El regreso de un gran clásico del género negro… A todo colorY no os lo digo porque sea un amante de lso clásicos, sino porque, además de presentarnos todos los clásicos del género (ya sabéis: la femme fatale, el ex policía venido a menos que se gana la vida como detective, las supersticiones de la gente, el comité de facinerosos…), su trama no transcurre en una ciudad llena de glamour y progreso al estilo de Chicago, Los Ángeles o Nueva York, sino en una decadente república bananera llamada “La colonia”, lo que nos hace descubrir esta trama desde un punto de vista más mundano, más pegado al suelo.
   
Para que veamos hasta qué punto podría ser negra esta obra, simplemente indicaremos a título informativo de interés histórico que, cuando iba a ser publicada por entregas en la revista “Puertitas” –cuyo director y creador, por cierto, fue el propio Carlos Trillo allá a principios de los años 90 del siglo pasado- , el título iba a ser “Cosecha verde”, en alusión a la obra maestra de Samuel Dashiell Hammet:Cosecha roja”. Sin embargo, en formato de álbum en España se quedó con el título que ahora todos reconocemos: “La gran patraña”.
   
Este es el primer punto que vamos a criticar, aunque no quiero que se entienda que echo por tierra la obra por un mero tema de título. A ver: los autores quisieron, en un principio, homenajear la obra de Hammet con un título alusivo. Lo malo es que muchas veces los autores proponen y los editores disponen, y así quedó esta obra histórica con un título ramplón, obvio, vacío y triste que, con total seguridad, unos autores tan amantes del detalle y el trabajo bien hecho como éstos, nunca habrían escogido. Lo triste es que es el título que ha quedado para la posteridad tanto en el mercado español como en el europeo: “The big hoax”, “La grande arnaque”…

El regreso de un gran clásico del género negro… A todo colorPero bueno, vamos a quedarnos con que las 128 páginas en tapa dura de “La gran patraña” no deja de ser una obra maestra en su género como exponente del volcado al formato historieta del realismo mágico iberoamericano. Y podríamos decir que este tándem de autores que sacaron adelante obras de calado como “Peter Kampf lo sabía” (muy interesante, por cierto), “El husmeante” o “El mago”, con el cómic que nos ocupa habían conseguido, sin rubor, una obra maestra que mezcla elementos de folletín romántico, sabor caribeño, novela negra, bolero, fábula política, realismo mágico y esperpento español, y con todo este delirante cóctel, crean un espacio y tiempo totalmente al margen de la realidad en el que se mezclan arquetipos de tres décadas distintas: coches y facinerosos de los años cuarenta, dictadorzuelos de los años cincuenta y guerrilleros armados de los sesenta.
   
Pero vamos a sumergirnos en el cómic, que para eso estamos aquí:
   
Esta historia arranca de la típica manera de la que arrancaría una película de género negro: una mujer de bandera, de visible clase alta, entra en un tugurio buscando a Denaldo Reynoso, el típico antiguo policía honrado caído en desgracia que se da al alcohol para olvidar, y le solicita sus servicios. Pero claro, están en La Colonia, una república bananera llevada con mano de hierro por el dictador de turno… Y tenemos la mezcla explosiva: ella, Malinche Centurión, es la protegida del dictador, y carece de escrúpulos a la hora de entregarse cómo y a quién sea con tal de preservar su vida, mientras que él es un pobre diablo dado a la bebida para poder mantenerse firme en un entorno que no hace más que derrumbarse a su alrededor.
   
El regreso de un gran clásico del género negro… A todo colorPero, pese a ser los protagonistas, no son lo más típico de “La gran patraña”, puesto que ahí tenemos al narrador de la historia, un escritor de culebrones llamado Melitón Bates, que es el que ha creado esa mentira que da nombre al título: junto al Gran Títere, dictador de La Colonia, ha hecho creer al pueblo que su bella y explosiva sobrina, con la que mantiene una incestuosa relación carnal, es una virgen capaz de hacer milagros nacidos de su virtud. Se hacen crónicas de las curaciones obradas por su imposición de manos, y hacen una activa campaña para hacer creer que esos poderes nacen de la virginidad de la atractiva “no virgen”. Pero esas noticias se dan con un objetivo claro: limitar la natalidad de las clases menos favorecidas con objeto de que no crezca la clase obrera.
   
¿Y por qué una mujer de tan alta posición recurre a un detective de segunda? Pues porque “alguien” pretende filtrar al populacho y a medios de comunicación afines determinadas fotografías comprometedoras que podrían echar abajo el delicado entramado de tan vil mentira.
   
