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       Artículo de literatura
Hacedor de Estrellas, de Olaf Stapledon
José Luis Valcarce   27/03/2010
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     La visión utópica de Stapledon y su propuesta de sociedad se refleja en la descripción de los mundos más evolucionados, que practican lo que él define como un comunismo libre.
Portada de Hacedor de Estrellas, de Olaf StapledonServidor de ustedes tiene debilidad por los clásicos de la sci-fi. Confieso que me atrae más un buen libro editado hace 30 años que la última novedad editorial. Quizá todo sea consecuencia de haberme iniciado en el ramo con viejos libros de editoriales como Bruguera o Zeta, tomados prestados de las bibliotecas de diversos familiares. Recuerdo haber leído "Homo Plus" de Frederick Pohl, hace ya unos 17 años, en una edición de bolsillo bastante vetusta a la que había que tratar de usted y que debió ser de las primeras en castellano. Mis primeras lecturas de Asimov también comenzaron en libros que debieron editarse bajo la Regencia de Espartero y lo mismo cabe decir de mi primer contacto con Heinlein y otros muchos maestros del género. Esas primeras lecturas han influido poderosamente en mi especial predilección por los clásicos.

Así, no es de extrañar que me decidiese a leer y reseñar un gran clásico como es "Hacedor de Estrellas" (Starmaker, Minotauro, disponible en Fantasytienda), una obra publicada por primera vez en 1937 y que sigue sorprendiendo en muchos aspectos a día de hoy. La edición que he manejado es la de Clásicos Minotauro en tapa dura y con una breve pero muy interesante nota preliminar de Jorge Luis Borges.

La idea de paz y de no-violencia, como mecanismo para cambiar al agresor empapa toda la obra y ya haciendo descripción de los insectoideos y sus tensiones habla Stapledon del fenómeno difícilmente comprensible para el hombre común de que los pueblos pacíficos se desarmen aún cuando se corra el riesgo de ser aniquilados.

El autor, Olaf Stapledon (1886-1950), licenciado en Historia y doctor en Filosofía, está justamente considerado uno de los grandes autores de la ciencia ficción y verdadero precursor de muchos de los aspectos más interesantes del género. Su obra está pergeñada por una profunda espiritualidad y llena de reflexiones filosóficas en torno a la inteligencia, la evolución y la vida, y es reflejo de su propia trayectoria vital y formación, además de sus profundas convicciones éticas y morales.

"Hacedor de Estrellas" está marcada en toda su extensión por esa espiritualidad y por las propias tensiones de la época en que se gesta, vistas con el prisma del autor, un hombre pacifista y agnóstico. Así, Stapledon muestra a través del espejo de otros mundos, los conflictos latentes en la época de entreguerras, en definitiva, la miseria moral de nuestra condición humana, de un modo que me ha recordado al empleado por Jonathan Swift en "Los Viajes de Gulliver" (un libro que debería ser de lectura obligatoria, en mi modesta opinión).

El protagonista de la novela sube una noche la colina próxima a su casa y comienza una reflexión en torno a su vida y a la vida en general, una vida que percibe por momentos llena de amargura y fútil. Enfrascado en tales reflexiones, emprende una suerte de viaje astral que lo lleva a desplazarse por la galaxia, en la que conseguirá entrar en contacto con otras mentes que, elevándose sobre su condición original, consiguen alcanzar ese particular modo de navegación.

Mediante tal medio, el protagonista llegará a la que llama la Otra Tierra, trabando contacto con el sabio Bvalltu que le permitirá conocer, a través de su unión intelectual, la historia y circunstancias de esa civilización. Stapledon emplea una narrativa descriptiva que –como decía- recuerda a Jonathan Swift en Gulliver, ya que al describir los males que aquejan a la Otra Tierra no deja de describir los males que padece la Humanidad en su época. Esta parte ya muestra la estructuración de la obra; por momentos es un delicioso libro de viajes en el que el protagonista, como un Marco Polo espacial, nos da noticia de las distintas razas que pueblan el Universo y sus características y peculiaridades, con descripciones que recuerda a un auténtico bestiario medieval; y por otro lado es también un continuo tira y afloja entre lo utópico y lo distópico, pasando de la feroz crítica de los males que se repiten en muchas de las razas del universo a las reflexiones sobre lo que sería la sociedad ideal, marcada por esa profunda espiritualidad fruto del tiempo que le tocó vivir al autor.

