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       Artículo de literatura
Mundo consumo, de Zygmunt Bauman
 Literatura de Ensayo
Fco. Martínez Hidalgo   07/09/2010
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     Todos somos nómadas sociales, en constante cambio y transformación, adaptándonos a una realidad inaprehensible y, en consecuencia, incapaces de capturarla, dominarla y transformarla.
Portada de Mundo consumo, de Zygmunt BaumanEl ganador del Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales 2010 Zygmun Bauman (1925), publica en España un nuevo título: ‘Mundo consumo’ (Paidós, 2010, disponible en FantasyTienda). Un análisis en profundidad desarrollado, desde la perspectiva de la ética social, de su concepto y obra más reconocida: ‘Modernidad líquida’ (FCE, 1999), dentro del marco de una imparable globalización que no sólo progresa cada vez más rápido en su objetivo de derrumbe de barreras e integración de tiempos y espacios, sino que también acelera la vida de las personas hasta convertir las “sólidas” certezas de antaño (articuladas para perdurar toda una vida, y quizás permanecer eternamente) en “líquidas” (apenas ciertas durante el tiempo que dura su enunciado).

Bauman ha sido el primer analista social que, de forma paralela al tan socorrido deconstructivismo y relativismo postmoderno –y su centrar el foco en el fin de la modernidad a partir de la parcialidad de cualquier realidad y la consiguiente imposibilidad de una verdad o certeza indiscutible, ha observado una modernidad en cambio que, lejos todavía de acabarse, sobrevive a los nuevos tiempos a partir de una adaptación y/o transformación esencial: la certeza moderna ha acortado extraordinariamente la durabilidad de su validez, en paralelo al sentido del tiempo que la aceleración global ha imprimido a la humanidad. Expliquémoslo de forma sencilla diciendo que: cuanto más rápido se suceden los acontecimientos que constituyen la vida de las personas, menos duran para ellas las certezas correspondientes al sentido (porqué) y objetivos (para qué) de su vida.

En la modernidad líquida de Bauman nadie tiene el control porque la velocidad, la rapidez sin sentido y la fugacidad, son un fin en sí mismas. Vivir deprisa, vivir el presente, esclavizados por el carpe diem, por el ansia de una felicidad sucesiva e interminable… es todo cuanto podemos/queremos ser.

En la explicación de Bauman es básico el contexto del capitalismo global, quizás más comprensible si tomamos prestado el concepto de ‘turbocapitalismo’ acuñado por Edward Luttwak (Crítica, 2001), en el que todo se sucede vertiginosamente, en el que las actualizaciones y novedades han convertido nuestro presente en un constante ‘dejar pasar’, donde o las oportunidades se aprovechan en el breve instante que se nos presentan y nos resultan útiles, o rápidamente se convierten en un pasado fugaz e irrepetible, inservible e inútil. Pues estas actualidades y novedades se conciben, precisamente, con el sentido de ser rápidamente inutilizadas, substituidas, y recicladas.

Otras innegables influencias de Bauman, Jean Baudrillard y Pierre Bourdieu, nos permiten comprender cuál y cómo es el nuevo ser humano que vive y construye esa ‘modernidad líquida’ a través de una actividad tan natural e inherente (a este nuevo mundo) como el consumo. Para eso debemos comprender y superar el sentido de la moda, debemos mirar más allá de la fugacidad con la que se renueva el fondo de armario, de lo pasajero del estilo en el vestir… y fijarnos cómo ese sentido de lo fugaz y lo pasajero se ha extendido a todo el sistema de objetos y símbolos con los que convivimos cotidianamente. La distinción entre “objeto perdurable” y “objeto no perdurable” se ha roto, incluso la distinción entre objeto y no-objeto.

Preguntémonos: cada vez que, conectados a internet, pulsamos el botón “actualizar ahora” ¿qué es lo que estamos “actualizando”?, ¿el ordenador? (objeto), el programa (no objeto), ¿ambas cosas? Y ¿qué sentido tiene esta actualización?, ¿qué aporta?, aún más, ¿cuántas veces no desconocemos el sentido de lo que estamos actualizando y pulsamos ese botón, únicamente, para sentir que somos nosotros los “actualizados”?, ¿y quién es el que marca, cómo y para qué, ese sentido del tiempo?, ¿quién controla el sentido y la velocidad de las manijas de nuestro reloj social?

