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       Artículo de literatura

Sólo el acero, de Richard Morgan


Eidián   22/05/2013
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     Morgan es un escritor tremendamente hábil que no duda en exhibir sus trucos en la seguridad de que el lector se mostrará cómplice cuando aprecie el resultado de los mismos.
Portada de Sólo el acero, de Richard MorganDice Joe Abercrombie en la cubierta principal de este libro “Descarada, brutal y sin reparos. No es que Morgan retuerza los clichés de la fantasía, es que los parte a hachazos. Y luego les prende fuego”. Un comentario bastante excesivo, ¿no les parece? Y el caso es que va bien con un libro de fantasía que en parte es exceso, buscado y confeccionado con habilidad, pero que también esconde mucha tradición a sus espaldas por mucho que Abercrombie, autor que sabe ser excesivo sin reparos, hable de emprenderla a hachazos con las ideas establecidas.

Defendamos la tesis y expongamos los hechos.

La novela en cuestión es “Sólo el acero” (Alamut, 2012, disponible en FantasyTienda), del autor británico Richard Morgan, un escritor que hasta esta obra se había dedicado más bien a la ciencia ficción y al mundo de los videojuegos (por ahí he visto que le califican de magistral cuando hablan del juego “Crysis 2”). “Sólo el acero” es su primera incursión en el mundo de la fantasía épica pero no la última ya que, como suele pasar con las obras fantásticas de hoy en día (primer punto en común con el resto de obras fantásticas del momento), este libro es el primero de una saga de tres cuyo segundo título, "The cold commands", se publicó ya en 2012 y el tercero, "The dark defiles", se prevé para dentro de unos años. Pese a todo, el libro es bastante autoconclusivo y se puede leer de forma independiente a pesar de la temática común.

En principio esta temática no presenta nada en especial: se recrea un mundo (medieval, por supuesto: otro punto para los clichés) dominado por los seres humanos y recién salido de una gran guerra contra una especie de lagartos humanoides a la que han vencido y expulsado a los confines de ese planeta. La guerra ha terminado y, como pasa siempre tras los conflictos, la gente olvida rápidamente a aquellos que entonces se convirtieron en héroes y les salvaron de la destrucción y la muerte. La cuestión que se plantea el libro es que sucede con estos héroes cuando el mundo que tanto les necesitó les arrincona e incluso les rechaza.

En este sentido hay que comentar que el libro también comienza y prosigue con un rechazo a ese pasado glorioso de batallas y héroes porque esa gran guerra que es base de la historia se nos hurta de forma repetida, nombrándola siempre de forma escueta, breve. La guerra tiene siempre dos interpretaciones, la de los que participaron en ella y la de los que solo la sintieron de lejos y ahora la reinterpretan a su manera. Incluso la gran batalla victoriosa que siempre está en boca de los diversos personajes del libro nunca es narrada de forma concreta, dándose retazos escasos de la misma, como si fuese ya un hecho tan lejano que solo mereciese estar en los libros de historia más que en la memoria de las personas.

Ante estas premisas, el tono de la novela es crepuscular, oscuro, cargado de reproches y desencanto hacia una sociedad que no reconoce la verdadera valía de las personas y que aprovecha las épocas de bonanza para dedicarse al lucro y al buen vivir a costa de los más débiles, gentes de otras religiones, de otras tierras, de otras razas, endeudados, homosexuales…

Los diálogos siempre son fluidos, sólidos e incluso brillantes. También ha sabido jugar al ratón y al gato con el lector, dejando pistas aquí y allá de una subtrama que el leyente no sabrá que existe hasta las últimas páginas.

Lo cierto es que el mundo de los tres protagonistas sobre los cuales gira esta historia, Egar el Matadragones, Ringil "Ojos de Ángel" Eskiath, y Archeth Indamaninarmal, es cruel y despiadado, sin ninguna concesión, donde los ricos dan rienda suelta a todos sus deseos y los pobres y marginales sufren todos sus caprichos. Así puestas las cosas, Egar, Ringil (o Gil, como se le llama la mayor parte de las veces en el libro) y Archeth se convierten en seres marginales no solo por el hecho de haber sido sometidos a un olvido gubernamental y social sino por pertenecer a grupos tradicionalmente apartados de lo socialmente aceptable. Así nuestros protagonistas son calificados en el libro de salvajes e incivilizados en el caso de Egar, una especie de Conan rural, buen luchador, buen bebedor y buen amante. Archeth es calificada de puta y zorra por el simple hecho de ser mujeraunque también se la califica de monstruo y hereje por pertenecer a una raza desaparecida, los kiriath, tecnólogos que escaparon antes de que este mundo acabase con ellos y dejaron tras de sí a esta mujer por ser mestiza. Sin embargo, el que peor sale parado es Ringil por sus tendencias homosexuales que hacen que a lo largo de la novela se le llame de todo siendo el de “maricón” uno de los epítetos más suaves que recibe.

Ringil, el maestro de la espada kiriath con nombre propio, Criacuervos, es el eje central de la historia no solo temáticamente sino estructuralmente puesto que, en un principio, cada capítulo dedicado a su figura se contrapone a otros dos que giran en torno a Egar y Archeth. A medida que la trama avance y los hilos se unan, la estructura dará paso a capítulos en los que los tres amigos se reencontraran para desembocar en el desenlace final en el que todas las tramas planteadas concluyen.

