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Más que humano, de Theodore Sturgeon
Eidián   15/05/2009 Escribir Comentario
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     Si de algo se puede calificar esta obra de Sturgeon, rechazando etiquetas literarias, es de ser una novela total y profundamente humana.
Portada de Más que humano, de Theodore SturgeonSi Dios no existe, si no podemos esperar favor alguno de una fuerza indefinida que se suponga que vela por nosotros desde algún lugar inalcanzable para el hombre: ¿a quién podremos acudir en nuestras horas de dolor e incertidumbre? Sólo puede haber una respuesta posible: a nosotros mismos. Pero no al ser humano que se refleja cada día en nuestro espejo sino al tan esperado hombre evolucionado, al Homo Gestalt, que ha surgido de nosotros para ser uno con nosotros.

La obra tiene que ver con el hombre contemporáneo, sus miedos, sus dudas, sus odios, su moral, su ética, su incapacidad para hallar un por qué dentro de la comunidad, y, sobre todo, su soledad.

Básicamente ese es el trasfondo que se anuncia en la lectura de “Más que humano” (Minotauro, 2008, disponible en FantasyTienda) obra del año 1953 de Theodore Sturgeon, nombre adoptivo de uno de los más grandes escritores del siglo XX. Esta obra de Sturgeon es el resultado de la unión de tres cuentos distintos: el primero, “El idiota fabuloso”, fue escrito específicamente para este libro al igual que el último, “Moral”. Tan sólo el segundo relato, “el bebé tiene tres años”, fue creado de forma independiente en el año 1952 y de él surgió el germen que haría brotar el libro entero, galardonado con el Premio Internacional de Fantasía del año 1954. La idea que vertebra la narración (seres con fabulosos poderes psíquicos que se unen para sobrevivir) no era nueva en la ciencia ficción de aquellos años pero Sturgeon la dotó de algo que hasta entonces no se había aprovechado en los relatos de este género: un halo filosófico gracias al aporte de la psicología y la psiquiatría. Y es ahí donde reside parte de sus mejores hallazgos…y también parte de los peores.

Theodore SturgeonLa estructura de la novela es lógica, matemática, y nos lleva sin dificultad allí donde Sturgeon desea: de un origen incierto a un final esperanzador que tal vez pueda parecer incluso un poco cursi a algunos. En el primer relato los varios personajes que van a atravesar todo el texto (individuos inadaptados, marginados y marginales) parten de circunstancias miserables para buscarse, encontrarse y “coengranar”, palabreja compleja que explica mucho del relato cuando se ve en el contexto adecuado. En este capítulo destaca, sin duda, la figura de Lone, el idiota, que es para mí el personaje que más emociones provoca de toda la obra. Aquí se percibe la parte más terrible y humana de la historia, la que más nos puede llevar a concebir como a verdaderos seres humanos a los protagonistas. Este capítulo, donde la gente se busca sin saber que busca, es sin duda también el más activo de la novela en la cual prima la reflexión antes que la acción cosa que tampoco era típica de la ciencia ficción de la época.

En este capítulo se origina un ente evolucionado del hombre, un ser formado de muchos seres que, en el capítulo siguiente, se autodenominará, Homo Gestalt (palabreja alemana que significa, literalmente, crear, tomar cuerpo o bien forma, figura). Así, Lone, la niña marisabidilla Janie, las pequeñas gemelas negras y el bebe mongoloide, pasan a convertirse en un único ser viviente donde las partes se transforman en cabeza, memoria, brazos y piernas.

En el segundo capítulo se gestiona la identidad de este ser mediante la eliminación de los obstáculos que le impiden desarrollarse. Este texto, “El bebé tiene tres años”, es, formalmente, el mejor de toda la novela: haciendo uso del proceso de análisis psiquiátrico, Sturgeon nos va desvelando, mediante la revelación de las elipsis y ocultamientos de la mente humana, la verdad que se halla en la actuación de los elementos de la Gestalt.

Aunque, como digo, formalmente el capítulo es impecable, con el diálogo continuo entre el psiquiatra y su paciente, con el avance de la historia a través de sus puntos oscuros que finalmente serán revelados e interpretados de forma correcta, la historia es algo complicada y nos distancia de la Gestalt. Al acercarnos a este grupo, pese al uso de la psiquiatría, o precisamente por él, la lógica del escritor sobre sus personajes se impone y hace que perdamos simpatía por ellos. Se ve tan claramente que Sturgeon persigue una meta que la acción casi desaparece reemplazada por la omnipresente palabra y el uso de la psicología acaba dibujándose como un fin en si mismo: su uso manifiesta lo que se halla en el fondo del alma humana.