Olaf StapledonEn este bestiario tan particular que conforma la obra podemos encontrarnos con seres como los nautiloides, una suerte de barcos vivientes con una acentuada distinción entre clases y sus conflictos consecuentes; con equinodermos en las que las estructuras tribales provocan un constante conflicto entre lo colectivo y lo individual; con la raza simbiótica de peces (ictioideos) y crustáceos (aracnoides) abocados a una cruenta guerra civil; hombres-plantas de diversas condiciones: predadores, voladores, andantes; o con la no menos curiosa raza de nubes-aves, dotados de una mente colectiva en la que cada individuo como parte de la red global equivaldría a una neurona (idea que también ha tratado Robert L. Forward en su "Camelot 30K").

La obra va discurriendo como un camino evolutivo en el que el individuo (o los individuos de las diferentes razas que pueblan la galaxia) van despertando a formas superiores de conciencia para finalmente transformarse en una única mente colectiva dedicada a la meditación y reflexión en torno a la verdad última del universo y naturaleza del Hacedor de Estrellas, la divinidad creadora intuida que la mente colectiva aspira encontrar. Con todo, esta posibilidad de trascender está siempre acechada por el riesgo del fracaso, lo que se plasma en una concepción cíclica de la historia de las civilizaciones del Universo, que repiten el mismo patrón evolutivo, para acabar cayendo las más de las veces justo en el momento de dar el gran salto adelante al hombre nuevo.

En esta búsqueda constante de las distintas razas, que quieren contactar con las otras y elevarse intelectualmente se practica tanto la exploración telepática como la física, y así, Stapledon describe espectaculares viajes interestelares mediante energía subatómica moviendo los propios planetas y estrellas, la creación de soles artificiales, etc. Esto acaba llevando a lo que llama la locura del viaje, que recuerda en la descripción a las cruzadas o la época del colonialismo.

Algunas razas convencidas de la superioridad de su cultura, considerándose a sí mismas sanas y virtuosas y manifestación de la voluntad de Dios, deciden extender su particular evangelio por la galaxia empleando el viaje estelar como medio para establecer un imperio cultural y religioso. En un claro trasunto de la angustia de la época de entreguerras, vemos un Imperio Unido agresivo contra otros mundos menos desarrollados militarmente y menos inclinados a someter al individuo al despotismo. Ante esta tesitura el autor vuelve a elogiar la no violencia, ya que ictioideos y aracnoides, sitos en un nivel superior de conciencia no usan la fuerza para derrotar a sus agresores sino que utilizan la persuasión para convencerlos uno a uno, mediante la telepatía de lo injusto de sus actos.

En este punto, continuando con la visión mística o religiosa que empapa la obra, vemos como la comunidad de mundos ictio-aracnoides, despertando a un plano más elevado d existencia, se transforma en una mente comunal con un cuerpo formado por toda la galaxia. Esta mente comunal tiene un único objetivo: llegar al conocimiento directo de Dios, entendido desde una postura que engarza con la tradicional visión judeo-cristiana. Este nuevo ser (la comunidad galáctica entendida como mente comunal) deseaba tener la sabiduría y temeridad suficientes para soportar la visión directa del Hacedor, que es concebido como la fuente de toda luz, vida y amor.

Continuando el viaje espacio temporal por la galaxia y el universo mismo el protagonista llega a la conclusión de que las galaxias son organismos vivos, llegando a describirla del siguiente modo: “Delicadas líneas de corrientes de estrellas, como las líneas del interior de una célula viva, y de brazos extendidos, casi como órganos del tacto, y con un núcleo de luz. Esta vasta y hermosa criatura estaba seguramente viva, debía de tener una experiencia inteligente de sí misma y de otros seres”.

