Esta novela histórica es más que una crónica de la gran expedición de Francisco Vázquez de Coronado por el suroeste de lo que hoy son los Estados Unidos de América. Es una panorámica amplia, profunda, poliédrica y esclarecedora de la realidad del Nuevo Mundo a mediados del siglo XVI.

 

“En toda empresa hay dos ingredientes: el apetito de ejecutarla y el temor del peligro que ocasiona. ¿Cuál es ante ellos nuestro primer movimiento, antes de toda reflexión y razonamiento? ¿Puede en nosotros más el apetito de hacer o el temor que invita a eludir? Llamo espíritu guerrero a un estado de ánimo habitual que no encuentra en el riesgo de una empresa motivo suficiente para evitarla.”

Ese texto de Ortega y Gasset —perteneciente al capítulo Ideas de los castillos: espíritu guerrero, de sus Notas del vago estío, incluidas en el El Espectador V— me vino a la memoria mientras leía Coronado, la nueva novela de Ignacio del Valle, publicada recientemente por Edhasa.

Me lo recordaron Francisco Vázquez de Coronado y quienes lo acompañaron en su expedición del año mil quinientos cuarenta por el suroeste de lo que hoy son los Estados Unidos de América.
También los habitantes indígenas de aquellas tierras, que se enfrentaron a los españoles llegados del otro lado del océano y vieron cambiar su mundo para siempre.
Y también el propio autor, pues no es empresa pequeña contar la historia de todos ellos de la manera en que está contada en este libro.

Aquella gran expedición —una proeza logística de su época, que incluía el apoyo de navíos desde el mar— iba en busca de la legendaria Cíbola (y aún siguió en pos de la no menos espectral Quivira).
Una ciudad de mito cambiante que atesoraba, supuestamente, enormes cantidades de oro, plata y piedras preciosas.
Prendió la mecha exploradora un franciscano, fray Marcos de Niza, que sostenía haberla avistado en una expedición anterior. Él guiaba de vuelta a aquellas tierras al grupo humano que lideraba Coronado.

Los movía más la riqueza que la gloria, y más ambas que el afán evangelizador: oro, plata, repartimientos, encomiendas, esclavos… eran su objetivo.
El trabajo como colonos agrícolas o ganaderos no formaba parte de la mentalidad de aquellos hombres, herederos de una tradición combatiente forjada durante la guerras peninsulares contra los moros.
Las armas, no los aperos ni los ábacos, eran sus herramientas de trabajo. En ellas depositaban su esperanza de fortuna y ascenso social. Y las expectativas, más que ambiciosas, eran ilimitadas.

 

«Contemplaron como uno de los señores se enfrentaba ferozmente a cinco chichimecas de rostros pintados con colores de pesadilla, ensartó a uno con su espada y a otro le cortó los dedos cuando alzaba un hacha de pedernal, pero acabaron por abatirlo alanceándolo y aporreándolo, y aún moribundo uno de ellos le bajó las calzas y empezó a sodomizarlo mientras otro lo degollaba con presteza.»

 

Es precisamente otro fraile franciscano, fray Tomás de Urquiza, el personaje elegido por Del Valle como narrador. Un hombre complejo y contradictorio, que aúna lo espiritual y lo terrenal, lo renacentista y lo medieval, al inquisidor y al pecador.
A través de su mirada, el lector asiste al drama y la maravilla de aquella exploración de los territorios ignotos al norte de Nueva España, donde fueron los primeros europeos en ver las grandes manadas de bisontes y el Gran Cañón del Colorado.

Pero no se limita su papel al de mero testigo de los hechos, narrados dos décadas después: sus digresiones convierten el relato en una verdadera crónica de las Indias del Nuevo Mundo de mediados del siglo XVI. El contexto histórico, el entorno político, el basamento ideológico, el sustrato social y cultural… y sus protagonistas.

Es la crónica cruel de un mundo cruel, y Del Valle no escatima muestras. La violencia, el dolor y la muerte son algo omnipresente y cotidiano. No hay maniqueísmos y, aunque los personajes no son inmunes al horror, un halo de dureza fatalista los rodea.

