Tan poca vida, de Hanya Yanagihara: su lectura nos deja exhaustos, boquiabiertos y temblorososEstamos ante una novela radicalmente diferente a la mayoría. Posiblemente, en muchos aspectos, única e incomparable. Si listásemos todos los riesgos asumibles por una novela, los charcos a evitar, por el riesgo que suponen para cualquier pluma, nos daríamos cuenta que todos, o prácticamente, están aquí. Con la diferencia, asombrosa y emocionante, de que Yanagihara parece entrar en todos estos charcos con confianza, a posta y a sabiendas, para salir después de ellos con una solvencia apabullante. Pues ni estamos ante una voz narrativa clara y diáfana. Ni estamos ante una estructura lineal en lo espacio-temporal. Ni los personajes tienen un equilibrio en su descripción o en su construcción o en su coherencia. Pero no importa. Porque todas estas diferencias están justificadas, tiene un motivo, y cuando uno lee la última página acaba comprendiendo perfectamente los porqués.

El resultado más palpable de esta diferencia son las emociones que asaltan a uno mientras la lee, el conjunto de reacciones a cada paso, a cada salto, en cada avance de la trama. Hanya Yanagihara (USA, Los Ángeles, 1975) ha arriesgado en "Tan poca vida" (Lumen, 2016) como pocos autores lo han hecho hasta ahora. En la recreación emocional de los personajes es descarnada, cruda, explícita y expositiva, incluso algo cruel en ciertos puntos; pues personajes cohibidos hasta entonces, se desnudad y descarnan con una especial intensidad.

También juega con el lector en cuanto al contexto emocional predominante en los distintos puntos de transición y equilibrio de la trama. Mientras pasamos de un punto de la historia al siguiente, vamos accediendo a contextos empáticos y emotivos que pueden llegar a ser radicalmente diferentes, incompatibles el uno con el otro, yendo a tumbos de la ternura al odio, del miedo al cariño, del asco a la pasión. La lectura nos deja así exhaustos, boquiabiertos y temblorosos.

La trama ha sustituido su forma habitual de la progresión lineal por los círculos concéntricos. En el centro se coloca a un solo personaje, Jude, quién servirá de referencia para todos los demás personajes, quienes, pivotando a su alrededor, y con un grado de proximidad y/o conocimiento mayor o menor -dependiendo de quién sea el personaje en cuestión-, elaboran su propia historia siempre en relación a un Jude cuyas aristas se nos van así perfilando y explicando poco a poco. De esta forma, lo que nos queda, cuando acabamos el libro, es un Jude completamente desnudo, a quién conocemos extraordinariamente bien tanto por dentro, como por fuera. Si se nos presenta como un personaje discreto, cuyo traumático pasado lo mantiene mudo y huidizo, acabamos el libro habiéndolo desnudado en cuerpo y alma ante nuestros ojos.

Y tantas emociones, tanto riesgo narrativo, una lectura tan acongojante… ¿para qué?

El sentido de esta novela es la práctica de una intensa exploración sentimental del nuevo ser humano del s. XXI; pero de una forma también muy distinta a lo más habitualmente leído. En concreto, Yanagihara analiza y discute dos conceptos clave del s. XX y pasados, hasta ahora incluso dominantes -aunque en serio declive-, como son los de familia y masculinidad. Y la forma de discutirlos en "Tan poca vida" es extirpándoles sus límites, desdibujándolos respecto a su sentido concreto pasado, hasta mostrarnos su absurdo contemporáneo. Aquí, lo común es mostrar a esta nueva humanidad como radicalmente individualizada, extirpada de su contexto y sus semejantes, alienada respecto a todos y a todo. Sin embargo, Yanagihara opta justo por el camino opuesto: tiende puentes empáticos profundos entre personajes no solo radicalmente distintos entre sí, sino incluso hasta entonces desconocidos y/o sin aparente relación.

Estos lazos hiperempáticos se observan claramente en todos los personajes secundarios respecto a Jude. Al ser él el epicentro, todos mantienen una relación con Jude y también una relación entre sí gracias a Jude. Esa red emocional se extiende hasta sus propias vidas, contradiciendo así al concepto contemporáneo de “amistad” -que la entiende como algo líquido e intrascendente-, superando al concepto de “familia” -demostrando que la relación filial carece de sentido- pero, sobre todo, dinamitando al concepto estereotípico de “masculinidad” -descrito como un rol desprovisto de habilidades emocionales-. De esta forma, se expone la humanidad emocional como un contrario a la humanidad “alienada”. Aquí accedemos a un sentido presente, vivo, real, del sentido de la pertenencia y de la solidaridad, del dolor y del sufrimiento. Frente a una descripción de la persona robotizada, Yanagihara nos regala una novela dura y tierna a la vez, esperanzadora pero triste, indignante pero alegre, radicalmente humana.

Tan poca vida, de Hanya Yanagihara: su lectura nos deja exhaustos, boquiabiertos y temblorosos

Quizás su rareza, en este mundo literario-creativo tan clónico, exija algún esfuerzo inicial. Resulta normal que un lector acostumbrado “a lo de siempre”, necesite algún tiempo para adentrarse con comodidad en un texto tan diferente a cualquier otro. Pero, sin duda, el esfuerzo será corto y merecerá muy mucho la pena.

Porque "Tan poca vida" (Lumen, 2016) es una novela maravillosa: audaz e inteligente en su escritura, atrevida y emocionante en su planteamiento, universal e íntima en sus hilos narrativos e historias. Hasta el punto de resultar case imposible permanecer impasible durante la lectura. En mi caso, he de confesar, me ha mantenido en tensión y pegado a sus páginas (1002, en concreto) durante unos intensísimos días que se me han pasado (casi) a la velocidad de la luz. La que, para gran parte de la crítica especializada y premios literarios, ha sido una de las mejores novelas de 2015, llega a España ahora para confirmarse no solo como una inmensa novela si no, y especialmente, como una experiencia literaria única y digna de ser vivida.

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