Zygmunt Bauman

En la modernidad líquida de Bauman nadie tiene el control porque la velocidad, la rapidez sin sentido y la fugacidad, son un fin en sí mismas. Vivir deprisa, vivir el presente, esclavizados por el carpe diem, por el ansia de una felicidad sucesiva e interminable… es todo cuanto podemos/queremos ser.

Sin embargo, el vivir así tiene un precio: la persona pierde anclajes con un pasado inconsciente y desmemoriado; carece de referentes con un futuro que no existe ni como tiempo (estamos viviendo el presente tan intensamente que no hay tiempo para pensar lo que vendrá después) ni como resultado (carente de consecuencias a partir de lo que estamos haciendo ahora); y por tanto es un ser irresponsable respecto a sus actos (vive sin pensar, carente de autorreflexividad) y aislado respecto a aquellos que comparten con el su presente (con unos lazos débiles expuestos al cambio, o a su completa extinción).

Todos somos nómadas sociales, en constante cambio y transformación, adaptándonos a una realidad inaprehensible y, en consecuencia, incapaces de capturarla, dominarla y transformarla en base a algún fin u objetivo autoimpuesto o colectivamente consensuado –algo que sí acontecía en, y que caracterizaba a, la etapa sólida de la modernidad.

La pregunta de Bauman en este libro es, por ello, capital: ¿dónde se sitúa la ética para este nuevo ser humano, fugaz en su vivir y líquido en las certezas con las que convive?, ¿qué sentido tiene para él, si es que posee alguno? Para ello echa mano de la ética de Enmanuel Lévinas, de la deuda que su teoría tiene con Husserl, y de las posteriores interpretaciones o inspiraciones de Logstrup o Habermas, para señalarnos otro punto fundamental de esta ética de la modernidad líquida: la incorporación que en nuestras vidas hacemos del ‘otro’, de la ‘otredad’, de todo aquello que transciende nuestro vivir y cuya intervención moldea no sólo nuestra realidad, sino nuestra propia existencia.

Para responder a esta cuestión escoge como idea de partida una propuesta evocadora inspirada en Manuel Castells: el paso desde la integración y reducción de la incerteza que proponen la sociedad y la comunidad, a la incorporación de la incerteza y el cambio propios de la red. Cada persona, en esta nueva modernidad, es un punto (internamente volátil) determinado de forma dinámica a lo largo del tiempo en cuanto engarzado en una red que cambia, a la que se incorporan o de la que marchan sus miembros, cuyos lazos aparecen y desaparecen, se fortalecen o se debilitan, sobre una escasa o casi nula capacidad de predicción sobre su situación presente de conjunto (qué posición ocupamos en ella) y su proyección futura (cómo podremos evolucionar en cuanto somos parte suya).

En este punto, aceptando esta nueva realidad, es cuando un antiguo dilema nos plantea nuevos interrogantes: este nuevo ser humano ¿es ahora más libre que antaño?, ¿no es la mayor incerteza un acicate para que, en el equilibrio libertad/seguridad, acabemos renunciando a una parte de nuestra libertad por otro tipo de certezas, fundamentadas en el miedo, en el riesgo (aquí resuenan ecos de Ulrich Beck), en la amenaza que supone nuestra pérdida de control sobre la realidad y el mundo que nos rodea?

Zygmunt Bauman, construyendo su análisis desde un punto de vista ético, coincide con otras voces que como las del propio Beck (sociología), Judith Butler (filosofía) o Barry Schwartz (psicología), quienes han concluido que: más capacidad de elección, más incerteza sobre lo que es bueno o malo, menos conciencia sobre el porqué y el para qué, implica menos libertad, menos empatía con ‘el otro’ y, finalmente, menos felicidad.

Del mismo modo coinciden en su propuesta de substituir la visión fragmentaria de la prisión del riesgo, el punto en la red, la superioridad de la tribu, el mito del vaquero solitario frente al mundo… por un sentido de la humanidad, de lo que nos une y nos convierte en vidas dignas de ser tenidas en cuenta tanto por nosotros mismos (en cuanto tenemos un objetivo y percibimos un sentido a nuestra vida), como por los demás (pues somos considerados necesarios para hacer viable tanto nuestro propio proyecto vital, como para hacer posibles los de los demás).

Mundo consumo’ es toda una lección de pensamiento y humanidad, síntesis y aplicación ética de uno de los marcos intelectuales más estimulantes (y puede que imprescindibles) de este comienzo del siglo XXI.

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