es la historia de Ander Sukalde, un niño vasco, es enviado a Inglaterra por su madre en 1937 para protegerlo de las represalias franquistas contra su padre, activista contrario al régimen.

Personalmente, he disfrutado mucho de esta novela que me ha recordado los años en que jugaba al ajedrez. Ya solo con la temática, este libro me tenía ganada y la verdad es que no me equivocaba. Pero… y es que al final raro es el libro que no tiene al menos un pero, tengo que admitir que algunos capítulos de los centrados en el pasado se me han hecho pesados. Sobre todo me pasaba con la parte de Ander, que a veces me sacaba de la historia porque no veía la relación que tenía con todo lo demás. Y os aseguro que la tiene. Todo está atado y bien hilado para que el final solo tenga sentido al juntar las tres historias.

En resumen, se trata de una novela negra con una ambientación original que mantiene la intriga. Hacia la mitad del libro es posible hacerse una idea sobre la identidad de Cástor, pero siempre queda algo de incertidumbre hasta el momento en que el autor revela su verdadera jugada. Y tiene un pequeño easter egg para los que hayan leído alguna de sus otras novelas.

Ricardo Alía pasó su infancia en Rentería, Guipúzcoa. Dejó de competir en torneos internacionales de ajedrez para concluir sus estudios y acabó licenciándose en Ciencias Químicas por la Universidad del País Vasco. En la actualidad trabaja como químico en Barcelona, ciudad donde reside junto a su familia. Su primera trilogía refleja su pasión por la química, mientras que en su nuevo trabajo se centra en su afición por el ajedrez. Hasta ahora todas sus novelas han sido publicadas por la editorial Maeva, dentro de su colección para novela negra y policíaca Maeva Noir.

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