La ya bien asentada Biblioteca de Clásicos Policiacos de Ediciones Siruela fija por primera vez su atención en la literatura francesa de ese género — entendido en un sentido amplio— con una deliciosa antología de relatos breves que recorre más de un siglo de producción literaria en Francia.

 

En las miles de páginas que suman los catorce primeros libros reunidos en la Biblioteca de Clásicos Policiacos de Ediciones Siruela, solo recuerdo tres ocasiones en las que alguno de sus personajes pisara suelo francés. Y en los tres casos se trataba de incursiones temporales para abastecerse de narcóticos, seguir el rastro de una pista o alejarse del escenario de un desengaño amoroso despachadas en unas pocas páginas.

Y es que siguiendo la corriente anglófila que predomina en lectores y editores españoles en lo que respecta a narrativa detectivesca todas esas novelas pertenecían al ámbito literario anglosajón.
Obras ambientadas principalmente en Inglaterra aunque también en Estados Unidos y salidas de la pluma de autores principalmente británicos aunque también norteamericanos y neozelandeses— durante las primeras décadas del siglo pasado.

«Crímenes a la francesa. Una antología», recientemente publicado por Siruela como decimoquinto título de la Biblioteca de Clásicos Policiacos, viene a saldar esa deuda con una gran tradición literaria criminal como es la francesa.
Se trata de una antología bien seleccionada, clarificadoramente prologada, impecablemente traducida y oportunamente anotada por Mauro Armiño, gran conocedor de la literatura gala y respetado traductor, cuyo trabajo acumula numerosos premios y reconocimientos.

En las veinte páginas de un prólogo que ningún aficionado al género puede saltarse, Armiño explica cómo la literatura en Francia ha dado cuenta de las malandanzas de forajidos y facinerosos a lo largo de los siglos, remontándose al medievo y deteniéndose en los años anteriores al estallido de la Segunda Guerra Mundial, cuando la novela negra de la que no se ocupa esta antología se impuso también en tierras galas.

«[…] la creación del suspense en el lector exige: un misterio que encubra al autor o a los autores, explique las causas y ofrezca un desenlace para reparar el orden social, o justificarlo a pesar de ese orden.» escribe, con certera capacidad de síntesis, el autor en la introducción.

 

Veintiún relatos, de quince autores, se incluyen en el libro:
Carta desde Calabria, de Paul-Louis Courier; Mateo Falcone, de Prosper Mérimée, La Grande Bretèche, de Honoré de Balzac;  El armario de caoba, de Alexandre Dumas; El viejecito de los batignolles, de Émile Gaboriau; Deshoulières, La obra maestra del crimen y Los dos retratos, de Jean Richepin; El barrilito, de Guy de Maupassant; El cuarto de hotel y El enigma, de Jules Lermina; ¡Pobre Césarine! y La búsqueda de la desconocida, de Alphonse Allais; La tisana, de Léon Bloy; Las bocas inútiles, de Octave Mirbeau; La desaparición de Honoré Subrac, de Guillaume Apollinaire; El hacha de oro y La cena de los bustos, de Gaston Leroux; El asesino, de Charles-Louis Philippe;  El chal de seda roja y El hombre de la piel de cabra, de Maurice Leblanc.

La antología comienza con un delicioso relato de Paul-Louis Courier, escrito en 1807, en plena la época napoleónica. Un tiempo de viajes a caballo que propician una breve historia que aúna magistralmente crimen y humor.

Concluye con un no menos delicioso homenaje del conocido escritor Maurice Leblanc al celebérrimo relato de Edgar Allan Poe Los crímenes de la calle Morgue.
Protagonizado por su personaje más conocido, Arsène Lupin, fue escrito en 1927 y el automóvil, como signo de los tiempos, juega un papel importante en la historia.

Entre ambos, otros diecinueve relatos muy variados e ilustrativos de la abundantísima producción literaria de género criminal, policiaco, detectivesco, de misterio, de enigma, de suspense… aparecida en Francia durante los ciento veinte años que los separan.

Algunos son obra de grandes nombres de las letras francesas —Alexandre Dumas, Honoré de Balzac, Guy de Maupassant… otros, de notables figuras del género policiaco —Émile Gaboriau, Gaston Leroux, Maurice Leblanc— y otros, de autores menos conocidos —Jean Richepin, Jules Lermina, Alphonse Allais…— cuya creación literaria ha sido raramente traducida al castellano.

Armiño ofrece en las últimas páginas del libro unas concisas biografías de los autores que aparecen en esta antología. Procura en ellas dar cuenta de su obra traducida, prestando especial atención a los relatos y ocupándose más de la de los autores menos conocidos, pues la de los grandes nombres es fácilmente accesible.

(A este respecto, me gustaría aportar mi pequeño granito de arena.
Se dice en el libro, con respecto a Arsène Lupin, que “Difundido en España durante buena parte del siglo XX, el personaje de Leblanc ha desaparecido hace tres décadas de las librerías”.
Lo cierto es que, entre 2004 y 2007, la editorial Edhasa publicó cinco gruesos volúmenes en tapa dura con las aventuras del personaje, numerados y agrupados con el subtítulo Las aventuras de Arsenio Lupin, ladrón de guante blanco. Tuvieron una razonablemente buena distribución y a mí me sirvieron para acercarme con cierta sistematicidad al personaje)

Algunos de los relatos breves incluidos en esta antología son obra de grandes nombres de las letras francesas; otros, de notables figuras del género policiaco y otros, de autores menos conocidos cuya creación literaria ha sido raramente traducida al castellano.

 

Como objeto físico, este libro de trescientas cuarenta páginas se maneja y lee con facilidad.
El continente está a la altura del contenido.

Lleva la característica encuadernación en cartoné negro de la colección y una evocadora y elegante ilustración de época en la cubierta,  cuyo diseño gráfico es obra de Gloria Gauger.

Es esta ocasión, su tamaño es el mayor de los dos que, dependiendo de la extensión de la obra, se alternan en la Biblioteca de Clásicos Policiacos: 24×15 cm.

 

 Mauro Armiño (1944) es escritor, periodista, crítico literario, teatral y traductor.
Nacido en Burgos y criado en el País Vasco, se trasladó a Madrid para estudiar Filosofía y Letras en la Universidad Complutense.

Ha ejercido el periodismo y la crítica literaria y teatral en diversos medios de comunicación, escritos y radiofónicos, y muchas de sus traducciones y versiones teatrales han sido llevadas a los escenarios.

Su labor de traductor se ha centrado sobre todo en la cultura francesa: autores teatrales como Pierre Corneille, Molière, Beaumarchais, Edmond Rostand, y Albert Camus; filósofos de la Ilustración como Rousseau, Voltaire, Giacomo Casanova, el marqués de Sade; poetas como Arthur Rimbaud, y escritores como Maupassant, Honoré de Balzac, Émile Zola, Marcel Proust, Alejandro Dumas, Julio Verne, o Claude Lévi-Strauss, entre otros.

De cultura inglesa ha traducido a Edgar Allan Poe, George Eliot, Nathaniel Hawthorne y Oscar Wilde.

Ha sido distinguido en Francia como Caballero de la Orden de las Artes y las Letras, y galardonado en España con el Premio de traducción Fray Luis de León y el Premio Nacional a la mejor traducción.

 

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