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Amos de títeres, de Robert A. Heinlein
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| Fco. Martínez Hidalgo 19/06/2010 |
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La literatura cede su protagonismo a un ritmo trepidante y a un argumento por completo entregado a la lección moral de individualismo radical. |
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La Factoría de Ideas está recuperando las obras fundamentales de un clásico imprescindible de la SciFi: Robert Anson Heinlein (1907-1988). En el número 133 de su imprescindible colección Solaris Ficción figura ‘Amos de títeres’ (disponible en FantasyTienda) que, originalmente escrita en 1951, un año después de otra obra fundamental también publicada por La Factoría ‘El granjero de las estrellas’ (Solaris Ficción nº 96), constituye uno de los referentes inevitables a la hora de referirnos a invasiones alienígenas –con el permiso de H. G. Wells, por supuesto.
En todo caso, esta posición cuasi-pionera de Heinlein no evita que, con el acervo acumulado después de décadas de excelsa literatura dedicada a estos temas con los clichés de rigor, el texto pierda una parte importante de su otrora actualidad. Y eso que la ambientación aquí no es un problema crucial pues, volcado en un ritmo trepidante y una acción que se sucede casi sin tiempo para coger aliento, pocos elementos hay que nos recuerden el hecho de que estamos ante un 2007 posible.
La lógica individualismo vs. colectivismo, la alienación grupal que ejerce la autoridad central y la alienación voluntaria del viejo respecto al grupo, parece la única barrera diferenciadora pero, ¿es este suficiente motivo para mantener en pié todo este argumento?
Tampoco resultan muy logrados unos personajes que representan el tópico heinleiniano más clásico de la forma más pura posible: “el viejo”, una autoridad moral capaz de deducir con asombrosa facilidad a partir de información escasa el camino correcto a seguir; Sam Cavanaugh, una suerte de héroe que deberá recurrir a un poco claro sentido del deber y a una más evidente intuición y osadía, para combatir la invasión; y una extraña mujer, que ha sido no pocas veces erigida por crítica y lectores como uno de los más claros síntomas del machismo recalcitrante de Heinlein, en su querencia por la reproducción indisimulada de absurdos cánones de género.
Igualmente previsible es el telón de fondo de un argumento que eleva a la enésima potencia los fantasmas totalitarios que tanto gustaba de agitar el escritor norteamericano. Advirtiendo, casi desde el inicio, que una amenaza semejante sería aún peor que el régimen soviético instalado tras el Telón de Acero, el control mental y los parásitos invasores son una escusa chabacana con la que hablarnos de una autoridad central, de un poder monolítico e inaccesible, con capacidad y autoridad para homogeneizar y reducir a las personas a la categoría de apáticos seguidores sin personalidad propia.
‘Amos de títeres’ guarda en su corazón, tras toda esta parafernalia psicosociológica ideológicamente revestida, una dura contradicción: la autoridad invisible que coordina a los alienígenas invasores resulta amenazante, mientras que la autoridad visible del “viejo”, representa el sabio y recto proceder cuyo consejo sería imprudente no seguir en todo caso. Pues bien, ¿cuál es el factor diferenciador entre ambas autoridades más allá de su visibilidad/invisibilidad? De hecho, ningún personaje tiene capacidad de control sobre ambas autoridades, en el primer caso es el parásito el que ejerce el dominio, en el segundo caso es la posición de rol. ¿Cuál es la diferencia de control entre ambas, donde está la línea de sus límites en uno y otro caso? La lógica individualismo vs. colectivismo, la alienación grupal que ejerce la autoridad central y la alienación voluntaria del viejo respecto al grupo, parece la única barrera diferenciadora pero, ¿es este suficiente motivo para mantener en pié todo este argumento?
Con sus características más conocidas y repetidas sintetizadas en poco más de trescientas páginas, ‘Amos de títeres’ recoge el conjunto de manías y clichés que caracterizan el conjunto de la novela de Robert A. Heinlein. La literatura cede su protagonismo a un ritmo trepidante y a un argumento por completo entregado a la lección moral de individualismo radical, con claros matices de elitismo social y moral. Una pena que el paso del tiempo haya trasladado esta historia de su originalidad y novedad iniciales, al absurdo de la débil lección política.
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