Los tres se conocieron en la guerra extinta y los tres han intentado retornar a una vida digamos “normal” sin demasiado éxito. Los tres son seres marcados…bueno, Egar no tanto como los otros dos, pero la historia de abandono de Archeth y la brutalidad que ha marcado la existencia de Ringil son tremendas. Las experiencias de Ringil, sobre todo, son horrendas en su crudeza y marcan una trayectoria trazada a base de heridas permanentes y supurantes. Con tales antecedentes una casi no comprende que, a pesar de todo, prefieran ponerse de lado del hombre, de los débiles, pero es así. Su posicionamiento, por otra parte, no tiene nada de heroico sino que responde a la necesidad de tener una base sobre la cual tejer una existencia sin caer en los abismos de la depresión, la indiferencia o la locura. Pero en ese mundo poblado de fanáticos religiosos, de esclavistas, de ricos insensibles, de reyes despiadados, etc., eso es casi pedir demasiado y solo somos seres humanos, con un límite de ruptura tras el cual nada es recuperable.

La novela en realidad trata de ese límite, nos muestra como algunos eligen las mentiras, el pasado o la negación para sobrevivir y soportar la vida y como otros llegados al punto de tener que destruir lo que se ama para servir al fin que se habían propuesto se quiebran y se convierten en algo que jamás pensaron ser. Una propuesta bien adulta envuelta en un halo de brutalidad, sexualidad, crudeza y ciertos toques fantásticos.

Richard Morgan

La obra de Morgan se enmarca sin duda alguna en la tendencia más firme de la fantasía del nuevo siglo. Desde que George R. R. Martín sacase el primer libro de su saga Canción de Hielo y Fuego en 1996, la fantasía en general se ha vuelto mucho más oscura y realista, más brutal y despiadada, y las andanzas de personajes como Conan, ideadas en la primera mitad del siglo XX, parecen ingenuas e idealistas en comparación. Aunque la maravilla aún persiste en estas obras, ésta se ha vuelto cruel y oscura, más objeto de dolor y desdicha que de luz y alegría. En realidad esta tendencia de la fantasía no es más que la exacerbación de una línea de la misma que ya abriera Poul Anderson en 1954 con la seminal "La espada rota" y que fue paralela a la creada por Tolkien en "El Señor de los Anillos". Parece que los tiempos que corren favorecen la oscuridad y la crueldad de los seguidores de Anderson, Morgan entre ellos, como el mismo reconoce en los agradecimientos y en la cita inicial, y recoge la herencia de esta línea de héroes caídos, brutalidad y desgracia y otras más resplandecientes para crear su propia síntesis de las mismas (sus razas extrañas tienen mucho de los orcos, elfos negros y otras más que pululan por ahí). Pero Morgan tiene algo que le distingue claramente de otros muchos escritores que hoy en día se adscriben a esta tendencia de la fantasía y es la gran calidad de su narrativa.

Aunque a primera vista nadie lo diría ante la gran cantidad de palabras malsonantes que pueblan sus páginas, la violencia brutal y el sexo duro que nos asaltan sin tregua desde sus páginas, la narrativa de “Sólo el acero” es muy sólida, no solo por ese turno entre las apariciones de los protagonistas que antes hemos mencionado sino también por como el novelista ha sabido dosificar los hechos haciendo que estos crezcan hasta el desenlace final. Los diálogos siempre son fluidos, sólidos e incluso brillantes. También ha sabido jugar al ratón y al gato con el lector, dejando pistas aquí y allá de una subtrama que el leyente no sabrá que existe hasta las últimas páginas. Morgan incluso se permite momentos narrativos muy subjetivos, oníricos, misteriosos y subyugantes, donde las palabras, de forma imprevista, llegan a tornarse poéticas. Maneja al lector como quiere y, para romper una racha quizás demasiado descriptiva o tranquila, de repente te asalta con una escena brutal de sexo. Quizás, más que el hecho de la escena tan descriptiva de sexo, lo que me molesta es esa ruptura feroz del ritmo que juzgo innecesaria pero que, desde luego, hace que el lector antes desprevenido, espabilado de nuevo, se vuelva a enganchar de forma inexorable a la historia. Morgan es un escritor tremendamente hábil que no duda en exhibir sus trucos en la seguridad de que el lector se mostrará cómplice cuando aprecie el resultado de los mismos. Y tiene razón.

Si tuviera que poner un “pero” serio a esta publicación se lo pondría a la traducción del título: ¿por qué ese "The Steel Remains" no podía ser traducido como “El acero permanece”, título que encaja de maravilla con muchos de los hechos y diálogos que el libro contiene? Además suena tan contundente como ese “Sólo el acero”. Por lo demás, excepto un par de fallos no se si de transcripción o de redacción, la traducción esta muy bien realizada. Y la edición de Alamut es tan buena como ellos acostumbran a hacerlas.

Resumiendo, la lectura de “Sólo el acero” se hace tremendamente ágil y no cuesta nada llegar al final de la misma. Si uno es capaz de pasar por alto o disfruta de las escenas brutales de lucha, con casquería y sangre a mansalva, el sexo sin ambagajes y la realidad ante todo, incluso cuando se habla de magia y fantasía (y esto no es en absoluto contradictorio), disfrutará sin duda de la novela. Yo lo hice aunque ame más a Tolkien, sus elfos luminosos y toda la cuestión de la luz, el bien y todas esas pamemadas que ya no se llevan hoy en día.

No voy acorde con los tiempos, ¡qué se le va a hacer!

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