La trama está adornada con un vivo y variado elenco de secundarios: desde Trópico, la ajada mujer de mediana edad que dirige “El rey mago”, el tugurio donde el protagonista ahoga sus tormentosos recuerdos en alcohol, hasta Iguana, la pérfida villana desagradable y sin escrúpulos que resulta ser la auténtica antagonista de Reynaldo y Malinche. Y eso sin olvidarnos de los familiares bastardos, los matones de turno, los policías corruptos, la fauna de los burdeles y demás elenco típico. Pero son personajes coloridos, dotados de vida, que tienen su papel, por pequeño que sea, en una historia perfectamente engranada que nos llega a recordar en ocasiones a “La fiesta del chivo”, de Mario Vargas Llosa. Como decíamos al principio: ese toque inconfundible de realismo mágico.
   
El regreso de un gran clásico del género negro… A todo colorAdemás, sobre todo en el caso de Trópico y Reynoso, tenemos múltiples ejemplos de ruptura de la cuarta pared hablando directamente a los lectores, un detalle más para sumar a un guión resuelto brillantemente en su complejidad: precisamente ese toque de apoyar el peso de la historia en tres narradores que, en ocasiones, interactúan con el lector y también con los protagonistas da un aire desenfadado que no podíamos esperarnos en una obra de este estilo, muy habituado a apoyarse en un guión “en off”. Un trabajo muy bien llevado y resuelto que rompe los arquetipos más típicos del género.
   
¿Y qué decir de Roberto Mandrafina que los amantes de lo clásico no sepamos? Lo primero, destacar la tremenda expresividad de la que dota a los personajes, así como de esa sobria sencillez no exenta de dinamismo a la hora de escoger los planos, mostrándonos una narrativa simple, pero muy fluida y efectiva. Y eso sin contar con ese trazo doble y difuso con el que nos señala las escenas narradas en flashback, que evocan perfectamente la noción de recuerdo o ensoñación.
   
¡Ah! Y en combinación tenemos un cuadro que, con ese estilo ligeramente arcaizante que nos evoca esas hojas amarillentas y ligeramente polvorientas, ayuda a que nos adentremos en los sórdidos vericuetos de La Colonia.
   
En fin, que el elenco escogido está a la altura de los mejores títulos del “noir”. De hecho, Denaldo Reynoso me recuerda un cruce entre Humphrey Bogart y Robert Mitchum, mientras que Malinche Centurión tendría un símil muy claro: Veronica Lake.
   
Poco más podríamos añadir salvo el detalle del inicio: el cambio injustificado de un título con gancho, con significado, como era el original, a uno vacío, ramplón y simple con el pretexto de que el lector medio no sería capaz de apreciar el guiño al clásico. Así que recapitulemos: tenemos a dos genios de la Historia del cómic: Trillo y Mandrafina, tenemos una curiosa revisión del género negro virado al realismo mágico con grandes aportes del esperpento valleinclanesco, tenemos una historia sólida y bien llevada apoyada en un dibujo solvente y expresivo, tenemos una trama estupenda, unos arquetipos adecuados: la república bananera, el dictador caribeño, la mujer fatal, el detective y el sicario malvado con un toque de folletín romántico que le da el escritor oficial del régimen, Melitón Bates. Un conjunto maravilloso que atrapará al neófito en su primera lectura, y que no dejará de sorprender al veterano gracias a la profusión de detalles que podremos apreciar en esta obra y en cuyo permanente juego de claroscuros no dejaremos de perdernos.
   
El regreso de un gran clásico del género negro… A todo color

Además, tenemos una cuidadísima edición en la que echo de menos esa “Splash-page” que aparecía en la entrada de la primera entrega publicada en la revista “puertitas” en la que Carlos Trillo nos proponía un pequeño resumen de lo que estábamos a punto de leer. Un extra que no habría estado de más en este volumen, que habría sido mucho más enriquecedor que las dos páginas de bocetos adjuntas al final de la historia.
   
En todo caso, amigos lectores, estamos ante una obra sobresaliente, un clásico con mayúsculas que, lamentablemente, habrá pasado desapercibido en las estanterías de las librerías especializadas oculto entre el aluvión de novedades mensuales pero por el que, desde aquí, animo tanto a libreros como a lectores a darle una oportunidad.
   
Cosa buena, oiga. Y no se lo dice un cualquiera.
   

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