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Saramago elabora en Caín no la tan cacareada crónica de un desencuentro personal con la religión, sino una parábola de comprensión humana. |
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Una de las novelas más esperadas del año ha llegado por fin a las librerías. Y es que José Saramago (Azinhaga, Portugal, 1922) ha adquirido en el sistema literario español un papel tan prominente que cada nueva novela suya es recibida con salvas y vítores por el gran público; aquel al que toda editorial (en este caso, Alfaguara) aspira a poder llegar. La alegría aumenta si esta novela supone el regreso a una de las líneas de reflexión más queridas a su autor, y desde El evangelio según Jesucristo hasta este "Caín" (Alfaguara, disponible en FantasyTienda) la relación con el Dios cristiano y su posición moral en la sociedad ha sido motivo de público desencuentro y pasión privada por parte del autor portugués.
La bondad del ser humano tanto es capaz de transcender a las fuerzas de lo todopoderoso, como puede anidar en un Caín popularmente concebido como la encarnación de la maldad absoluta.
Este "Caín" no es, con todo, una simple repetición de las viejas ideas, ni tampoco una ampliación de las ya sabidas posiciones morales. Caín se muestra como un hombre complejo y racional que, aún arrastrado por el sentimiento de culpa que le produce el asesinato de su hermano Abel, encuentra la entereza suficiente como para afrontar tanto la autocrítica por su deleznable acto, como la parte de responsabilidad atribuible al Dios que, consciente y activamente, dispuso la causa de la envidia y permitió la consecuencia del asesinato a través de su vil acción divina.
El diálogo continuo que entablan Caín y Dios en el reconocimiento de culpas y responsabilidades, y el compromiso asumido por ambos de aceptar y cargar con sus respectivas penitencias, sirve de motor a una trama que, con el ya característico juego de tiempos y espacios tan querido a Saramago, refleja la equitativa falibilidad y humanidad de ambas entidades, terrenal y celestial. La igualación de naturalezas tan supuestamente contrapuestas, de creador y creación, de voluntad absoluta y de servicio ilimitado, fundamentan y dirigen un discurso ético que, aunque en apariencia parece negar la existencia de una realidad de divina, propone, por el contrario, que esta realidad no es sino una proyección de la conciencia humana. Una divinidad diseñada como la penitencia autoimpuesta a una naturaleza capaz de combinar con despiadada indiferencia las mayores bondades y sacrificios, con los pensamientos y actos más irreprochablemente reprobables.
Las historias de Lilith, Abraham, los niños de Sodoma y Gomorra, Job o Noé no buscan servir de arietes a la credibilidad de una deidad bondadosa y plenamente dedicada al bienestar de sus criaturas; para cuyo contrapunto Caín se basta y se sobra. Ellos su relación con Dios, con su experiencia directa, nos muestran que la concepción de la inocencia y la generosidad –o de cualesquiera otras virtudes positivas- es posible tanto en ausencia, como en competencia con la voluntad divina. La bondad del ser humano tanto es capaz de transcender a las fuerzas de lo todopoderoso, como puede anidar en un Caín popularmente concebido como la encarnación de la maldad absoluta; dentro del juego de significados encubiertos y segundas intenciones a las que tan aficionadas son las interpretaciones subjetivas de todas las religiones de libro.
Saramago elabora en "Caín" no la tan cacareada crónica de un desencuentro personal con la religión –técnica publicitaria que flaco favor le hace a la lectura de la novela, sino una parábola de comprensión humana que defiende la humilde aceptación de sus peores potencialidades, y la orgullosa defensa –más allá del velo que la propia religión impone a los ojos del hombre- de una capacidad igualmente ilimitada y todopoderosa para crear el bien y sembrar la felicidad.
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2 Comentarios recibidos
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Usuario: Mithrand (27-Octubre-09)
No he leído el libro... pero puedo imaginarme las críticas a las que aludes. Soy ateo, y he llegado hasta ello después de mucho meditar y rechazar dogmas, y no de buenas a primeras.
De todas formas, hay que tener cuidado también con los visionarios que cambian mundos. Los hay benignos... y otros que no lo son tanto. De todas formas, el día en que nos veamos libres de dogmas y religiones será el día en el que las ranas críen pelo, y espeso.
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Usuario: Victor Da Silva (26-Octubre-09)
No es nada nuevo para la humanidad, el acosar aquellos que van en contra de la corriente. Sería muy bueno reconsiderar que son las personas de estas características las que cambian al curso de la historia. Vale la pena recordar lo sucedido con Galileo cuando afirmó que la tierra era redonda y fueron necesarios muchos siglos para que se reconociera el error de como se asumió la afirmación de ese gran sabio. Al parecer, Saramago no está exento de ese tipo de tratamientos. No estoy de acuerdo con Saramago en la referencia a la no existencia de Dios, a menos que el dios a quien el hace referencia es el dios pregonado por las religiones, las cuales desean adueñarse de esa "creación humana". ¿Por que antes de refutar de manera tan dura las observaciones de alguien que bien merece ser escuchado, no se dedican los seres humanos a constatar la veracidad de lo que el dice? Deberían los críticos de Saramago leer los escritos "procedentes" de Dios de las diversas religiones y entender el porqué afirma lo que afirma, antes de ponerse a criticar lo que lamentablemente desconocen. Quizás el mundo no estaría como está de haberlo hecho hace mucho tiempo y podríamos haber ha aprendido a ser libres de los dogmas y de las creencias. Algún día aprenderemos por nosotros mismos son dejarnos manipular por creencias absurdas y irracionales. Acompaño a Saramago en sus ideas a pesar de no ser ateo, ni tanpoco comunista, y invito a quien así lo desee a conversar sobre el asunto
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