Esta intuición de que la vida es algo más se va certificando cuando las propias estrellas son descritas como seres vivos, aunque de muy difícil contacto inicialmente por la mente comunal dada la gran diferencia de conceptos, sentidos y percepciones. El autor da una completa descripción de lo que podríamos llamar biología y fisiología de las estrellas, e insiste precisamente en la dificultad para trasladar las experiencias de las estrellas desde una perspectiva humana indicando que “atribuirles pensamientos o deseos […] sería quizá algo groseramente antropológico”. Pese a todo, la humanidad y las estrellas son capaces de establecer contacto y construir también una comunidad, fundiéndose ambos en una única mente colectiva.

Y así, según avanzamos hacia el final del libro con el protagonista, éste se va transformando no sólo en parte de la mente comunal sino en la mente comunal en sí misma, y, al tiempo que eso ocurre, al tiempo que se produce el gran salto evolutivo mental, la galaxia, el cosmos mismo, se va extinguiendo, llegando el momento esperado, en el que la mente comunal es capaz, por un momento, de alcanzar el éxtasis y ver al Hacedor de Estrellas, llegando incluso, en ese instante eterno, a comprenderlo.

Según se aborda la lectura uno es consciente de que "Hacedor de Estrellas" es la plasmación del final de un época: el final del Imperio Británico, las convulsiones históricas de la I Guerra Mundial, la revolución rusa, el ascenso de los totalitarismos, etc. Frente a tales circunstancias Stapledon, que recordemos que fue objetor de conciencia durante la I Guerra Mundial, parece reaccionar en su Starmaker como una suerte de Gandhi intergaláctico: la comunidad de almas de distintas especies que contactan a través de la experiencia que sólo cabe definir como viaje astral es muy similar a las concepciones que el propio Gandhi defendía y que cobraban especial importancia en la época de génesis de la obra.

La idea de paz y de no-violencia, como mecanismo para cambiar al agresor empapa toda la obra y ya haciendo descripción de los insectoideos y sus tensiones habla Stapledon del fenómeno difícilmente comprensible para el hombre común de que los pueblos pacíficos se desarmen aún cuando se corra el riesgo de ser aniquilados, sustituyendo la acción violenta contra el agresor por la resistencia pasiva.

En las sociedades que Stapledon describe en su viaje espacial hay lucha de clases, hay totalitarismos, hay fascismo, comunismo, racismo, la lucha entre lo individual y lo colectivo, alienación por medios de comunicación, utilización de la religión, etc. Todos los males del momento y de la historia humana aparecen en la obra; todos los temores eternos de la Humanidad se reflejan en mayor o menor medida, desde los más básicos a los más complejos. Pero, junto a nuestras miserias, Stapledon quiere plasmar también la posibilidad de superar nuestros propios límites, alcanzando estados superiores de conciencia que son los que permiten contactar con otras mentes muy alejadas en el espacio tiempo y que permiten que el concepto Humano sea en la obra de base psicológica o mental, y no biológica.

De hecho el autor define la inteligencia humana describiendo a sus poseedores como criaturas inofensivas cuyas únicas virtudes eran la sensibilidad y la comprensión que mostraba ante el mundo material y sus semejantes.

La visión utópica de Stapledon y su propuesta de sociedad se refleja en la descripción de los mundos más evolucionados, que practican lo que él define como un comunismo libre, en el que los medios de producción son colectivos y en el que no es necesaria la existencia de mecanismo de coerción o leyes punitivas, ya que se puede mantener un orden sano y estable mediante mecanismos de sanción social.

Para finalizar, hay que advertir que el carácter tan profundamente filosófico y espiritual de la obra puede resultar excesivo al lector en algunas ocasiones, si bien las reflexiones políticas que lo acompañan, aunque veladas en ocasiones, y las descripciones de las peculiares razas galácticas, suavizan el trago. En cualquier caso, pese a ser un libro difícil, creo absolutamente imprescindible su lectura para los aficionados a la ciencia ficción.

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