En la selva del Congo, unos reporteros de prensa fotografían, ocultos en la arboleda, a una guerrilla en un rito de iniciación de niños soldados y recolectores de coltán. De pronto, entre los soldados armados y los jóvenes con el rostro enharinado, se ve a una joven de piel blanca. ¿Quién es? ¿Qué hace allí? Los reporteros apenas pueden sacar una foto antes de poder huir, perseguidos por los soldados furiosos. Esa foto es la de Sara (Marián Álvarez), colaboradora de una ONG que despareció en el África Central hace unos años. Su hermana, Laura (Belén Rueda), viajará a Kampala (Uganda) para seguir el rastro de esa hermana que lo dejó todo, familia incluida –con un padre (Ramón Barea) ya con el síndrome de Alzheimer y a quien se evoca, de manera algo artificiosa, en un par de flashbacks–, para ayudar a los demás. Pero Sara se esfumó y su rastro será tan difícil de seguir para Laura como peligrosa para su propia será la misión a emprender.

En la selva africana, entre grupos militares rebeldes sedientos de sangre y liderados por fanáticos generales que tratan de crear una imagen prácticamente legendaria, Laura conocerá de cerca la realidad de la zona y vivirá de cerca el dolor de sus gentes.

Con “El cuaderno de Sara”, Telecinco Cinema sigue la senda de otras producciones recientes que nos trasladan a regiones muy alejadas –la selva amazónica y la búsqueda del Dorado en “Oro” (2017) de Agustín Díaz Yanes, el sitio de Baler en 1899 con “Los últimos de Filipinas” de Salvador Calvo (2016) o Guinea Ecuatorial en la no muy lejana “Palmeras en la nieve” de Fernando González Molina (2015)–, con producciones de lujo y que evocan episodios de la historia de España; añadamos “Thi Mai” de Patricia Ferreira, estrenada hace pocas semanas y que nos traslada a Vietnam y la odisea de la adopción. Al mismo tiempo, ese filme, escrito por Jorge Guerricaechevarría, coguionista habitual de las películas de Álex de la Iglesia y Daniel Monzón, nos introduce en cuestiones de fondo como el de la explotación y el tráfico del coltán, mineral apreciadísimo y esencial en la fabricación de teléfonos móviles y del que un 80% de su producción mundial se extrae en África Central, el secuestro de niños para convertirlos en soldados asesinos al servicio de guerrillas y grupos paramilitares, o cómo la guerra afecta con toda su devastación a las poblaciones de países de la zona como la República del Congo, Uganda o Ruanda. Quién no recordará películas como “Diamante de sangre” (Edward Zwick, 2006), “Hotel Rwanda” (Terry George, 2004) o “El señor de la guerra” (Andrew Niccol, 2005), entre otras, donde estos temas se desarrollan con mayor o menor detalle.

El problema de “El cuaderno de Sara”, a pesar de algunos méritos –bellísima fotografía a cargo de David Omedes, música de Julio de la Rosa–, es que la trama y su ritmo se ven lastrados por el interés de guionista y director (Norberto López Amado) de focalizarlo todo (trasfondo incluido) en las andanzas de un solo personaje: Laura. En su afán por convertirla, a ella y su misión (encontrar a Sara), en eje central de la película, todo lo que le rodea, lo que sufre y especialmente lo que observa queda supeditado a su única mirada; y todo parte de su perspectiva parcial, arriesgándose a que el objetivo completo de la cámara quede desenfocado.

Y es lo que le sucede a esta película: vemos la realidad de la zona, sí, pero en segundo plano, en ocasiones incluso de refilón, pues de lo que se trata es de sobrecargar a la protagonista con todo tipo de peripecias y horrores personales. Peripecias que pasan por los problemas burocráticos, el hecho de confiar en agentes privados que se aprovechan de ella –personajes como el “intermediario” Sergio Rojas (Manolo Cardona), personaje apenas pincelado–, el tiroteo sobre el avión que la conduce a la selva, la herida casi mortal por una mordedura de serpiente, la masacre al poblado en el que se recupera y que casi le cuesta ser violada, el secuestro por la guerrilla y la probabilidad última de ser asesinada. De todo le pasa a Laura, quizá demasiado y muchas veces metido con calzador en un filme que no llega a las dos horas pero que se hace moroso por la escasa ambición argumental: el recurso al viaje de una europea a un mundo que desconoce y que le supera en todos los sentidos no es que sea manido, es que además resulta aburrido.

Todo lo ve Laura, es testigo de matanzas y de la existencia torturada que soporta un ex niño soldado, Jamir (Iván Mendes), pero en no pocas ocasiones se percibe más una intención exhibicionista exhibir y de recargar las tintas que de denunciar con nitidez las causas de la tragedia que sufre la población del Congo o Uganda desde hace varios decenios: un terror paramilitar constante y una explotación neocolonial que no surgen de la nada. Queda una sensación de superficialidad respecto a los aspectos importantes y de una cierta banalización, en la distancia corta, a la altura de un fotorreportaje de revista del corazón; la cuestión es impactar, cuanto más dolor mejor; pero eso sí, hacerlo desde (y para) la comodidad de una butaca en una sala de cine. La secuencia final es una muestra de cómo perder perspectiva e incluso los papeles.

“El cuaderno de Sara” es una película de buena factura técnica, pero prescindible en cuanto a una pretensión de mostrarse realista (especialmente en lo que se refiere al arco argumental de varios de sus personajes), atiborrada de lugares y situaciones comunes que simplemente pretenden encogernos el corazón, pero sin ir más allá, y con demasiado ruido y poca sutileza. Pero no nos rasguemos (mucho) las vestiduras, pues tampoco le podemos pedir a este filme que nos diera más de lo que se proponía hacer…

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