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       Artículo de literatura

Un mundo peor, de Claudio Cerdán: la culpa escondida tras aquella tarde en el parque


 Terror / Suspense
Jorge Lara Gómez   13/05/2014
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     Claudio Cerdán aparca la violencia explícita para dejar paso a una novela mucho más reflexiva y sincera, cuyos vértices centrales son la pérdida, el dolor y la incapacidad de olvidar.
Portada un mundo peor"Un, dos, tres… al escondite inglés". ¿Quién no ha jugado alguna vez a este popular juego infantil? Eran otros tiempos, de esos en los que los niños inundaban las calles de los barrios pelota en mano, donde en los recreos todos nos mirábamos a la cara y no a una pequeña pantalla donde unos pájaros destruyen edificios al son de un ritmo machaon. El “WhatsApp” de moda era el vozarrón bajo tu ventana, el toque de corneta de la banda avisándote de que bajaras a despellejarte las rodillas mientras te comías un bocata de chorizo. ¿Quién no ha soñado alguna vez, mientras estaba escondido, a ser el héroe que corriera a la velocidad del rayo (¡mcqueen!), mucho más que su captor, para llegar a la pared acordada y gritar a pleno pulmón: “por mí y por todos mis compañeros” y así encumbrarte como el salvador del juego?. Todos, todos lo hemos pensado, y los más rápidos e intrépidos, hasta alguna vez lo consiguieron. Que sensación de poderío, de invencibilidad, de Ser Supremo: en la palma de mi mano la llave que libere a todos.

"El escondite", un juego infantil, pueril, divertido, clásico… pero desgraciadamente inquietante hoy en día en las grandes zonas verdes, y aún más, en los parques de arena de los barrios residenciales, esos dónde no pueden entrar los perros pero sí lo hacen animales bípedos de negro corazón. Lugares que, lejos de convertirse en remanso de paz de padres y campo de batalla de los infantes, se ha convertido, gracias a estos pútridos errores de la creación, en zona de peligro, donde se ha de tener en alerta al menos dos de los cinco sentidos.  Muchos son los casos, unos muy recientes, otros más mediáticos,y no voy a hurgar en la herida, pero, que levante la mano el padre, madre o hermano al que no le ha recorrido el cuerpo un escalofrío, al perder de vista a su chaval durante un instante, y posteriormente, ha suspirado de alivio al verlo. Esta novela nos habla de un suspiro que se quedó atrapado.

Cuando decidí escribir Un mundo peor me propuse como reto rebajar el tono, alejarme de los temas que eran más cómodos y entrar en la cabeza de un hombre destrozado por la culpa


Las novelas negras deben destripar la sociedad y mostrar los restos” afirmaba Claudio Cerdán hace unos meses mientras realizaba la promoción de su anterior novela, también con Versátil y presentada en sociedad en nuestro medio: “Cien años de perdón” (disponible en FantasyTienda), y es lo que, de nuevo, hace: nos saca las vísceras y las expone en el mercado para vergüenza nuestra, pero en esta ocasión lo hace sin prisa, más pausadamente, deleitándose con el momento.  En “Un mundo peor” (Ediciones Versátil, colección “Off Versátil”, disponible en FantasyTienda), aunque la trama gira en torno a la desaparición y posterior búsqueda de la hija adolescente (África) de una adinerada familia (los Rojas), lo que se esconde bajo la –mugrienta–alfombra alicantina, es una historia sobre la lucha de un hombre roto por la culpa contra sus demonios particulares: la obsesión, el abandono, la pérdida, la dejadez, el alcoholismo, la violencia, Jaime... y sus ganas por meterse (o meterle a alguien) una bala de 9 mm por la boca que deje un bonito cuadro expresionista en cualquier pared a juego con la sucia ciudad de Alicante, destino turístico en el que nunca llueve y cuando lo hace, es para teñir sus calles de sangre, dolor y lágrimas.

Roberto Cusac, buen policía con siete años en el cuerpo, mejor esposo y padre aplicado. Su vida quizás no sea todo lo buena y desahogada que él querría, pero sí lo suficiente como para sentirse pleno, completo, gracias a su mujer Inés y su pequeño de 6 años, Jaime. Corría el año 1997, un domingo cualquiera, Roberto y Jaime en el parque, junto a otros tantos padres con sus retoños. Cientos de ojos vigilantes pendientes de que éstos no comieran arena, no se cayeran del columpio o no hicieran una diablura peligrosa. Jaime está cerca del tobogán, Roberto sentando en un banco de madera, a diecisiete metros con cuarenta centímetros de éste (lo ha medido infinidad de veces en los últimos tres años).

