Más de una vez he reflexionado sobre el enorme privilegio que supone el haber vivido el nacimiento de esta nueva forma de arte y entretenimiento que son los videojuegos. ¡Imaginaos haber vivido el nacimiento de la fotografía o del cine! Una nueva forma de contar historias y de transmitir emociones y mensajes, todavía sin reglas y con todo el camino por delante para crecer y desplegarse siguiendo su propio camino. Con el añadido de haber sido, no sólo testigos, sino también partícipes activos de su evolución. Precisamente por ese rol también activo, a veces es difícil -aunque tremendamente interesante- detenerse un instante, coger un poco de perspectiva y observar las cosas desde fuera. Mirar alrededor y pensar que, algún día, se celebrará, por ejemplo, el centésimo aniversario de Super Mario Bros, y saber que tú estuviste ahí en ese momento único en el que el juego hacía historia sin saberlo o, al menos, sin ser plenamente consciente de la magnitud y el alcance de lo que estaba naciendo desde unos años antes.

El nacimiento de una nueva forma de arte
El principio de Super Mario Bros. Pura jugabilidad y descubrimiento, sin tutoriales.

No obstante, los videojuegos han tenido que superar muchos obstáculos para llegar a ser lo que son hoy, y tendrán que superar otros tantos para seguir creciendo. Seguro que a todos se nos ocurren unos cuantos obstáculos: para empezar, la consideración de ser algo exclusivamente infantil. Aunque el tiempo ha probado que no es así y los videojuegos consiguieron liberarse de esa etiqueta, hay algo muy importante que resaltar aquí: gran parte de ese logro fue gracias a los niños que fuimos y que no quisimos dejar de ser. Evidentemente, aquí influyen muchos factores, como ciertos movimientos de las compañías para llevar los juegos a más gente, pero, en parte, hoy el mundo es diferente porque durante nuestra infancia jugamos y, cuando crecimos, nos negamos a aceptar que teníamos que dejar de hacerlo. Es un cambio global y permanente en el que nuestra generación ha tenido un papel fundamental. Abrazamos los videojuegos y nos los llevamos con nosotros durante nuestra adolescencia y hasta nuestra adultez.

¿Por qué? Los videojuegos contaban con un arma tremendamente poderosa para afrontar las dificultades del camino: la interacción. Mucho antes de que los ordenadores y los móviles estuvieran al alcance del ciudadano medio, los videojuegos nos trajeron algo que adoramos por naturaleza. Y con la interacción nos trajeron desafíos, aventuras, emoción, diversión… Desde tardes de soledad heroica tratando de salvar a Zelda o de resucitar el mundo en Terranigma, hasta horas de risas con los amigos a pantalla partida entre caparazones rojos en Mario Kart y pistolas doradas en GoldenEye.

El nacimiento de una nueva forma de arte
Terranigma, una de las grandes joyas de Super Nintendo.

En menos de medio siglo, la evolución ha sido inmensa. Y los obstáculos han cambiado. Hemos asistido al nacimiento de los e-sports y de la escena competitiva, que en algunos países es ya más popular que deportes tradicionales como el fútbol. ¿Qué ocurre el día en que le dices a tu familia que quieres ganarte la vida siendo jugador profesional de videojuegos? ¿Qué ocurre cuando, además, jamás nadie ha vivido de ello antes? Es una profesión que no existe, y has de creer en ello por encima de tu entorno, con familiares que seguramente no se sientan muy emocionados ante el hecho de que alguien deje sus estudios para jugar diez o más horas al día al mismo juego. ¿Os imagináis lo que se les pasaría por la cabeza a los padres cuando el equipo de su hijo ganó un torneo de videojuegos y se llevó un millón de dólares? Es algo fascinante. Hoy en día, hay torneos de videojuegos con cerca de 20 millones de dólares en premios. Valve realizó el documental “Free to Play” sobre el tema, centrado en Dota 2 y su primer torneo internacional, en 2011.

Sigue habiendo desafíos para el futuro, pero hoy -hace mucho tiempo, en realidad- está claro que los videojuegos han nacido para quedarse, como forma de arte, de entretenimiento y hasta de negocio. En ellos diversas formas de arte como la música, la literatura y la ilustración se unen a la interacción para crear una experiencia como nunca antes había sido posible. Una aventura llena de posibilidades de la que somos protagonistas, poniendo a prueba nuestra habilidad y nuestro ingenio, transportándonos en una corriente de emociones y experiencias a la vez que desafiamos los peligros más grandes desde la comodidad de nuestro hogar. Qué gran época nos ha tocado vivir.

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