Si no fuese por el absoluto convencimiento del autor sobre lo que expone, su total sinceridad en cada palabra escrita y que nunca pierde de vista las emociones humanas, el capítulo se haría demasiado árido. Con la habilidad de Sturgeon, sin embargo, el texto se convierte en un hábil rompecabezas que nos da las claves de la formación del grupo, de su supervivencia y abre las puertas a una nueva necesidad no percibida en su seno hasta ese momento: la de vivir dentro de una sociedad, la de ahuyentar su soledad.

El tercer y último capítulo soluciona este último problema haciendo aparecer el elemento que faltaba a la Gestalt: su conciencia. Con una conciencia se origina una ética, una idea de cómo debería ser la sociedad en la que uno se integra, y de la ética se deriva una moral. A grandes rasgos eso es lo que Sturgeon proporciona al ente superior humano, la Gestalt, en este capítulo y, haciéndolo, le otorga un por qué, una finalidad, un lugar en el mundo “con olor a sudor y a tierra recién removida”, un lugar humano entre seres humanos.

Concluyendo uno se puede preguntar: “¿pero esto es una novela de ciencia ficción?” Pues…si y no. Desde luego no responde a los esquemas clásicos de la ciencia ficción: la “acción” trascurre en la tierra, en el tiempo presente, se habla de evolución psíquica sin cambios morfológicos aparentes y el único suceso de avance tecnológico trascendente acaba sus días cubierto de polvo bajo un camión putrefactado. No hay ni batallas espaciales, ni nada espacial, vamos; no hay un intento de describir costumbres extrañas al hombre, ni alejarse del hombre bajo ningún concepto; los avances tecnológicos (excepto el que acaba dormitando en una granja) brillan por su ausencia al igual que cualquier cacharro más extraño que un detector de ondas magnéticas…y así todo. Entonces, ¿de verdad es una novela de ciencia ficción? Es ciencia ficción en tanto que toma como punto de partida la aparición de un ser que evoluciona desde el hombre y posee cierta cualidades excepcionales en éste (poderes psíquicos)…y nada más, porque todo cuanto resta en la obra tiene que ver con el hombre contemporáneo, sus miedos, sus dudas, sus odios, su moral, su ética, su incapacidad para hallar un por qué dentro de la comunidad, y, sobre todo, su soledad. El hombre está sólo y no acierta a encontrar su lugar en el orden de las cosas.

Por tanto, si de algo se puede calificar esta obra de Sturgeon, rechazando etiquetas literarias, es de ser una novela total y profundamente humana y no de ser “más que humana”.

Quien busque alguna de las características de la ciencia ficción antes expuesta que vaya a Burroughs, Bradbury o similiares porque esto es algo completamente distinto. Tampoco se debe exagerar y decir que es excelso, dista mucho de serlo ya que el uso y abuso del método psicológico llega a cansar (en ese sentido el segundo y tercer capítulo son muy similares) y si se es partidario de estos principios puedes llegar a aburrirte. A mi me ha sucedido alguna vez entre tanta cháchara de autoconocimiento pero es perdonable por todo lo que el autor intenta transmitirte.

Conocía yo a Sturgeon por sus cuentos que recomiendo encarecidamente a todo aquel que lea esta crítica: es allí donde se halla al Sturgeon más imaginativo y activo aunque, a partir de la década de 1950, la omnipresente psicología se alce en toda su obra y lastre a ésta a veces más de lo deseable. Sin embargo, la profunda humanidad de Sturgeon, su gran conocimiento del ser humano, le hace salir victorioso de casi cualquier trance: relatos como “El osito de felpa del profesor” me aterran y “La fuente del unicornio” todavía hace que se me salten las lágrimas cuando lo leo.

Sturgeon es un gran clásico casi desconocido en España que merece el homenaje que Minotauro le presta con este libro. Sería de desear que en un futuro próximo se continuara con sus cuentos, verdadera riqueza de su obra. Hasta entonces esperemos que los lectores se decidan a leer este libro que puede que no les haga adentrarse en los recovecos de la ciencia ficción, pero engrandecerá sus perspectivas sobre el hombre e incluso les hará sentirse orgullosos de pertenecer a esa raza absurda, cruel y, a veces, (pocas, ¡ay!) maravillosa, que es el ser humano.

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