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       Artículo de literatura
La Era de Drácula, de Kim Newman
 Literatura de Terror y Suspense
Joaquín Torán   23/09/2010
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     Esta novela es ideal para pasar el rato deleitándose con un espectáculo rebosante de acción y frenesí y reconociendo los muchos guiños que pueblan sus páginas.
Portada de La Era de Drácula, de Kim NewmanLa Era de Drácula” (Alamut, disponible en FantasyTienda), novela de 1992 escrita por el extravagante vampirófilo Kim Newman, pone al lector ante la tesitura de imaginarse una sociedad victoriana regida y poblada por vampiros. Partiendo de la premisa del estrepitoso fracaso del fisiólogo Abraham Van Helsing en su intento por acabar con el famoso no-muerto cárpato, se construye una ágil distopía de notable ritmo en la que Drácula dirige el Imperio Británico desde su posición de príncipe consorte.

El planteamiento tiene su punto de morbosidad irreverente, ya que permite al autor retocar a voluntad un periodo, el victoriano, sacrosanto para la historiografía británica. Así, su pluma iconoclasta convierte el Londres del progreso y la industria en un reducto de oscurantismo medieval en el que se dictan y promulgan leyes brutales. Por desgracia, esta idea sobre el regreso de Inglaterra a una época de tinieblas no es novedosa en el panorama literario fantástico: Keith Roberts ya hizo algo parecido, años antes, en su magistral “Pavana”.

La novela se atreve a superar el tabú de criticar al modelo, dando así una sublime lección de amor y pasión que impacta por su profundidad y honestidad. Una lección que desnuda las miserias de la mayoría de los libros de vampiros que le han precedido y sucedido.

Resurgida editorialmente en España- tras una prolongada ausencia de dieciocho años- por Luis García Prado (que suma, con el presente, cuatro libros sobre vampiros entre Alamut y Bibliópolis desde que en 2007 publicara “Dorada” de Lucius Shepard), ofrece, tanto al experto en la materia como al pagano, la posibilidad de bucear en un auténtico compendio de saber vampírico, una gran enciclopedia en la que se resumen siglos de superstición y también de literatura. El volumen conserva, en lo que es un gesto honorable, la traducción original que Jaume de Marcos Andreu hiciera para Timun Mas, aunque sin el título original que la editorial de Planeta impusiera en 1994: efectivamente, “La Era de Drácula” capta con mayor corrección que “El año de Drácula” la esencia de la obra y mantiene más eficazmente la broma que Newman, autor que ha desarrollado buena parte de su carrera en el universo Warhammer, quisiera realizar con “Anno Drácula” (a. D.).

Estamos, ciertamente, ante una novela sumamente amena e interesante, que se consume con rapidez y sin atragantarse y que alcanza vetas exquisitas. Por ejemplo, se nota que la prisa con la que Newman despacha los capítulos finales responden a su ímpetu por desarrollar el último, el que cierra toda la función, unas veinte páginas en las que da entrada aturullada a nuevos personajes pero en la que pinta también escenas primorosas. La presentación del príncipe vampiro y su corte de los horrores es, sencillamente, magistral: la caracterización colosal e irreal, semidivina, de Drácula choca desde luego con la imagen clásica que se ha construido sobre el monstruo.

De todas maneras, y aunque la pretensión única y evidente del volumen sea la de entretener (dejando de lado los constantes, pero puntuales, homenajes), sería negligente por nuestra parte despachar “La Era de Drácula” como simple literatura fácil sin hacer hincapié en un par de conceptos tremendamente sugestivos que valorizan su lectura.

Kim Newman

El primero de ellos es la forma en la que se reescribe la obra original de Bram Stoker, de 1897: Newman no se limita a proponer una simple alternativa catastrofista al final de “Drácula” sino que va mucho más allá al poner en labios del doctor Seward, personaje complejo que ejercería tanto de criminal como de conciencia, rotundas críticas, por lo demás nada veladas, al tono supersticioso y racista que Stoker imprimiera a su novela. La burla hacia las creencias morales de Van Helsing, causa principal de la ruinosa pesadilla moral en la que vive Inglaterra, y también hacia el desprecio con el que se retrata a Drácula (un húngaro, un extraño: en suma, un monstruo), son severamente vapuleadas por un hombre de ciencia y abierto de miras.

Precisamente, la apertura científica y social de la que hace gala Seward nos remite al que es el segundo aspecto remarcable de “La Era de Drácula”: en un momento dado, el médico llega a plantearse si efectivamente Lucy Westenra (la pelirroja que se convierte en la primera víctima del conde) muere por efecto de las mordeduras en su cuello o a consecuencia de la patanería e incompetencia de Van Helsing. No deja de ser sorprendente que el principal pilar del original, el representante de los valores “buenos” y “normales” (un hombre de fe pero también un sabio reputado y por lo tanto respetado socialmente), sea azotado sin misericordia en este caso presente. Cierto es que, Seward duda respecto a la muerte de Lucy y llega a buscar alguna excusa para dispensar a Van Helsing, pero eso no desvirtúa el fondo de la tesis newmiana: buena parte de los errores de Stoker surgen de una visión limitada, y ciertamente represiva (no olvidemos que “Drácula” se ha interpretado como una historia de castración sexual) nacida al albur de una sociedad terriblemente mojigata.

La Era de Drácula” es ideal para pasar el rato deleitándose con un espectáculo rebosante de acción y frenesí y reconociendo los muchos guiños que pueblan sus páginas. Es verdad que tiene partes irregulares que lo alejan de la perfección incluso formal (hay diálogos palmariamente malos), pero las más que interesantes ideas que deja caer demuestran que la novela es algo más que el fruto de la mera mitomanía, pues se atreve a superar el tabú de criticar al modelo, dando así una sublime lección de amor y pasión que impacta por su profundidad y honestidad. Una lección que desnuda las miserias de la mayoría de los libros de vampiros que le han precedido y sucedido.

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