Nada se le ahorra al lector, ni se edulcora, ni se estiliza:
Combates feroces, sin piedad para los vencidos, entre los expedicionarios y los pueblos indígenas hostiles que encuentran a su paso.
Canibalismo, y no solo del enemigo, sino también de los indios aliados, conocido y tolerado por los españoles.
Saqueos, torturas, violaciones, ajusticiamientos sumarísimos y ejecuciones ejemplarizantes.
Ardorosos autos de fe del Santo Oficio.
Enfermedades devastadoras, llevadas por los europeos al Nuevo Mundo.
Fatalidades cotidianas, como encuentros con fieras o accidentes de caza o de guerra.

Y si la violencia es cruda, el sexo no lo es menos. En las vidas de estos casi coetáneos de Garcilaso de la Vega no había mucho lugar para el amor cortés. Para los indios, por su parte, los tabúes europeos al respecto les resultaban algo totalmente ajeno.
Abundan los ejemplos en el libro, contados con la naturalidad de lo explícito.

 

«…y así los españoles comenzaron a cazar, y puedo contarlo exactamente porque yo lo vi (…). Había que echarle cojones para matar un bisonte a caballo y lanza: debían cabalgar a su altura y clavarle el hierro con una sola mano, entre las costillas, atravesándole los pulmones hasta el corazón Se empleaba todo el peso del cuerpo para hincarla, e incluso el cuerpo del animal.»

 

Hay en las páginas de esta novela histórica —no hay que olvidar que, pese a toda la tarea de investigación sobre la que se construye, se trata de una obra de ficción— un cierto aroma depurado de crónica antigua en expresiones, cadencias, tonos… Pero, si bien puede evocar el espíritu de las viejas crónicas, lo hace desde el presente: ha sido escrita hace unos meses, no unos siglos, y para ser leída hoy, no entonces.
Escapa así el autor a la tentación de una recreación historicista, que tan a menudo acaba pareciendo impostada al lector contemporáneo atento.

Una última reflexión, a modo de consejo a quien emprenda el viaje de leer esta novela: Coronado es una obra que da mucho, pero que exige dedicación lectora a cambio.
Sus casi quinientas páginas son densas. Incluso visualmente, con letra de moderado tamaño y líneas compactadas. Buenas para llenar muchas horas gozosas de sillón orejero.

La calidad de la edición es la habitual de la editorial Edhasa, muy buena.
Está encuadernado en cartoné de tacto verjurado y dos tonos de color. Un bajorrelieve grabado en plata en vertical muestra el título de la obra en cubierta y lomo.
El interior está a la altura, con guardas que reproducen en blanco y negro un mapa de las regiones recorridas por la expedición de Coronado. Se incluye una cinta de seda como punto de lectura.
La bella sobrecubierta, obra de Estudio Calderón, es la imagen de un conquistador con coraza y morrión.

 

 

Ignacio del Valle (Oviedo, 1971) vive en Madrid y se dedica por entero a la literatura. Tiene una tribuna semanal en el diario El Comercio y colabora con El viajero de El País, entre otras publicaciones. Actualmente dirige la sección cultural “Afinando los sentidos” en Onda Cero.

Por otro lado, es autor de la serie de suspense histórica protagonizada por Arturo Andrade, formada por cinco novelas: El arte de matar dragones. El tiempo de los emperadores extraños -llevada al cine como Silencio en la nieve-. Los demonios de Berlín. Los días sin ayer y Soles negros, todas publicadas por Alfaguara. Además tiene en su haber las novelas De onde vienen las olas (1999), El abrazo del boxeador (2001), Cómo el amor no transformó el mundo (2005), Busca mi rostro (2012), Índigo mar (2017), y el libro de relaos Camiando sobre las aguas (2013).

Con su producción literaria ha ganado varios premios nacionales y sus obras están traducidas a varios idiomas. Coronado es su primera novela publicada en Edhasa.

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