Parque misterioso

Lolo, el ñiño con mando y plaza en el parque propone una inocente partida al escondite. Todos corren en estampida por alcanzar el mejor lugar mientras los padres, atentos, guardan en la retina, con un parpadeo en forma de click fotográfico, el lugar escogido por sus pequeños. Roberto se ha despiestado, lo ha perdido de vista lo que tarda un pensamiento en pasar por la cabeza. El juego empieza, se desarrolla, y finaliza, pero… falta un niño, Jaime. Nadie sabe donde está, Jaime nunca terminará la partid. ¿Combustión espontánea? ¿Abducción extraterrestre? ¿Teleportación? No. Algo mucho más frío, terrible y real: sencillamente hay un hueco vacío, un espacio en blanco, una silla libre, donde debería estar su menudo cuerpo y "alguién" es el culpable.

Hay heridas que no cicatrizan nunca y sangran de nuevo a la menor mención, por eso, cuando al ex-policía, pizzero, albañil, portero de garito y actualmente detective en horas bajas con buena disposición a la botella, le requieren, solicitan e imploran sus servicios para que encuentre a una joven desaparecida, las calles de Alicante se visten de púpura con cada paso que da Cusac. Con cada pista que sigue, una puñalada en el costado; con cada día que pasa sin que Africa aparezca, una avispa de mil kilos con el rostro de Jaime le taladra la cabeza. Año 2000, el efecto era una patraña y los cajeros no escupen billetes como si no hubiera un mañana, pero un truhán de nombre “Destino” llama a la puerta de Roberto Cusac para proponerle un viaje de redención, una oportunidad de cambiar el giro del planeta, de SU pequeño y asfixiante planeta, y es entonces cuando otro crupier ocupa la mesa, se reparten de nuevo las cartas y las apuestas son más suicidas, porque esta vez, Cusac cree tener una mano ganadora. “Nunca llueve en Alicante. La última vez murió gente. Y aquella noche cayó un diluvio…”

Montaje Roberto Cusac Un mundo peor

Un mundo peor”, nominada al premio "Mejor novela Valencia negra 2014" (este próximo sábado sabremos si alza con el galardón o no), toca la fibra sensible como ninguna otra que haya escrito hasta la fecha. De hecho, es la que más deja al descubierto los miedos e inquietudes del murciano, quien ha declarado, que de ser padre, duda que hubiera sido capaz de escribirla. Este trabajo resquebraja su caparazón mostrándonos lo que realmente hay dentro de del autor, haciendonos partícipes de sus terrores. Es esta una novela sobre el miedo, la angustia, la búsqueda, el amor y la esperanza o la falta de ella. Una ficha policial de algo más de 250 páginas en las que se ahonda a pleno pulmón en el dolor y la imposibilidad de olvidar. Nos habla de una de tantas, y muy a nuestro pesar, desapariciones no resueltas en nuestro país y que genera a los afectados un dolor mucho más lacerante, intenso y duradero que la muerte de un hijo: el dolor por la desaparición de éste.

Preguntas como ¿Dónde está? ¿Sufre o ríe? ¿Vive o está muerto? ¿Volveré a verlo? son el amargo pan de cada día de las familias que han sufrido, o lo están haciendo, un trauma como este. Si sobrevivir a tus hijos ya de por sí es doloroso, no saber dónde, con quién o en qué estado se encuentra es ya aterrador, una tortura difícilmente superable y nada fácil de plasmar en unas cuantas líneas. Es por ello, que esta novela, que forma parte de su “trilogía Alicantina” (completada con “El país de los ciegos” de Ilarion Ediciones y “Cien años de perdón”) es el trabajo más sincero, sensible, complejo y adulto de Claudio. En él hay violencia, hiriente humor y “cameos” de personajes ya conocidos como Farlopero López, Pili Hurtado y sobre todo de Antonio Ramos, alias “mierda de perro”, pero también hay personajes dantescos como Gaspar Barrachina o el “Gominolas”, tragicomedia, tierna crueldad, barras de bar, vertederos de amor, huidas hacia delante, esperanza disfrazada y un retrato de una realidad tan demoledora y salvaje como una estampida de búfalos.

Claudio Cerdan por un mundo peor

Cerdan baila sobre nuestras tripas con sus botas de cowboy mientras nos pone bajo la napia un tratado explicativo sobre qué hace de este mundo la cloaca que nos hemos empeñado en alimentar. Y con él, ha escalado un peldaño más, y ahora está sobre el tejado, más expuesto, al descubierto, a merced de la lluvia, esa que no cae en Alicante, pero también, con un horizonte despejado, con una vista clara hacia donde dirigir sus pasos para lograr sentarse (y sobrevivir en el intento) en el trono de la novela negra criminal española.

Tenia unas ganas terribles de gritarle lo que era en realidad la vida, que no se parecía en nada a sus juegos inocentes. Ojala lo hubiera hecho. Tal vez, ahora estaría a mi lado y este no sería un mundo peor.”

Grge_dixit: un peluche deshecho, un banco solitario, un parque oscuro cubierto de neblina, una ausencia... y todo al abrigo de una noche que no presagia nada bueno. ¿Cuesta creer que exista un mundo peor que este? muy poco, la verdad.

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